«Uno es un misterio al que hay que tratar bien»

José Ioskyn

José Ioskyn nació el 20 de agosto de 1962 en la ciudad de La Plata, donde reside, alternando con la ciudad de Buenos Aires, la Argentina. Es Licenciado en Psicología por la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata. Publicó los libros ‘El mundo después’ (Editorial Paradiso, 2013), ‘Literatura y vacío. Psicoanálisis, escritura, escritores’ (Editorial Letra Viva, 2014), ‘Nunca vi el mar’ (Editorial Huesos de Jibia, 2014), ‘Acerca de un imperio’ (Ediciones del Dock, 2016), ‘Manual de jardinería’ (Editorial Barnacle, 2016) y ‘Un lugar inalcanzable’ (Editorial Griselda García, 2018).

¿Sos de acordarte de tus primeros años?

Soy de esas personas que tienen cierto grado de intimidad con su infancia. Tengo recuerdos nítidos. Como si más allá de esos recuerdos no hubiera grandes secretos por descubrir. Me asombra cuando alguien dice que no se acuerda casi nada de sus primeros años. Sin embargo, esa claridad de mis recuerdos son los picos, momentos recortados por su carga afectiva. Pero de las grandes mesetas que son la vida cotidiana yo tampoco me acuerdo nada. En esa medianía de lo cotidiano estaría la tonalidad del conjunto.

Cuando la sensación de estar adentro de la familia pasó, dejé de ser un chico. Fue así, como abrupto. Mi mamá me empezó a decir «el extranjero».

Mi familia funcionó como protección frente a todo lo que pasaba afuera de la casa. Ese cuadro es constante. Por supuesto estaba la escuela, los parientes, los vecinos; y todo el circuito de una infancia burguesa donde los chicos salen para aprender un montón de cosas innecesarias. En casa se hablaba constantemente del afuera y casi nada de nosotros. La mesa familiar era un discurrir diario sobre lo que les había pasado durante el día a los mayores. Los adultos eran los protagonistas. La televisión estaba prohibida en la cena. En cambio se proyectaba esta serie diaria, donde aparecían los mismos personajes: el entorno de mis padres. Cuando entraba un personaje nuevo estaba en relación con los personajes ya conocidos y aumentaban la potencia de la trama general. Era una narración muy eficaz, ya que todavía me alimento de esos personajes que no eran en realidad personas, no podían ser gente de verdad como nosotros, sino una especie de actores que trabajaban sin parar. Me acuerdo perfectamente de los nombres y las anécdotas. Lo que palpaba era el tono de burla, de ironía, sobre esa obrita llamada sociedad. Los otros. La ironía a veces se torcía y apuntaba hacia adentro. Entonces aprendí a esconder lo que pensaba. Escondía lo que pensaba y sentía, y si bien había muchos gestos de cariño me sentía expuesto. Pero al mismo tiempo fui muy mimado por mi familia, mis padres y mis abuelas. Esa ambigüedad fue formativa, o deformativa. Cuando la sensación de estar adentro de la familia pasó, dejé de ser un chico. Fue así, como abrupto. Mi mamá me empezó a decir «el extranjero». Estoy tratando de ver la infancia como la narración de los otros, tomando ese aspecto repetitivo del que tomé plena conciencia mucho más tarde. Cuando la infancia terminó, lo único que quería era salir de ese relato.

Y fuiste saliendo de ese relato.

Escribí un cuento, inédito, sobre el momento bisagra, el del fin del romance con los padres y la vida que ellos proponían, cuando de repente se me hizo evidente la presión de tener que ser un hombre, sin saber que era eso exactamente. Ahora lo veo ridículo. Por supuesto, este es el costado patético de la cosa. Después vino otra cosa. Me acuerdo de escenas en que no sabía muy bien qué estaba haciendo pero iba, un poco ciego. Tenía períodos en los que no me importaba casi nada. No era alcanzable. Hubo pelo largo, la gran aventura de años 70 a mi alrededor, una secundaria en los años de la dictadura y rebeldías contra todo. Música, lectura, cine, noches y noches. Mi ciudad era, y sigue siendo, universitaria, hippie, rockera, militante. Medianamente culta y provinciana a la vez. Limitada y también pretenciosa. En un clima social tan pesado, andaba a cualquier hora con amigos por la calle. Ahora lo veo muy extraño a eso de andar tan suelto en aquel momento. Escuchabas los tiroteos, escuchabas que tal o cual había sido llevado por la cana. «Si escuchan balas, tírense al piso», me dijeron en algún momento. En tu ciudad, a los 13 años iba con un primo por la calle cuando dos tipos en un Falcon nos subieron al auto, nos pegaron, amenazaron y nos dejaron atrás de la Facultad de Derecho, alertándonos que iban a volver para tirarnos al río. Era el año 75 ó 76. Pero realmente no me importó mucho, porque sentía que me estaban pasando cosas, a mí, por primera vez. Estaba suelto por el mundo, fuera de la familia y sus reglas. Había maneras de esquivar un poco un país militarizado. Creo que lo pude hacer sin tanto riesgo porque en realidad era un chico de 13 años, un poco más. Me acuerdo, por ejemplo, de un casamiento en una quinta, los novios caminando por una alfombra larga y angosta en el pasto, la alfombra pasaba debajo de arcos con flores. En una carpa tocaba una banda de rock. Suspendieron las clases en el colegio por una bomba que explotó en la puerta y la destrozó. Me pasaba días escuchando música o leyendo. Cuando salía podía pasar que me subieran a un micro de la policía, una razzia callejera. Podía —y me pasó—  terminar la noche en una comisaría.

