«No somos los únicos en afrontar sufrimientos, por lo tanto, no hubo algunos últimos en hacer poesía»

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Osvaldo Spoltore nació el 10 de agosto de 1956 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Integró el consejo de redacción de la Revista ‘Tamaño Oficio’. Junto a Jorge Montesano, Emmanuel Muleiro, Haidé Daiban y Julio Aranda integra el volumen colectivo de poesía ‘Memoria del olvido’ (Ediciones Botella al Mar, 2000). Ha publicado el poemario ‘Punto de furia’ (Ediciones Febra, 2004).

¿Qué podría ser de interés a los efectos de ir conociéndote?

¿Qué puede ser de interés a nadie la vida de uno? ¿Qué puede haber de genuina novedad que el Otro, de una forma u otra, no haya vivido? No es falsa modestia. Obligan las circunstancias a tener una actitud honesta desde el principio y evitarse la vergüenza de soltar una andanada de palabras que sólo alimentan el ego. Es que aunque quien escriba, en su quehacer, se proponga aumentar las riquezas del mundo, mejor es que reconozca esto como un desafío, especialmente cuando escribe sobre su poca o mucha historia. Y dejaré llevarme como cuando se escribe un poema. Y ojalá que estas notas sean una extrañeza. Un recorte de un viaje errático hacia lo supuestamente conocido para que aparezca al menos alguna sorpresa.

Nací en el invierno, en una clínica del barrio de Belgrano. Me contaron que salí al mundo en un parto difícil, esos en los que el bebé nace extraído con los fierros de un fórceps. Como todos, arrojado a un exterior desconocido, determinado por factores que no se manejan, pero que nos conforman, ya sea el antecedente genético, la vida familiar, el contexto político, económico, social y cultural, y además nadie puede escapar de las contingencias. Luego siguieron los primeros años de la infancia: penumbras.

Nada sorprendente. Desde una perspectiva global, desde el  origen, así ha ido apareciendo la rica y abigarrada variedad de lo humano, pero nadie es un humano en general. Somos particulares dentro de una formidable complejidad. Pero no hay que dar por supuesto que nuestras peculiaridades aporten alguna novedad al mundo mientras ejercemos alguna actividad, en este caso la escritura, porque hay valores que se deben seguir.

Ernesto Sábato definió el compromiso de un escritor: «Ser testigo insobornable de la época que le toca vivir». Cierta filosofía, ya no tan en boga, pero aún vigente, la que ha decretado la muerte del Hombre, afirmará que ese desafío es imposible de cumplir. Sobredeterminados, totalmente carentes de autonomía y libertad para tener experiencias auténticas —según ella—, como sufrientes de un estado de miserabilidad casi absoluta, ¿cómo podría alguno ser testigo real de su época? Todas estas son puras exageraciones.

Existe un abatimiento que ha embotado a muchos intelectuales cuando evalúan las barbaries sufridas desde la segunda década del Siglo XX. Hasta el principio de esa década se suponía, con un optimismo irracional, un progreso continuo y sin fin. Pero llegó la gran sorpresa de dos grandes guerras, y de allí el desencanto. Algo de eso expresa la frase de Theodor Adorno: «Después de Auschwitz no se puede escribir poesía», como si en la Historia los colectivos humanos nunca hubieran perpetrado la vileza contra los cuerpos y conciencias del Otro. No somos los únicos en afrontar sufrimientos, por lo tanto, no hubo algunos últimos en hacer poesía.

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Tu infancia, entonces, tu adolescencia, y tu relación con la palabra.

Provengo de una familia de ascendientes todos italianos. Muy trabajadores, de economía media, alegres y vivaces. Ni progresistas ni conservadores. Algunos, peronistas de los suaves. Otros, antiperonistas consuetudinarios. Militante, apenas uno; un pariente lejano, radical. Católicos de comuniones y casamientos. Ningún cura ni ninguna monja. Nada de ir a misa los domingos. Tampoco interesados en leer y mucho menos en escribir. Bibliotecas mínimas. Y a diferencia de lo que he visto en familias de otros orígenes, no recuerdo en las charlas familiares gran elocuencia de nadie. Creo que como familia de italianos, trasladados a Buenos Aires a fines del siglo XIX, cambiar de lengua debió ser un problema. También eso pudo provocar la brecha entre padres europeos e hijos nacidos y criados en Buenos Aires, dado el acomodamiento cultural y lingüístico que debían sobrellevar.

