«He sabido darle el suficiente vértigo a mi vida. No me arrepiento»

Tomás Watkins

Tomás Watkins nació el 20 de junio de 1978 en Neuquén, capital de la provincia homónima, donde reside, en la República Argentina. Ha publicado los poemarios ‘Grito’, ‘26’ (cuya primera edición vio la luz en  2004 y la segunda en 2007), ‘Mitología’, ‘Hora blanca’ y ‘Bien de consumo’.

¿Abundaban los libros en tu infancia?

De todo tipo, afortunadamente. Desde la colección ‘Robin Hood’ de mi padre hasta enciclopedias ilustradas y volúmenes de historia de mi madre. De chico nace primero la sospecha sobre los libros antes que la lectura. También me convertí en un ferviente lector de cómics e historietas: Con mi hermano devoraba cualquier cantidad, porque canjeábamos en librerías de usados, ya prácticamente extintas en mi ciudad, y asú pasábamos las tardes de los sábados entre el fútbol y la lectura. Esto siempre llamó la atención: Cómo había tiempo para leer y para hacer las otras cosas que hacen los chicos. Macanas, cirujeadas, jugar a la pelota en la plaza, organizarnos para ir a las bardas o para correr carreras de carritos de rulemanes. Parece otro milenio, pero éramos nosotros. Esto lo menciono en el poema ‘Vendas & gasas’, de mi libro ‘26’.

Conservo la impresión de haber pensado alguna vez: «¿Qué hay en los libros que incita a los adultos a que tengan la cabeza metida en ellos tanto tiempo?». De ahí la sospecha, la benigna sospecha que luego se transformó en constatación. Interesante esos procesos cuando todavía es el tiempo del “durante”, antes de cualquier posible reflexión. Ahora se me ocurre que los asuntos que perduran nacen o se llevan en las entrañas.

Y en mi juventud, el mismo hogar, la misma sospecha sobre los libros. Había algo ahí que hacía sucumbir a toda la familia. Cambiaron, eso sí, algunas lecturas. Ahora alcanzaba, literal y no tanto, los estantes superiores de las bibliotecas. Di de frente con varias obras del Divino Marqués. La memoria, en estas lides, efectúa recortes. Hay tantos autores y tantas obras que querría traer ahora, pero me quedo con que Marco Denevi fue el autor argentino que más había leído hacia mis 18 años. Otro autor que frecuenté es Montaigne. Leía con fruición sus ensayos, aun sin comprenderlos del todo. Estaba eso en las palabras, a veces tan difícil de definir. Me parece que fue Adolfo Bioy Casares quien adujo que, en general, de los libros nos quedamos con una sensación por haberlos transitado más que con tramas o argumentos. Denevi significó un norte y un reino de mi adolescencia, hasta que conocí a Borges alrededor de los 20 años. Creo que hay un antes y un después de Borges en mi vida, y en la de muchos, o en la de todos. Él fue el apuntalamiento de este lector que lee por placer casi malicioso, casi perverso.

Y por entonces habías ya recibido algunos reconocimientos…

Tuve buenos incentivos. A los 18 en las categorías de Relato de Vida, Poesía y Cuento, en concursos organizados por la Casa del Neuquén 2020. La presidenta del jurado era ni más ni menos que la gran Irma Cuña. Fue un hito en mi vida aquel concurso; me fue enseñando que tenía un destino literario al que no podría obviar.

A los 24 conocí a varios poetas con quienes conformaríamos el grupo músico-poético Celebriedades (denominación que adoptamos del libro ‘Celebriedad, del ecuatoriano Edwin Madrid). Recorrimos entre 2003 y 2007 gran parte de la Patagonia argentina y la región de la Araucanía, en Chile, ofreciendo un espectáculo de poesía, música y humor. Éramos Miguel Ángel Sabatini, Raúl Mansilla, Pablo Betesh, Carlos Blasco, Juanse Villarreal, Cristian Carrasco, Sebastián González y yo. Más de una veintena de presentaciones en los más diversos escenarios. Fue el lapso de mayor creatividad hasta ahora, de «estar en poesía», como decía la poeta Macky Corbalán. Las presentaciones celebrias eran más bien caóticas, no siempre hacíamos lo mismo ni de la misma manera. Empezamos leyendo nuestros textos de manera convencional, uno por vez, en línea, parados y sentados, como cualquier mesa de lectura. Con el tiempo empezamos a despegarnos de ese formato porque nos aburríamos e inferíamos que el público también se aburría. De a poco fuimos incorporando histrionismo, improvisación e instrumentos musicales. De ahí que hacia el final dimos forma a una puesta tutelada por la noción de espectáculo, algo ameno, entretenido y divertido. El grupo, más que durar, ardió, en términos barthianos, y hoy nos queda el bello e hiriente recuerdo. Ahora, después de casi diez años del último recital, estamos urdiendo una reunión. Ya veremos qué pasa.