A esa edad manda el cuerpo. Las emociones manejando las situaciones, las hormonas y la ambición de autoafirmarse, aunque no sea más que una mentira. En fin. Cuando terminó mi secundaria y volvió la democracia me di cuenta que culturalmente estábamos fuera del mundo.

¿Y cuando ahora observás el transcurrir de otros por la adolescencia?

Cuando ahora veo a otros pasar por su adolescencia, o saliendo a la vida, me veo a mí mismo en retrospectiva con más empatía y complicidad. Fui uno más que se refugiaba de los demás al tiempo que los necesitaba. El equilibrio era difícil. Al final, uno es un misterio al que hay que tratar bien. Pero la primera juventud, contrariamente a la infancia, no se va del todo. No puedo hablar del que era a los 15 como si fuera otro. Sigo siendo ese. Hay continuidad. Pero el chico que fui termina siendo un extraño que, sin embargo, vive en uno. Pero no me reconozco, no soy ese. Lo tengo que deducir. ¿Soy ese, el de las anécdotas familiares? Cuando hablaban de mi infancia hablaban de otro. Pero no de mí. Hablaban del hijo que tuvieron alguna vez. Los padres no se cansan nunca de contar lo mismo, y me pasó igual cuando fui padre, porque la infancia de los hijos es un idilio apasionante. Para bien o para mal, es así.

José Ioskyn 2

Rockero, dijiste. Y podías pasar varios días escuchando discos. ¿Tenés formación académica?

En música clásica en el Conservatorio de Música Gilardo Gilardi, fundado por Alberto Ginastera. También tocaba la batería en una banda de rock. En el conservatorio me formé en percusión, algo que todavía suena raro. Siempre estoy acompañado de música, la que sea, rock, sinfónica, ópera, o lo que me vaya gustando. La música te puede acompañar siempre, ni siquiera es necesario un soporte físico, puede sonar en tu cabeza, aunque no quieras. A veces se nos impone una melodía boba que odiamos. Pero está ahí y no se va.

Siendo clase ‘62, acaso hayas tenido que hacer el servicio militar más o menos cuando lo de la Guerra de las Malvinas.

Lo hice. En Granaderos. Estuve a pocas horas de ir a Malvinas. No me imagino ahora entregar a un hijo de 18 años para ir a la guerra. Pero en ese momento había una locura colectiva, una aceptación demente de la situación. Andaba por la calle con el uniforme, sentía la lástima de los civiles, o el entusiasmo loco por esa guerra maldita. En las casas de comida me regalaban morfi. Fui a rendir una materia, me acusaron de querer sacar provecho del uniforme (era cierto), en fin, toda una confusión. Tal vez todo ese delirio fue solamente una excusa para que Rodolfo Fogwill escribiera ‘Los pichiciegos’. Pero pasó, lamentablemente pasó de verdad.

Una tarde me dejaron salir con la condición de no irme a más de una hora de distancia. A las tres de la tarde llamaron a mi casa, tenía que volver urgente, íbamos a Malvinas. Mi mamá fue a comprar calzoncillos largos, para protegerme del frío austral. Fuimos a cenar, por lo que llegué al regimiento a eso de las tres de la mañana. Pero no había nadie. Sorpresa. Casi ninguno de mis compañeros había vuelto. Parece que lo mismo pasó en todo el regimiento. Alguien pensó que sería buena idea mandar a los nuevos, los que habían entrado hacía unos días. Chicos sin instrucción militar. No volvieron nunca.

¿Suerte perra, meter el perro, solo como un perro, llevar una vida de perros, hacer una perrada, estar con un humor de perros, echar como a un perro o tratar a cara de perro?

A otro perro con ese hueso.

José Ioskyn libro imperio

¿Podrías definir los procedimientos narrativos que utilizás?

