«Estudié en un lugar de izquierdas que me abrió la cabeza en tantas partes que fue alucinante»

Marta Cwielong

Marta Cwielong nació el 28 de enero de 1952 en Longchamps, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en Temperley, ciudad de la misma provincia. Ha sido traducida parcialmente al polaco, italiano, francés y catalán. En 2006 aparece su antología personal ‘Morada’. Publicó los poemarios ‘Razones para huir’, ‘De nadie’, ‘Jadeo animal’, ‘Pleno de ánimas’ y ‘La orilla’.

Cwielong, apellido de ascendencia polaca…

En realidad, no he podido comprobar que sea de tal ascendencia. Sí hay muchas familias con ese apellido en Polonia, pero no es de raíz tradicional polaca. Cuando visité ese país mis parientes me informaron que procede de la Baja Silesia y venía de Estrasburgo. Es así. Y soy la primera de mi familia en nacer en la Argentina. Tengo madre italiana, hermano italiano, hermana alemana y padre polaco. Soy, lo que se dice, de posguerra. Crecí escuchando los domingos la hora suiza en la radio, y canzonetas napolitanas, aunque mi madre es del norte de Italia, sobre el Adriático. Significa que me educaron con aires de superioridad, mientras no teníamos ni para comer. Si bien mi padre era polígloto, trabajaba de albañil. Luego, con los años, supe que era un refugiado, pero recién en la adolescencia, cuando comencé a estudiar y compartir mi mundo con otros que tenían formación y pensamiento diferente.

No hubo en mi pequeña familia un incentivo al estudio, sólo correspondía trabajar, tener una casa. Fue así que a los 14 años ya lo hacía. Y mis estudios secundarios los cursé después de los 20 en un colegio nocturno, el Instituto Lomas de Zamora, Cooperativa de Enseñanza. Por supuesto, un lugar de izquierdas que me abrió la cabeza en tantas partes que fue alucinante. Ahí tuve mi primer amor con la literatura, el profesor Gerardo Whethengel (con hermano desaparecido), concertista de piano que nos hizo leer ‘El Quijote’. Era un alemán rubio, con dedos larguísimos, flaco, de hablar balbuceante, pero cuando se trataba de poesía se encendía y su voz adquiría seguridad, tono, ¡color! Otro profesor, este de Historia, H. Marrese, era un militante de la vida, de los derechos. Con él fuimos a las primeras marchas, nos mostró qué era la dignidad.

En mi casa no había libros: sólo los de mi madre, las novelitas de Corín Tellado que ella consumía mientras viajaba en tren todos los días para ir a trabajar. Mi hermano y yo nos ocupábamos de la limpieza, además de ir a la escuela y cuidarnos. Mientras esperaba a mi madre yo leía a escondidas a la Tellado e imaginaba un amor precioso. Solía leer las hojas de los diarios con los que envolvían los huevos que comprábamos en el almacén. Por entonces no pensaba en escribir, y menos poesía. Fue mucho después, cuando no atinaba a encontrar el sitio donde estar, cuando no hallaba la manera de que me entendieran.

«Sitio donde estar», decís, enfocando en tu infancia.

Por ejemplo, entre los seis y los 11 años debí convivir con mi abuela materna en los campos de un coronel, gobernador de la provincia de Buenos Aires, forjador del peronismo, el Coronel Domingo Mercante. Con lo cual, dentro de la pobreza, estaba rodeada de los lujos del poder y la ignorancia de la peonada. Por lo que a mis diez años fui alfabetizadora de los 13 hijos del tambero. Y, como me obligaban a ir a la iglesia, fui catequista. Luego abandoné religión y  enseñanza. En simultánea, la escuela primaria la cursé en Uruguay y en Buenos Aires. Me confundía entre José Gervasio Artigas y José de San Martín, entre el 18 y el 9 de julio.

Vivir cruzando el Río de la Plata me dio el vértigo de las orillas, la fascinación por el borde. Vivir sin la familia, por lapsos, sin escuela en la niñez, me llevó al mundo de la lectura. De pronto, una edición de cuentos para niños de Hans Christian Andersen llega a tus manos, le faltan algunas hojas, pero comenzás a reemplazarlas, a imaginar qué hubiera dicho, de qué manera. Como se dice ahora, debí estar escolarizada a determinada edad, pero… No siempre había escuelas disponibles a las que concurrir. Y así, recuerdo a unas monjas franciscanas con sus sotanas levantadas, pedaleando las calles de tierra, acercándose a nosotros, aquellos chicos y chicas, para enseñarnos a leer. Atesoro esos rostros vivaces rodeados de niños debajo de un árbol cantando la palabra aprendida.

