«La utopía es en sí mismo el amor»

Raúl Artola

Raúl Artola nació el 5 de diciembre de 1947 en la ciudad de Las Flores, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside desde 1975 en Viedma, capital de la provincia de Río Negro. Es licenciado en Ciencias de la Información, por la Universidad Nacional de La Plata. Fue director del Fondo Editorial Rionegrino y del Centro Municipal de Cultura de Viedma. Dirigió la revista-libro ‘El Camarote – Arte y Cultura desde la Patagonia’. Administra la mojarra desnuda. En 2006 la Secretaría de Cultura del Chubut dio a conocer su libro de narrativa breve ‘El candidato y otros cuentos’, premiado por el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn, Chubut. Publicó los poemarios ‘Antes que nada’, segundo Premio Literario Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación, ‘Aguas de socorro’, segundo Premio del Concurso Patagónico de Poesía 1992, organizado por la Fundación Banco Provincia de Neuquén y la Secretaría de Cultura de Neuquén, ‘Croquis de un tatami’, ‘[teclados]’ y  ‘Registros de hora prima’.

¿Cómo, por dónde fuiste circulando, tanteando, hasta que de un modo pleno te advirtieras involucrándote, ya no sólo como lector, con la poesía?

Suelo decir que las dos cosas más importantes las aprendí entre los cinco y los seis años: leer y escribir, por lo menos sus rudimentos. Y son las más importantes, porque nunca he dejado de practicarlas. De paso, recuerdo esto que Petrarca le decía a Bocaccio: «Ya que debo morir, espero que la muerte me encuentre ocupado: leyendo o escribiendo».

A partir de entonces la palabra aburrimiento desapareció para siempre de mi lenguaje coloquial. Mi padre y mi abuela materna, polos del poder familiar entre los que debíamos oscilar para no ser aplastados en el medio, tenían sendas bibliotecas, bien diferenciadas, que fueron mis fuentes de placer y aprendizaje, refugios ante el oleaje interior y las mareas exteriores. Salgari, Verne, Arthur Conan Doyle, Mark Twain, Emile Zola, Espronceda, Bécquer, Amado Nervo, Almafuerte, Carlos Guido y Spano, Alfonsina Storni, enciclopedias, diccionarios, manuales de anatomía, botánica y zoología, la historia antigua y sus mitos, fábulas de Esopo y Samaniego, ‘Las mil y una noches’, ‘Corazón’, de De Amicis… integraron el primer arcón de lecturas, que con pocas variantes me nutrió hasta la adolescencia.

Mis primeros textos fueron intentos de salir de los moldes escolares, por pura intuición, precisamente dentro de la educación formal, en clases de Lengua e Iniciación Literaria. Allí fue decisiva la sutil inteligencia y el entusiasmo de una profesora, Nieves Alonso, que me enseñó a los grandes españoles y latinoamericanos: García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, Vallejo, Nicolás Guillén, Roberto Arlt, Cortázar, Horacio Quiroga, Borges, Sábato, Juan Rulfo, Onetti…

Casi en seguida descubrí a Hermann Hesse y Walt Whitman, Poe y Kafka, pero también a Susana Esther Soba, la poeta de la ciudad de Saladillo, cuyos libros circulaban de mano en mano —el inolvidable ‘Militancia del corazón’ fundía, para mi asombro y gusto, dos movimientos del alma que parecían contradictorios en aquella época—. Y le siguieron Montale, Pessoa, Cesare Pavese, Raúl Gustavo Aguirre, Vicente Huidobro, Rilke, César Fernández Moreno, Artaud, Baudelaire, Georg Trakl, Pizarnik, Conrado Nalé Roxlo, Olga Orozco, Elizabeth Azcona Cranwell, Jaime Sabines, Rafael Cadenas.

En cuanto a escribir con la conciencia de estar usando un instrumento, el lenguaje, con la definida intención de buscar una expresión que conjugara verdad y belleza, creo que fue por los 21 años, en algunas crónicas de sucesos de mi pueblo, Las Flores. Por eso digo que para mí la primera estructura textual fue la del periodismo, un género en sí mismo —si es que todavía podemos hablar de géneros— que además puede ser un banco de pruebas para forjar una escritura literaria, artística.

Después vinieron algunos relatos y un premio con jurado de lujo: Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y María Elena Walsh, que tuvo sabor agridulce porque entendí que habían distinguido al menos malo de los textos, no al mejor. Eso era en 1972.

