Autorretrato

Se ve frente al espejo. No hay mucho que ver, desde hace tiempo. Ya no es el chico ingenuo que soñaba con el mundo, pero no es viejo aún; la imagen rabiosa del sabio incomprendido le queda grande.

Fuma cigarrillos baratos; abre la boca y se ve los dientes. El espejo no miente: tiene boca de fumador. Levanta las manos y se ve las palmas; son como las millones de mano en el mundo. No escriben, no pintan, no tocan el piano, no rozan labios de mujer, no masturban.

Hace algunos años, cuando no se miraba al espejo porque era joven y hermoso, escribía. Nunca mal, nunca del todo bien, pero se atrevía a describir las cosas que veía. Era torpe, era sabio, había leído a todos antes de tiempo y no había leído nada. Era hermoso.

Ya está añejado y todo le da asco. Afrancesado, nunca pasó los días en la Provenza, ni cantó desnudo en Picardia y jamás pescó truchas en Clamart; siempre en las calles, en la bicicleta, con los discos de Chevalier y las postales de Chagall. Recuerda que en Francia jamás leyó en francés a los franceses; Camus ya estaba muerto; Rabelois desde hace rato y el único vivo, Daudet, murió en 1897. Hace rato ya. Demasiados muertos para verse al espejo.

Hay dos pájaros en la jaula. Los ve desde el espejo. Uno es blanco y el otro gris. Hace frío. Es temprano para verse al espejo. Hace falta luz y las canas traslúcidas son mayores. La hidra no transmuta. Se engaña; sabe que a toda hora el espejo estará fino, a todas luces, y sin remordimientos.

Dejó de asistir a clases; le aburrían Góngora y las consignas de los compañeros. Nunca se pensó inteligente, pero hasta él sabía que el tiempo goteante de las horas muertas en el aula era una pesadilla. Ahora ve a sus contemporáneos radiantes. Nunca se han de ver frente al espejo; todavía hay tiempo.

El hombre que se ve frente al espejo no es el mismo de ayer. A diario se renueva; sus odios y amores son distintos cada día. La madeja de cuentos y libros y discos y cigarrillos y cartas se pudren sobre el escritorio. No hay nada de artista en ello; todo es banal.

El hombre que se ve frente al espejo dejó de creer en el destino, en Dios, en los hombres, en el arte. Siempre está triste, pero es feliz con ello.

Se describe para ejercitar los músculos, para no apagar el hambre.

El hombre que escribe esto no es el mismo que se ve frente al espejo. Esto no es un autorretrato y tú no eres mi lector.

Guatemala, quizá, algún día del mes de mayo del año de Nuestro Señor.

bluebird Comunicación
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