En 2004, con 26 años, publiqué mi primer libro en la editorial El Suri Porfiado, dirigida por el poeta y docente Carlos Juárez Aldazábal, y además obtuve el primer premio de poesía del último concurso literario organizado desde la UNCO. Importante en lo íntimo, porque el primer ganador de un certamen convocado por esa institución fue Raúl Mansilla, en 1984. Él abrió y yo, 20 años después, clausuré. Todo en casa. Raúl es mi compadre de casamiento y del alma, o sea que hay cosas que pueden mutar, pero no desaparecer.

Cuando el fuego celebrio hubo sido trasplantado a sus respectivas ánforas domésticas —imagino que cada integrante debe tener un espacio especial para su porción ígnea—, yo incursioné en radio y actividades culturales de manera individual o colectiva. Realicé en 2009 un segmento denominado ‘El maridaje Watkins’ —libros, vino y música— dentro de un programa radial de abundante audiencia llamado ‘Rudasmacho’. Gustó tanto que después fue pedido para ser utilizado como separadores de un programa de Radio Del Plata, en Neuquén. Tras varios años de añorar volver al espacio radial, durante 2015 trabajé en 88.5 FM Capital, de Neuquén, con mi programa ‘Tigres de Papel’. Fue un reencuentro muy disfrutable con el mundo de la radio.

Trabajás en el Estado.

Sí, desde los 21 años. Y en el mismo lugar desde entonces, el Centro de Documentación e Información Educativa Alicia Pifarré, dependiente del Consejo Provincial de Educación de Neuquén. En 2015 fui convocado para desempeñarme como referente del área de Letras de la, entonces, Dirección Provincial de Cultura. Actualmente, ese organismo fue jerarquizado como Subsecretaría Provincial de Cultura, y ese puesto lo ocupa la poeta y profesora Carina Rita Medina. Es interesante y movilizador laburar desde el Estado apuntando al grupo de pares. Siempre habrá críticas, pero lo importante es otra cosa. No es extraño para mí recorrer pasillos y golpear puertas para que presten atención a lo que tengo para proponer. Bueno, así fue que con Carina comencé a coordinar, a partir de 2016, el proyecto biministerial ‘Puentes’, un grupo de acción literaria que opera con entidades gubernamentales y no gubernamentales la concreción de objetivos vinculados a las letras y los libros producidos desde y en Neuquén.

Además de presentaciones literarias como parte de una línea de trabajo que comenzó en 2015 y que continúa, ahora bajo el formato de ciclo, pusimos en marcha actividades como el Programa de Desarrollo Profesional ‘Dar de leer’, junto a los poetas y profesores Romina Olivero y Carlos Duarte, fundamentales en este grupo maravilloso que tengo la suerte de integrar. El ‘Dar de leer’ apunta a reparar la práctica lectora de literatura surgida en Neuquén, así como su inclusión en la currícula. Otras acciones de este proyecto son ‘Autores a la carta’, la posibilidad de que lectores de Neuquén puedan contactarse con sus autores, y la Feria Trashumante del Libro: una locura que se lanzó en octubre emulando el pastoreo del tipo trashumante.

También fui convocado a trabajar en la posibilidad de reactivar el Fondo Editorial Neuquino: una gran deuda que el Estado provincial mantiene con la comunidad. No sé qué pasará con estas acciones —hay factores que no dependen de uno— pero me entusiasma lo que está en curso desde 2015, orientado a agitar el avispero, y todo lo que encaramos en un año de transición o de desguace como lo fue el 2016.

Tomás Watkins

Además de la isla Watkins y de un navegante irlandés de nombre Patrick, tu apellido es el de, por lo menos, un músico, un director de cine, un deportista, un pintor, un dramaturgo, un director de televisión y fotografía, un actor…

En un poema llamado ‘Lilíada’, dedicado a mi hija Lila, menciono que la isla Floreana, del archipiélago de las Galápagos, era el lugar de residencia de un pariente mío, el navegante Patrick Watkins. Hace unos años pude conocer la cueva que hacía de hogar de este bucanero que trocaba carne y grasa de tortugas gigantes por ron, armas y municiones. Los Watkins somos una gran familia.