Recién en la primavera de 1974 se hizo presente la poesía, en una irrupción tan violenta que me sorprendió y conmovió para siempre. Fue como una revelación; en el momento en que sucedió yo no sabía lo que estaba pasando. Estábamos en la quinta de mi tío Juan, en la bonaerense ciudad de General Belgrano. Recuerdo que disfrutaba viendo a mi hijo mayor, Ignacio, de tres años, correr sin alcanzar a don Miguel, un hombrón que surcaba la tierra con arado a mancera en la huerta familiar. A contraluz, recortadas las figuras en el horizonte cercano, me atravesó un rayo de ternura que se transformó en palabras en el papel donde pensaba hacer la lista de las compras. Supuse que mi mano escribía por un extraño conjuro, como si no la condujera yo, ajeno a las emociones conocidas, transido de un espíritu nuevo y oficiante de un rito que creía prestado. Lo cuento ahora y me conmuevo como entonces. Hoy sé que cuanto más somos nosotros mismos, menos creemos ser. Estar totalmente afuera, en esa «intemperie sin fin» que es la poesía, según Juanele Ortiz, es habitar nuestra esencia más íntima e impostergable.

Debe de ser por eso que hoy tengo la confianza de que las voces que suelen visitarme y que se abren paso en forma de poema o de relato ya no habrán de abandonarme. Aprendí a escucharlas y a obedecerlas.

No puedo decir si hay un asunto o varios que me ocupen con preferencia, pero en todo caso confluyen en un punto: el amor. Cuando algo se mueve en el mundo, es el amor (o su contracara, el odio) quien lo impulsa; y vale especialmente para todas las manifestaciones del arte. Juan Carlos Onetti dijo: «Escribir es para mí un acto de amor; y no me pregunte en qué sentido. Tómelo como quiera». Y Onetti era uno de los tipos más ásperos de la historia de la literatura, pero también uno de los más inteligentes, lúcidos y sensibles, por lo que podemos suponer que sabía de lo que hablaba.

En cuanto a contenido y forma, estoy convencido de que una idea, una obsesión, adquiere cuerpo, se materializa con felicidad si el ejecutante opera según las reglas del arte, de su arte. Y encuentra la matriz textual propia de las imágenes que lo acosaban al punto de vencer su natural desconfianza y la escasa paciencia de los novatos. De manera que si hay una primera frase que dice, por ejemplo, «Me viene, hay días, una gana ubérrima, política», el resultado será seguramente un poema, y si surge algo como «El tape Burgos era un troperito que se había conchabado en Tapalqué», lo más probable es que sea el comienzo de un cuento o de una novela. (Sé que estoy parafraseando a un gran escritor, que lo ha dicho antes y mejor.)

Reconozco influencias y hasta filiaciones bastante transparentes en lo que escribo, sobre todo en poesía, con relación a los autores que fui leyendo y me provocaron asombro, admiración y estímulo.

En los últimos años hay poetas argentinos que uno necesita leer siempre, como Hugo Diz, Joaquín Giannuzzi, María Teresa Andruetto, Juan Gelman, Irene Gruss, Liliana Lukin, Jorge Aulicino, Daniel Freidemberg, Alberto Szpunberg, Alejandro Schmidt, Graciela Cros, entre muchos otros, y en particular Jorge García Sabal, muerto muy joven, y Juan Carlos Moisés, de Sarmiento, Chubut. Para mí ellos dos han plasmado una obra de gran rigor, precisión formal y capacidad de conmoción, voces claras sin pretensiones ni altisonancias.

En los 90, entre otras responsabilidades e iniciativas, dictaste un seminario sobre algunos aspectos de la obra de Rodolfo Walsh.

Así es, para el Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn de 1995 se me encargó que organizara un seminario sobre por reunir las condiciones de periodista y rionegrino y la suposición de que tendría una versación mayor que otros participantes, cosa harto dudosa por otra parte. Lo que más me interesaba era investigar las relaciones muy diversas que podían encontrarse entre el trabajo periodístico y la obra literaria de Walsh. Para eso, me comuniqué con su última compañera, Lilia Ferreyra, quien me dio cita en enero de 1995 en el bar de la  esquina de avenida Belgrano, en tu ciudad, a media cuadra de la redacción de Página/12, donde ella trabajaba. Allí conversamos durante más de una hora, que grabé íntegramente.

Lilia Ferreyra me contó que Walsh concedía la misma importancia a una y otra veta de su producción, en el sentido que le demandaban el mismo tiempo y un rigor de investigación y de elaboración, a pesar de las diferencias de objetivos y de estilos de ambos trabajos. También destacó que la pasión era idéntica, no hacía distinción en ese sentido al punto de que la escritura era tan minuciosa como para afirmar que los textos se iban armando palabra por palabra. Otra de las cosas que remarcó es que las notas de investigación que hacía para la revista Panorama (que era semanal) le llevaban mucho tiempo y entonces no podía cumplir con una por número. Era muy riguroso en todo, tanto en las fuentes que consultaba, en la información que allí recogía, como detallista, casi obsesivo, era para urdir las tramas de su trabajo literario.