Como novedoso, recuerdo un regalo de cumpleaños de una tía abuela: el grueso ‘Pequeño Larousse Ilustrado’ que aún conservo con sus tres secciones: la primera, de índole general; la intermedia, con sus decenas de páginas rosadas de locuciones latinas traducidas, que me parecían pura hermosura; la última, dedicada a Historia, Geografía… Otro recuerdo de esta índole: la aparición sorpresiva en la casa de mis primas de una gran enciclopedia de muchos tomos en inglés, con unas láminas maravillosas.

Pero si hubo pocos libros, mucho hubo de música. Se cantaba en grupo la música de nuestro país. Y con ella, pude tener la experiencia de disfrutar de poesía. Queda escrita en mi memoria la experiencia de escuchar, a mis tías y tíos abuelos, cantar: zambas, valses, tangos, tonadas cuyanas y otras melodías. Parientes directos de italianos, de las regiones de Abruzzo y Campobasso, amantes, aquéllos, de la música local y que nada sabían de la lengua y música de su sangre.

Debo suponer que mi afecto por la poesía procede de ese origen. Mi padre cantaba tangos y acompañado con la guitarra, zambas. Luego, al crecer, cantábamos a dos voces. Hubo versos cantados en los labios de él, al cantar con su vocecita fina y elegante —con el tiempo, luego de fallecer, coincidimos con otros que escuchar la voz del vocalista de Aníbal Troilo, Francisco Fiorentino, nos lo recordaba—, que debieron labrar mi alma de niño como si fuera un buril que cincela fulgores estéticos:

Ilusorio jardín del recuerdo, / pobre página triste de ayer…

Perfuman el patio / guitarras y estrellas…

Partiré canturreando / mi poema más triste…

Y puede que fuera por eso que en cuarto grado, luego de terminar unas composiciones sobre el afilador, ese que andaba por las calles anunciándose con el silbido del caramillo, que en el aula, mientras el maestro revisaba las tareas, levantó la vista hacia mí, y dijo: «¡Qué lindo esto!». Era una frase mínima referida a las chispas que se sueltan al aire, desde la piedra, cuando el afilador pasa el metal de tijeras o cuchillos contra ella. Las había imaginado: «Chispas que sueñan con no apagarse nunca».

Además, por esos tiempos escuché en clase el poema ‘El grillo’, de Conrado Nalé Roxlo. Ni bien llegué a casa, una fuerza incontenible me llevó a querer hacer algo parecido. Llené hojas y hojas hasta que surgió ese algo que creí digno.

Aunque mi perfil se orientaba más a lo técnico, siempre me asombraron las enciclopedias y bibliotecas. Las visitaba, me hacía socio para pedir libros, pero con intereses diversos, sin ninguna preferencia, y me dispersaba.           

Además, como cursé el colegio industrial, mis lecturas y hasta obsesiones estaban más bien referidas a Matemáticas, Mecánica, Hidráulica, Cálculo… Como a los 15 años no podía captar el concepto de derivada o  integral, pasaba horas completando cuadernos, hasta en las noches de verano, para tratar de inteligir por algún método, el porqué de esas operaciones que yo sabía resolver bien. Deseaba aprehender la idea detrás del cálculo, que además era imprescindible para asimilar las materias que estudiaba. Pero en medio de tanta técnica prosaica, una excepción notable fue el impacto que tuve al leer en el libro de Castellano la ‘Oda a la flor de Gnido’, de Garcilaso de la Vega, la cual intenté aprender de memoria.

También en mi adolescencia, se fueron filtrando con alguna frecuencia y disfrute, páginas de ‘El gaucho Martín Fierro’, ‘Don Quijote de la Mancha’ y algunos cuentos de Edgar A. Poe. Además, le dedicaba tiempo a la lectura de la Biblia.

Como en la casa de una tía querida había una, la tomé prestada para siempre, pero no pasaba de los primeros libros y algo de los Evangelios. Me emocionaba su historia, la vida y enseñanzas de Jesús y la esperanza de algo sublime. Esa fe la mantengo, y para mí esa convicción es tal como la de que mañana saldrá el sol. Eso derivó con el tiempo en un interés mayor y un estudio más detallado, que lleva años.

