Albores literarios inconclusos

Albores literarios inconclusos

Descansando sobre mi regazo, antes ocupado por mi gato, ahora suele haber siempre un libro marcado con un marcapáginas. No suelta pelo, no maúlla, no te acaricia con su cabeza, pero también te hace compañía durante muchas horas. El marcapáginas es herencia de mi madre, una lectora empedernida que nunca pudo mostrar su pasión porque estaba mal visto. Tiempos oscuros, aquellos. El libro que ahora miro con calma es la plasmación física y también armoniosa de la pausa y la tranquilidad, tanto en su creación —por parte del escritor o escritora— como en su lectura. Son caras de una misma moneda, de un pacto invisible entre el espacio, el tiempo y lector/escritor; estos dos últimos están ligados por un nexo indivisible que traspasa esas leyes espacio-temporales y los une desde el pasado y el futuro.

Paseo los dedos por las primeras páginas, ásperas porque han sido abiertas por primera vez. Me asombra la tonalidad pastel que las conforman, el oscuro negro de la tinta impresa. Un aroma, familiar y agradable, llega hasta mi cerebro provocando estímulos eléctricos que mezclan placer, familiaridad y evocan otros tiempos en los que sólo existía la lectura, los juegos y la inabarcable distancia con el mundo adulto.


Cuando quiso darse cuenta ya era irreparable. La herida parecía sangrar menos porque seguramente la mayoría de la sangre ya estaba en el suelo, conquistando baldosa a baldosa y viajando veloz entre sus ranuras calcificadas. Llegados a ese punto de no retorno, el dolor pasaba a convertirse en un simple espectador más del final, que ya sin complejos abría sus fauces esperando tragarse aquella pequeña alma y saciarse momentáneamente hasta encontrar otro manjar apetitoso. El cuchillo apuntaba desde cierta distancia, como si quisiera asegurarse de haber realizado bien su tarea asesina.

Cuando Filbert llegó, la sangre llevaba varias horas seca. Alrededor del cuerpo se amontonaban tres tipos debidamente protegidos que inspeccionaban cualquier posible rastro de ADN, textura o pista que indicara la dirección en la que enfocar la futura investigación. Fuera de la casa sonaba el murmullo de los curiosos vecinos, agolpados tras la cinta, que esperaban impacientes la salida del cadáver como quien aguarda con fervor la aparición de su ídolo. Filbert encendió su tercer cigarro del día, pocos para su habitual descontrol de nicotina.


Doblando la esquina de la calle peatonal hay un pequeño colmado en cuyo interior se pueden encontrar los únicos productos japoneses de toda la ciudad. Nadie lo diría, pues en sus vitrinas se pueden contemplar todo tipo de embutidos, conservas, frutas y hasta comida preparada. Pero si uno se adentra en sus fauces, que constan de tres pasillos en cuyo final está el enorme mostrador, y se detiene a investigar las zonas bajas de un estante demasiado destartalado como para aguantar de pie, se pueden encontrar pequeñas joyas niponas tales como salsa de soja de importación, noodles de importación, vinagre de arroz y unos magníficos moldes para elaborar los makis. Cuando dejé alguno de los productos por primera vez en la caja de cobro, el dueño del colmado me obsequió con esa mirada de quien comparte un secreto que sólo los elegidos consiguen descubrir.

En casa veo un par de tutoriales por Internet; no parece ser algo complicado eso de enrollar un poco de arroz con pescado crudo dentro. Llevo años yendo a restaurantes y por primera vez me apetece hacerlo yo mismo. Empiezo a notar el aumento de temperatura que irradia la calefacción cuando termino de lavarme las manos y tengo todo dispuesto en la mesa de la cocina: el arroz en un cuenco, el pescado —salmón en este caso— debidamente cortado, el alga y los moldes abiertos de par en par. Alcanzo a ver que Rocky me observa desde el sofá, ronroneando como suele hacer cuando está a punto de echarse una larga siesta.


Aquella mañana no cogí el autobús por aquellas casualidades que la rutina diaria tiene a mostrarnos para deshacer la granítica monotonía. Como digo, tenía que haberme subido alrededor de las siete de la mañana, como llevo haciendo todos los días laborables desde hace más de seis años. Sin embargo, mis primeros minutos del día discurrieron de un modo distinto, como si alguien hubiera decidido tachar un par de líneas del guión a última hora. Así fue que, en lugar de levantarme, lavarme y salir del piso sin apenas tiempo para despertar, decidí quedarme tumbado en la cama, del mismo modo que hacía el protagonista de la novela de Georges Perec ‘Un hombre que duerme’. Saqué los pies por debajo de la cama y dejé que los minutos pasaran mientras miraba el lento pero seguro avance del haz de luz solar a lo largo del techo. Cuando llegó a mi rostro, encendí el televisor y devoré basura audiovisual.

Fue el hambre la que me hizo salir de la cama por primera vez en muchas horas. Mi espalda crujió, después fueron los tobillos y cuando llegué a la nevera mis piernas ya se habían desentumecido. No tenía preferencia alguna por lo que iba a ser mi desayuno, así que mi mano fue de manera inconsciente —aunque no se sabe hasta qué punto fue realmente consciente— a un paquete de galletas que guardo siempre en frío cuando empieza a llegar el calor.


La noche fue menos dura de lo que imaginé. Dentro de la gruta, el goteo del agua en algún lugar al fondo de la misma terminó por despertarme. Me acerqué a la salida y aparté con dificultad las rocas que me protegían de visitas inesperadas. A mi derecha, las brasas de la hoguera ya extinta despedían un olor agrio que no terminaba de descifrar, pese a que rondaba en mi cabeza algo así como un recuerdo desubicado de una época en la que creo que fui un niño feliz.

El exterior me recibe con su habitual hostilidad. Sopla un fuerte viento que trae ecos del crudo invierno que ya se cierne sobre las laderas, arrasadas por el fuego y los caballos de guerra. El recuerdo de la masacre me golpea y me recuerda la desgracia de ser el único superviviente. A la tierra no le gustan los fuertes, los que sobreviven, y busca mil maneras de terminar con esos ejemplares. ¿A dónde ir cuando en el norte, en el sur, en el este o en el oeste me cortaran el cuello nada más ver mis facciones? ¿Convertirme en un ser salvaje o ser pasto de los salvajes? La duda se hunde en mi pecho mientras termino de calzarme y abandono mi improvisado hogar en busca de comida.

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