Hay ideas o argumentos que perduran durante años, a veces van cambiando, pero empiezo a escribir cuando tengo escenas concretas, y sobre todo, una voz encarnada y concreta. Es decir, cuando establezco un contacto casi físico con lo que voy a escribir, si no no me sirve, si empiezo algo sin sentirlo, a las pocas páginas se frena. Tiene que aparecer todo un mundo ficticio que pueda dispararse en varias direcciones sin mi ayuda, sin mi empuje, debe ir casi solo para adelante. Ejemplo: el libro ‘Acerca de un imperio’, donde concebí una poesía que recrea el mundo antiguo, latino y griego, me surgió después de cierto lapso de recopilar literatura de la época, sobre todo cartas, libros de historiadores antiguos, filosofía, etc. Fui entrando en ese mundo, tan distinto al nuestro y a la vez reconocible, como si uno advirtiera algunas marcas de familia pero a la vez un poco extranjera. Lo inicié al irme durante unos días a la costa, fue una temporada solitaria, y el libro vino solo: me hacía el almuerzo y venían cosas ya hechas, como dictadas, estaba durmiendo y me despertaba un poema ya listo. Era un poco una tortura, porque quería descansar, estaba de vacaciones, y el personaje romano que yo fui por entonces no me dejaba en paz. Por suerte, no demoré en escribirlo, por lo cual mantiene una voz homogénea. Fue una felicidad hacerlo, una inspiración (esa palabra está tan demodé que ya se puede volver a usar) y al mismo tiempo un juego con mi propia identidad.

¿Cuál es tu primer recuerdo de una librería? ¿Y de una biblioteca?

Qué bueno eso. Seguramente no fue la primera librería, pero sí la primera a la que entré solo. Un verano en Mar del Plata, yo tendría doce años, encontré plata en la calle. Lo primero que se me ocurrió fue entrar a una librería. Compré ‘Las tumbas’, de Enrique Medina, para gran escándalo de mis padres, por gastar plata que no era mía, y por comprar ese libro escandaloso. Biblioteca, primera, la de mi casa, con esos tomos de Aguilar con tapa de cuero y papel arroz o biblia, un papel finito al que había que tratar con cuidado y usando los dedos y algo de saliva. En esa colección estaban las obras completas de grandes escritores. Clásicos. Y también leía los libros que apilaba mi mamá, más contemporáneos. Ella era muy lectora. Fue una mujer culta, con mucho buen gusto. De los de Aguilar me gustaba el de Shakespeare, supongo que porque no entendía nada, tal vez porque era teatro y tiene ese lenguaje arcaico que contribuía a la incomprensión. Hace poco escuché a alguien decir que el placer que genera leer algo que no se entiende es una cosa infantil. Aunque no creo que el enigma sea signo de inmadurez, sino algo humano que algunos sentimos más. Me acuerdo que la bibliotecaria de la escuela primaria vino al aula, nos habló de la importancia de la lectura, preguntó si leíamos. Yo dije que estaba leyendo esos tomos, seguramente aproveché para darme corte ante los demás, pero la buena mujer me desautorizó, me salió el tiro por la culata, dijo que no estaba bien leer eso, que había libros específicos para cada edad. Literatura infantil.

Te traslado un par de interrogantes que se formula el ensayista colombiano Jaime García Maffla: ¿Cómo y cuándo el lenguaje del habla cotidiana se convierte en poético? ¿Por cuáles leyes una organización de palabras llega a ser el poema?

A ver, interesante cuestión. Vos hablás de una transformación, y eso seguramente no tiene que ver con una ley. La ley en el sentido de una retórica tipo aristotélica. Lo que sucede en la poesía lo asimilo a las artes plásticas, pero no tanto a la novela o al cuento, que en lo formal no han cambiado tanto. Un poco sí, pero no tanto como en la plástica, que se ha renovado hasta cuestionar el estatus de lo que pertenece o no a su campo. Ellos lo plantean seriamente. No es fácil a veces distinguir lo que está dentro, en la plástica. Creo que el estatus de una obra, plástica o poética, tiene que ver con la intención del autor, después con la validación de la crítica, y la opinión de los pares. El público acepta esto. Pero en general me parece que en el salto desde lo más personal, vivido, a la poesía, tiene que haber una transformación del dato de la realidad. La creación o la transformación existe. Corrijo lo anterior: es el lector el que acepta o no. Siente la sintonía, le llega, y recién ahí la cosa se completa. Antes no es una obra. Es un germen. El lector le da el estatus al incorporarla, cuando lo que otro hizo pasa a ser parte de su cuerpo. Cuando «larga esquina de verano» es la letanía de un trepanado, ese que tiene visiones, que agoniza y ve claro. Vos como lector lo acompañás, o más bien es el autor el que te acompaña o te lleva a un lugar que nunca imaginaste pero terminás por entrar y sentirlo. El mundo se transforma, por un rato. Ahí está el poema vivo, existe. Esto no es una ley, no depende de algo que sepamos de manera consciente, no sabemos qué es, no se deja atrapar. Si lo hiciera perdería la magia en un instante.

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