El idioma en mi casa era el italiano. Quizá por eso se produjo mi inclinación por Eugenio Montale, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Federico Fellini, ‘El ladron de bicicletas, ‘Roma, ciudad abierta’, la Loren, Marcello Mastroianni, el hablar fuerte de los italianos, la expresividad de las manos…

Retornemos a tu adolescencia, a la juventud.

Entonces, Ray Bradbury y ‘Las doradas manzanas del sol’, los poetas que me iniciaron en el uso de la tijera que me ayudara a podar de liviandad aquello que escribía: Enrique Puccia, Edgar Bayley, Beatriz Piedras y su gran conocimiento del haiku, Rubén Chihade, y todos los poemarios que me hicieron leer y, a partir de ellos, debatir. La facultad quedó en el camino: formé una familia. Eran los 70 y el terror estaba instalado. La realidad me llevó a leer empecinadamente y buscar las raíces de la familia. Mi adolescencia no es la típica de la pequeña burguesía: trabajé desde los 14 años, cuidé un padre enfermo hasta su muerte en un hospital y a los 19 estudié, de noche, el bachillerato.

A los 21 ya tenía un hijo. Entre la dictadura, los amigos que desaparecían, los que había que esconder o sacar del  país, el miedo, el coraje de seguir, de pronto ya se había escapado entre las manos la hermosa adolescencia.

Una de tus incursiones: Dictaste un taller para músicos, ‘Rock y Poesía’

Mis hijos varones son músicos. Uno de ellos se quejaba de que los que concurrían a su sala de ensayo escribían tan feas letras para él, que un día los amenazó: «Los enviaré con mi madre». Los letristas aceptaron y así comenzó ese extraño y bello periplo, en el que yo les aconsejaba que leyeran, leyeran y leyeran. Claro está, he cosechado dedicatorias, temas, recitales. Algunos continúan como músicos, otros claudicaron, pero siguen siendo lectores.

Marta_Cwielong_Morada

Dame un apunte sobre tu antología personal.

Morada’ pertenece a la colección de plaquettes La Diligencia, de la Biblioteca Associació Cultural Bertolt Brecht, de Mislata, Valencia. Fue editada de forma artesanal, en castellano, en la celebración del 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, proclamado por la Unesco en 1999. Los curadores fueron Pere Bessó y Salvador García. Ellos me pidieron que eligiera poemas y sobre esa base efectuaron su selección.

¿Poemarios inéditos?

Memorias del hambre’, donde procuro eludir la brevedad, emerger del silencio, y que el trazo cuente un poco más que la pincelada inicial.

‘Racontos’, con varios años asentándose, es de una época en que viajaba mucho. Comencé a escribirlo en los aeropuertos. La serie se inició a partir de observar a una familia menonita completa en medio de un sinfín de ejecutivos esperando un vuelo demorado, y ellos, con sus ropas tradicionales, abrieron sus bolsas, extrajeron su comida y sin mirar a nadie almorzaron, cuando los demás estábamos fastidiados o rabiosos.

No esperes que me anuncie’, concebido en conjunto con el español Pere Bessó, y que se editará bilingüe, castellano y catalán. Serán poemas de Bessó y míos casi como en respuesta uno de otro, con la lejanía y el océano de por medio. Son años de conversaciones, traducciones y pensamientos de ambos conformando una isla en el mundo. Te doy a conocer como adelanto un tramo del prólogo del escritor uruguayo Rafael Courtoisie: «…surge como una construcción de intimidad poética dialógica, como un poemario a cuatro manos cuya musicalidad y giros originales, extraña y bellamente concatenados, van envolviendo al lector, van seduciendo al lector, lo conducen a una dimensión que no es la del clásico y decimonónico “epistolario”, sino la de una poesía de dos, colectiva y a su vez única, actual pero que trasciende la cibernética, creada en la distancia y en la anulación de la distancia, creada desde la maravilla de comunicación de los medios pero dejando de lado la novelería superficial de la híperconexión vaciada de sentido».