Así comienza un párrafo del relato ‘El maestro de escuela de pueblo’ de Franz Kafka: «La mayoría de los viejos se conducen con respecto a los jóvenes de una manera algo confusa, un tanto engañosa». ¿Cómo te resuena?

Lo primero que se me viene a la mente es algo que leí hace poco, ‘El héroe de las mil caras’, de Joseph Campbell. En el prefacio, Campbell introduce una cita de Freud que establece que hay toda una tradición en decirle la verdad a los niños pero camuflada de símbolos. Al desconocer qué significa ese andamiaje simbólico, el niño tiende a desconfiar de los mayores. Que ahí radica el inicio de una desconfianza y hasta una hostilidad hacia el mundo adulto.

Por otra parte, estimo que la vejez puede tornarse un lugar común: la etapa donde ocurre el olvido de que alguna vez se fue joven. Personalmente, no creo que sea algo que pueda generalizarse, no acepto que ninguna edad presente trabas para las comunicaciones.

Me queda una tercera resonancia, una que va por el lado del parricidio literario. Como autoficción, no me parece que se justifique. Sí creo que es fundamental en casos donde el supuesto padre funciona como punto de fuga; tuve la fortuna de aprender mucho de los mayores «escritores del barrio», como sugirió Ernest Hemingway.

¿Qué aspectos humanos te parece que están sobrevalorados?

Si entendemos como aspectos aquellos atributos o talentos que podrían resultar naturales o inherentes a la especie, pienso que hay varios que merecen una revisión. La libertad, por ejemplo, la fe o la bondad. Porque hemos tejido la historia muchas veces con hilos falsos, es decir, con hilos impuestos. Creo que todo aspecto condicionado por dogmas, como el religioso, está sobrevalorado.

Tomás Watkins

¿Cuál fue el disparador de tu ‘Perfil de usuario’ en ‘Bien de consumo’?

Perfil de usuario’ es el extenso primer texto de ‘Bien de consumo’, libro que apareció de manera bastante inesperada ya que no responde a un proyecto escriturario como los otros, sino que es una antología no tan prematura —no es un repaso sobre mi obra; no me atrevería a cometer tamaña trampa del ego—. Tuvo un fin específico: compendiar los textos que formaban parte de las puestas en escena de ‘WATMAN’, una propuesta bastante delirante que pergeñé con Raúl Mansilla luego de ‘Celebriedades’. El poema es una especie de burla al modo en que una mayoría de hacedores de versos se paran ante su creación. Lo digo al comienzo, que aún no estamos cansados de los textos en primera persona que son un canto a la primera persona… Mi ego intentó burlarse del ego, del que nadie escapa. Fue escrito con el fin preciso de ser dicho —mayoritariamente leído— en público, de sacarle una sonrisa a la gente.

«El vértigo es algo diferente del miedo a la caída», establece Milan Kundera en su novela ‘La insoportable levedad del ser’. ¿Algo tuyo querrías transmitirnos respecto de tus vértigos o visión de ellos, y de tus eventuales miedos a la caída?

El vértigo puede resultar placentero, como el mareo y la embriaguez. No se me ocurre ahora una sola circunstancia en la que el miedo pueda tener signo positivo, salvo brindando alarma. Pero no genera bienestar en tanto goce. El vértigo de la lectura, de la escritura, el vértigo de los sentidos alterados, la vida y la obra en vértigo. El vértigo de posar los pies en el aire, como dice el poema de Jorge Spíndola. He sabido darle el suficiente vértigo a mi vida. No me arrepiento.

Tomás Watkins

Animales legendarios: ¿fauno, grifo, hipogrifo, basilisco o dragón?

Faunos, sin dudas. Poderosos faunos capaces de las más altas proezas físicas e intelectuales y de las más bajas aberraciones como la violación y el saqueo. Son un claro ejemplo de que el poder implica una responsabilidad no siempre presente. Dicha carencia puede conducir a la desmesura, con sus consabidas consecuencias. En ‘Mitología’ les dedico un poema.

Ilustración: Andrés Iommi ©


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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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