Después nos dedicamos a hablar bastante sobre la famosísima ‘Carta Abierta a la Junta Militar’, escrita al cumplirse el primer año del golpe de Estado y cuya distribución le costó la vida, porque lo emboscaron precisamente cuando iba al correo para despacharla con destinos varios. Allí lo hirieron, lo capturaron y nunca más apareció. Lilia Ferreyra me dijo que esa carta había sido escrita con una arquitectura de redacción estricta: el modelo fue las catilinarias de Cicerón, dirigidas precisamente contra el dictador Catilina, que son cuatro textos con forma de invectiva y que eso se puede distinguir haciendo un escrupuloso estudio del latín original y el lenguaje usado por Walsh. La cadencia y el estilo son pertinentes y precisos como en otros trabajos, pero con una finalidad muy específica y una eficacia demoledora, ya que la información que lo nutría siguió sirviendo de base para toda investigación posterior acerca de la dictadura, al punto tal que siguen consultándola como fuente primaria para saber lo que sucedía en nuestro país desde los puntos más distantes del planeta. Es por eso que aún hoy se estudia en muchas universidades del mundo como modelo de denuncia a toda forma de opresión y considerándola, como sentenció Gabriel García Márquez, «la pieza magistral del periodismo de investigación». Esos fueron los temas que tratamos en el seminario que duró dos jornadas y que pude ilustrar con pasajes de la conversación con Lilia Ferreyra.

¿Cómo te llevaste, y cómo te llevás con algunas aspiraciones que pudiéramos denominar utópicas?

No sé si tuve alguna vez aspiraciones determinadas, de las que luego podría llamar utópicas. Creo que fui eligiendo según la marcha del camino, a medida que se daban los acontecimientos, cuando se frustraba un camino tomaba otro, pero no quería lo que se establece como “el rumbo del éxito en la sociedad”: el dinero, una posición, un determinado status, nada de eso. Cuando era chico siempre me decía que si eso era lo que regía, que si eso era lo que se podía obtener con facilidad en este mundo, eso no me interesaba.

Yo quería otro tipo de cosas, conocer, saber de todo, tenía una mente enciclopedista y de tipo espiritual pongámosle. Hasta que me di cuenta años después que me fascinaba la frecuentación del arte, como espectador o lector en principio, y si pudiera hacerlo mejor. Entonces no tengo frustraciones, porque nunca me conduje hacia algo prefijado, fui encontrándome conmigo mismo, siempre tomé lo que venía e hice con lo que venía lo mejor que pude, por lo tanto no conservo en mí una cosa como frustración o decepción.

Raúl Artola

Siempre uno tiene una cosa pendiente en la vida, y tiene un matiz utópico que es el amor, ¿no? El amor va y viene, pero cada vez está cumplido, no valen las lamentaciones o balances postreros, sobre si lo que se vivió, valió. Entonces, yo creo que el amor es renovable y por lo tanto la utopía es en sí mismo el amor (el amor físico), que siempre se renueva, hay otro delante.

En lo que podría decirse que sí tuve una decepción fue con las aspiraciones de cambios grandes en la sociedad en la década del 70, un cambio rotundo de paradigma social y económico que trajera más justicia y equidad para todos los hombres. Esa sí que es una utopía también, pero uno se acostumbra cuando va creciendo, se da cuenta que esa utopía es tan grande que si bien vale la pena seguir luchando por ella, es fácil que se frustre. En ese sentido tampoco soy un desencantado que me haya abrumado la situación. Estuve cerca, estuve peleando en aquellas trincheras de entonces pero después, sin bajar las banderas, las he adaptado a mi manera.

Yo vivo en el borde de la sociedad, me refiero a que vivo en el borde de lo económico y de lo social. Es un lugar que me queda bien, me siento cómodo, no paso estrecheces pero nunca me sobra nada. Tengo el dinero que necesito para las cosas que me procuro: el confort, la necesidad de alimento material, intelectual y espiritual, y por lo tanto, eso hago, estar en los márgenes.

¿Comidas que preferís y comidas para vos incomibles? ¿Bebidas que te entusiasman y bebidas desagradables?

Bueno, el gusto es de las cosas que cambian según las edades, según los lugares, según las personas con las que compartimos la mesa. Nunca he sido refractario a un tipo de comidas, no lo recuerdo… Ah, sí, la sopa de tapioca que hacía mi madre cuando éramos chicos. Era insoportable, la rechazaba.