En tu próxima vida, Marta, ¿un piso alto en un barrio caro de una gran capital, una casa sencilla y confortable en los alrededores de una pequeña ciudad o una cabaña en el monte impenetrable?

Una casa sencilla y confortable en los alrededores de una pequeña ciudad, y si tuviera un río, arroyo o curso de agua cerca, se acercaría a la perfección.

¿A qué narradores continuás volviendo, a qué ensayistas y poetas?

Cesare Pavese, Javier Aduriz, María Zambrano, Alberto Girri, Sylvia Plath, Felisberto Hernández, Jacobo Fijman. A Pavese por esos relatos suyos que —como, por ejemplo, ahora me sucede con Giorgio Bassani y su ‘La novela de Ferrara’— de un modo inefable me instalan en aquella Italia: el cuadro pueblerino del bar, las voces por lo bajo, la otra parte de la guerra. La sencillez me clarifica.

Girri me insta a corregir, a plantearme qué sirve de lo escrito. Con el uruguayo Felisberto Hernández accedí al aprendizaje de otro idioma, loco y sutil. Con Zambrano nunca terminaré de aprender. Plath y Fijman, ocupan lugares límites de la orilla, me dejan suspendida. Hannah Arendt también, es como una obligación volver a leer ‘La banalización del mal’. Adúriz es el verso libre y el futuro.

¿Preferís los animales a la gente? ¿Tuviste amigos decepcionantes?

Sigo prefiriendo a la gente. Y no, cada uno de mis amigos ha sido o es significativo. No puedo hablar de decepciones, ya que soy una solitaria con muchos amigos. ¿Cómo se entiende?   Hace algunos años comencé el camino de la conciliación, dejé de hablar para escuchar. La decepción proviene de aquello que depositamos en el otro sin mirar que estábamos esperando algo en el lugar equivocado. No se debe pedir donde no pueden dar.

¿Cómo te parece que fue evolucionando tu práctica de la poesía a lo largo del tiempo y tu manera de vivir junto con eso?

Mi manera de sobrevivir fue gracias a la poesía, a mis lecturas, a las horas dedicadas a la corrección. La evolución es lo aprendido e internalizado procurando denotarlo en los nuevos poemas, la crítica de los colegas, su trasmisión, y esa manera de traducir que es traicionar al mismo tiempo. Entre la idea y lo que escribimos de la idea está la traducción. Por ende, la traición instantánea: traduttore / traditore.

Afirma el estadounidense Stanley Kunitz en su artículo ‘Arte y Orden’: «Una de las actitudes características del poeta moderno es la contemplación, no de su propio ombligo, sino de su mente en funciones. (…) Con los escritores jóvenes me convierto en una molestia al hablarles acerca del orden, por la buena razón de que el orden es susceptible de enseñarse; pero sé en mi interior que sólo los espíritus inquietos, entre ellos, los que reconocen el desorden fuera y dentro, tienen oportunidad de llegar a ser poetas, pues sólo ellos son capaces de producir una galería del lenguaje con las contradicciones de lo real. (…) Biblioteca y páramo, orden y desorden, razón y locura, técnica e imaginación: el poeta, para ser completo, debe polarizar las contradicciones». ¿Qué agregarías o relativizarías o refutarías?

Que somos exploradores de la intuición creadora, que nos es preciso un desorden soportable. Y cito a Leopoldo María Panero:

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.

Y cito a Jacobo Fijman:

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Y cito a la italiana Alda Merini:

Violenta como una bandera,
un abismo de fuego,
y así me compongo
letra a letra a lo infinito
para que alguien me lea
pero que nadie aprenda nada

porque la vida es un sorbo, y sorbo
de vida las hojas blancas
desmesura del alma.

En esas contradicciones de orden y desorden no atino a relativizar lo dicho por el poeta Kunitz, pero sí añadiré que no podría ser maestra de jóvenes: el orden ayuda, pero el desorden nos lleva a ordenar las palabras para ejercerlas y no perdernos en el mundo.

Los poetas citados, en su desorden mental, crearon los más bellos poemas, pero en el bello y doloroso desorden se perdieron, nos enseñaron. Como dice William Butler Yeats: «Hacemos poesía de nuestras disputas con nosotros mismos. Debemos contemplar para expresar, debemos tener el páramo para traducirlo».

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