Aclaro que estas actividades siempre me ocuparon intensa y, diría, poéticamente. Algo que fue anterior a recibir influencias propiamente literarias. Además, el quehacer artístico exige que se viva poéticamente. Sólo si ocurre así, se siente la extrañeza del mundo, antes de poderla expresar literariamente. Esa mirada inhabitual descubre auténticas novedades y cuando uno ya puede expresarlas, el arte sucede.

Estos hechos de mi infancia y adolescencia supongo que influyeron en mí. Ya en la adultez, elegí otras ocupaciones que me condujeron a formidables compromisos alejados de la literatura, pero la sensibilidad poética estuvo allí siempre latente.

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¿Autores de la literatura universal que consideres grandes inventores de argumentos?

No es fácil responderte, no porque no tenga respuesta, sino porque los argumentos casi siempre son los mismos. Hasta en asuntos metafísicos o filosóficos, donde no habría argumentos pero sí un ordenamiento de ideas —en definitiva un texto, un tejido pero de ideas no de relatos o guiones—. Por ejemplo, William Shakespeare inventaba menos argumentos de los que ya existían y los reescribía magníficamente para teatro.

Hoy además tenemos una mayúscula producción e influencia del cine y lo audiovisual. Por eso somos de una generación difícil para ser sorprendidos por nuevos argumentos. En general, no estoy a gusto con largas descripciones y los malabares o juegos reiterados al hartazgo que encontramos en cine y televisión.

Pero lo que sí me maravilla es la capacidad potencial infinita que tienen las formas de aparecer: eso no cansa. Digamos que como en la Naturaleza, no habiendo dos atardeceres iguales, en literatura puede suceder lo mismo. Doy un ejemplo: me sorprendió en Gustave Flaubert su obsesión por escribir bien. En ‘Madame Bovary’ me parece extraordinaria una página en la que da forma a un contrapunto donde entremezcla un diálogo, entre los amantes sentados dentro de una habitación, con frases de un discurso que un político profiere desde una tribuna. La anécdota es menor, pero me fascinó, la forma. Y llamativamente, cuando vi la película basada en la novela, esa instancia pasó totalmente desapercibida, aunque se respetara el texto original.

Además, los argumentos tienen fecha de vencimiento. Hasta el hecho de relatar puede ser más o menos importante, según las épocas, pues no es lo mismo hacerlo para simplemente entretener o si se trata de denunciar o abrir conciencias.

Hoy es interesante notar que los mercaderes del espectáculo cinematográfico, buscan argumentos universales, pues desean distribuir sus productos a nivel planetario. Así tenemos el éxito de la obra del británico J. R. R. Tolkien: la saga de ‘El señor de los anillos’. Pero leer —por citar sólo un caso— todas esas novelas, por más sofisticadas que sean, no me movilizan nada. Y ni hablar de las novelas o cuentos que los empezás a leer y ya sabés lo que va a pasar. ¡Nos invaden los estereotipos!

Quizás haya un avance en las series de televisión que han complejizado la línea argumental en varias, esa multilínea que te obliga a seguir varios argumentos al mismo tiempo; hay un sentido coral en todo eso, y así abren temáticas en varios personajes que en otras épocas eran secundarios y sólo estaban de soporte.

¿A qué escritores no debiera uno morirse sin haberlos leído?

Esa pregunta no me cabe. No hay deber de leer nada nunca. Es pura actividad humana y es infinita la cantidad de probabilidades de lectura. Si uno vive con los ojos abiertos, los escritores aparecerán solos. ¿Y por qué morirse y no leer más? ¿Quién dijo que después de morir ya no leeremos más? ¿Y si somos inmortales o morir es un simple sueño que termina en un suave despertar?

Por eso podría decirte coherentemente que yo seguiría leyendo y leyendo: la Biblia, ‘Ficciones’ de Jorge Luis Borges, ‘Martín Fierro’ de José Hernández, ‘Don Quijote de la Mancha’ de Miguel de Cervantes Saavedra. Y además está lo literario que se entromete en libros de no ficción. De mis muchos años de facultad, estudiando Humanidades, he encontrado varios libros de autores que investigan desde lo académico Ciencias Sociales o Arte con una escritura profunda, y aunque hay más, cito sólo uno: ‘Teoría de la política internacional’, de Kenneth N. Waltz. Y concluyendo, debido a que está muy cerca de mí todos los días desde hace 15 años, como un mural pegado a la pared de mi oficina, seguramente seguiré leyendo el poema ‘Mandala’ de Horacio Castillo.

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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