Después, los platos que al chico le gustan son milanesas con puré, por ejemplo. El puchero viene después, el puchero es el que come el padre, y que uno después cuando se hace más grande lo puede apreciar. En una época, con una pareja que tuve en Comodoro Rivadavia —porque residí también un año en Comodoro Rivadavia—, habíamos conseguido no me acuerdo por qué medios, si lícitos o más o menos, un curry de la primera calidad, importado —vaya a saber de qué origen—. Y solíamos hacer un pollo al curry con arroz (cuando había plata para pollo, si no arroz con curry solamente), que nos tuvo muy entretenidos por una razón muy sencilla: descubrimos que ese curry es afrodisíaco. Entonces se puede decir que pasamos una temporada de luna de miel con un curry tan bueno.

En cuanto a bebidas he tomado preferentemente vino, hasta hace tiempo, que dejé de beber alcohol, hará 15 años. Era hombre de vino tinto y de damajuanas, el vino en damajuanas y el mejor que se pudiera conseguir, ¿no? A veces no se podía y a veces nos parecía buenísimo el Parrales de Chilecito, y si no, excepcionalmente, una botella de vino de reserva, un Cabernet Sauvignon, un Malbec. Pero la bebida que siempre ha perdurado una vez que la conocí —más o menos lo que se puede decir bien— fue el champán. Ahora el único alcohol que tomo es champán, un poquito siempre para las fiestas. Y yo que creo que va bien con todo, si te cae bien, va bien con todo. El Demi Sec es perfecto, o el Brut. Hasta el Brut me ha animado, es un poco astringente pero se saborea bien.

Respecto de las desagradables: la leche, y las tóxicas, para mí intomables, bebidas cola de diverso origen y composición.

¿Qué opinión te merecen las poéticas del norteamericano Gregory Corso, del español Blas de Otero y del persa Omar Khayyam?

A la generación beat norteamericana llegué tarde, como llegué tarde a los Beatles, a muchas cosas de esas décadas. Llegué tarde y me lo lamenté, porque cuando descubrí el ‘Aullido’, de Ginsberg, ¿cómo no respingar, no? Es bravo enfrentarse con el ‘Aullido’. Leí un poco de Ginsberg, después de Ferlinghetti, de Kerouac, de Burroughs. Burroughs me interesó muchísimo, pero a Corso no llegué, o si llegué lo leí en alguna antología y entonces no se puede apreciar si es una muestra de tres o cuatro poemas, y nunca lo busqué especialmente, por ejemplo, en algún blog que se dedica a la poesía universal. Tiene que haber muy buenas muestras de Gregory Corso, pero no lo disfruté.

En cuanto a Blas de Otero, cuando estaba preparando la edición de mi primer libro, ‘Antes que nada’, uno de mis poetas más frecuentados era él. Me daba en la tecla de lo que necesitaba en ese momento, al punto que uno de los poemas que más quise de ese libro tiene epígrafe de Blas de Otero. Dice: «y un golpe, no de mar, sino de guerra, que destierra los ángeles mejores». Eso es de Blas de Otero, y me marcó, esa lectura me marcó para siempre, inclusive para dejarlo estampado en un libro mío.

Y de Omar Khayyam,’Las Rubaiyatas’, que leí en edición de Losada por supuesto, la más difundida entre nosotros. Me impresionó mucho la cultura que expresaba y cómo la expresaba, con qué brevedad y en pocas palabras hacía un hedonismo militante: cantarle al vino, cantarle a la naturaleza, cantarle al amor, a las mujeres. Me parecía maravilloso, era como transportarme a otra cultura, realmente, nunca había leído cosas así. Nunca había leído en castellano a un poeta así. Además, la forma me caló hondo, y ahí empecé a fijarme en el poema brevísimo, los aforismos, los epigramas; que cuando descubrí a otros como Antonio Porchia y a Raúl Gustavo Aguirre, me hice muy afecto a esa forma.

Esa era una ambición, ¿ves? Es una ambición que tenía: poder captar algo de ese aroma de poesía, de ese perfume de poesía condensadísimo y que después lo encontré en otros autores, en Juan José Arreola por ejemplo, el mexicano, o Marcel Schwob, el autor de ‘El libro de Monelle’ y ‘La cruzada de los niños’. Mirá, justamente a estos dos últimos admiraba Borges, pero no los honraba mucho. Es para admirarlos pero no se los puede imitar, de ninguna manera se los puede imitar. Pero se te puede colar la forma adentro tuyo, y a veces salir algo que tenga que ver, un parentesco más o menos cercano pero es muy ocasional; yo lo he hecho en ‘Croquis de un tatami’, en ‘Aguas de socorro’ también.

En ‘Croquis de un tatami’ he hecho toda una sección con esos «textos anómalos», como dijo una profesora, donde uno no distingue demasiado bien entre el aforismo, el epigrama, el poema breve y el brevísimo. Y me sigue tentando mucho, y cada tanto soy rozado por el ala de esa mariposa extraña de la brevedad, por ejemplo, cuando digo «con la poesía nunca se sabe».

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