«El humor me ha salvado la vida infinidad de veces»

Hugo Toscadaray nació el 26 de agosto de 1957 en la ciudad de Buenos Aires, la Argentina, y alterna su residencia entre su ciudad natal y el pueblo de San Antonio de Areco, provincia de Buenos Aires. Integró los grupos literarios El Taller del Sur – Resistencia Cultural, Tome y Traiga y La Sociedad de los Poetas Vivos. Publicó los poemarios ‘Tangopoemas’ (editorial El Cañón Oxidado, 1989), ‘La isla de la sirena de las escamas de fuego’ (Colección Elefante en el Bazar, 1995), ‘Naufragario’  (editorial Turkestán, 1997), ‘Amantes zodiacales’ (Edición Premio Especial, 1999), ‘El nadador unánime’ (editorial Fondo de Cultura Económica, 2004), ‘La balada del pájaro tinto’ (Ediciones del Viento, 2005), ‘Los pasajeros de Renca’ (Ediciones del Viento, 2006) y ‘Fuego negro’ (Editorial Turkestán, 2011).

 ¿Cómo has ido (y venido)? ¿Cómo vas?

Cuando cumplí 50 años me miré en el espejo, entonces vi señales que antes no estaban. Pero me dije: «El tiempo no existe». Luego recibí un llamado por el que supe que un amigo muy querido había muerto. Pero me dije: «El tiempo no existe». Después llegó mi pequeña hija casi hecha mujer. Pero me dije: «El tiempo no existe». Finalmente giré la cabeza y vi que el camino hacia atrás era mucho, pero mucho, más largo que el que tenía por delante. Pero ya no me importó porque lo que había detrás era tan fuerte, tan poderoso, como aquello que aún estaba por venir.

Como he manifestado en otras oportunidades, nací en el barrio de Villa Luro. Porteño por nacimiento y andanza, virginiano por naturaleza y cronopio por decantación mágica —o, al menos, es lo que me dijo Cortázar en el 84 tocándome el hombro—.

Mi infancia —sus increíbles tesoros— y mi barrio son mi andamiaje, mi única patria y mi bandera.

Soy un muchacho triste que siempre anda contento.

He vivido en muchos barrios de mi ciudad natal, pero he dormido en todos.

También he vivido en el faldón del Cerro Uritorco, entre hippies y alucinados. Y, además, en la ciudad capital de la provincia de San Luis, donde conocí el insomnio y la desesperanza.

He trabajado en el puerto de Buenos Aires muchos años junto a los barcos que alimentaron mi sed. Tengo un máster en supervivencia y otro en soñar despierto. Fui publicista, vendedor de perfumes sofisticados, fundidor de iniciativas comerciales, burócrata y coordinador de talleres literarios, empezando por centros barriales, hasta la Universidad Nacional de San Luis. También ejerciendo el periodismo en diferentes espacios, como las llamadas, en su momento, FM Truchas o en la FM Universidad, y en distintas revistas y periódicos barriales. Hoy lo sigo haciendo en una radio cultural y en desperdigados impresos.

Por definición callejera, fui un atorrante desde la adolescencia, es decir, una especie de fauno que deambulaba por los bares en las noches de la gran ciudad, hasta que vino el fantasma del paso del tiempo y me anunció con su matraca el fin del recreo.

Amigo fervoroso, bohemio incorregible, dionisíaco en las mesas e intrépido en los funerales; simpático a veces, cabrón muchas y melancólico siempre hasta la pesadilla. Olvidé cada fracaso para reincidir después en cada uno, tanto hasta lograr corporizar al dolor para que fuera mi amigo.

Amo el rumor de los pájaros, la solemnidad de los escarabajos, la música del agua y los abrazos, la rebelión de los abrazos. Amo la lluvia, el perfume de las hojas quemadas en otoño y las tormentas. Amo la noche, los bodegones hundidos en la noche, los barcos y los puertos, las cocinas humeantes, las asambleas populares y el canto colectivo.

No hablo del odio, el rostro aciago del amor, porque voto al amor y su faena; mas desprecio la injusticia y la violencia cotidiana de los poderosos sobre los que no tienen nada. Aborrezco además a los automóviles porque matan al hombre más que las fieras; a los teléfonos porque carecen de piel y de temblores y a los aviones porque despojaron del misterio a las enormes distancias.

No creo en dios alguno, ero parafraseando a Robert Desnós: «Tengo un profundo sentido de lo infinito, lo que me hace tan religioso como cualquiera». Pienso, por otra parte, que sin misticismo no hay arte. Todo poeta es místico.

Además de todo esto, voy enamorado.

Siendo un veinteañero formaste parte de El Taller del Sur — Resistencia Cultural. ¿Con quiénes? ¿Cómo resistían en plena dictadura cívico-militar?

Yo militaba en una organización de izquierda (lo hice desde el 74, en la secundaria, hasta iniciado el nuevo siglo) y estaba de novio con la que fue mi primera pareja. Ella es pintora y vivía en Sarandí-Avellaneda. Nos movíamos en ese entorno de artistas y bohemios. En el 79 decidimos estar en la calle con lo que cada uno hacía, de ese modo tomábamos, por ejemplo, el Parque Domínico y montábamos la muestra de pintores y la lectura de poemas, habitualmente parados en los viejos bancos de mármol del parque. A veces, alguien cantaba y otras, alguien bailaba. Esto lo hacíamos itinerante, mudábamos la muestra cada domingo. Cuando aparecían “caras extrañas”, nos íbamos. Te debo los nombres, alguien podría ofenderse con estos recuerdos, es gente que dejé de ver hace 1.000 años.

Aunque probablemente no te has esmerado en difundirlos, tenés tu experiencia como bloguero: ¿Cuántos blogs tuviste, tenés? ¿Con qué perfil cada uno?

¡Ah! Los blogs, claro, nunca lo menciono ni hago hincapié porque seguramente me resulta algo natural. Un blog para mí es como sentarme con amigos a beber algo y contarles qué poetas me gustan. Tengo uno de poesía contemporánea: El Naufragario. Otro de poesía argentina: Las Cosas y el Delirio. Otro de poesía del mundo: Infierno Alegre. Y otro en el que voy desde poemas más extensos hasta ensayos o crítica poética: La Nube Centrífuga. Pero hay más: Uno con poemas míos que muy raramente expongo; otro con textos de mi programa radial, Casa de Náufragos; y otro muy querido, Andanzas y Abismos de Monsieur Saralegui, en el que aparece toda mi veta callejera, toda la cosa del barrio. En fin, el humor que me ha salvado la vida infinidad de veces.

¿Qué es lo que más te ha importado —por así decir— y te importa de la poesía?

Lo que más me ha importado siempre es la poesía —quienes me conocen lo saben y algunos hasta lo han sufrido—, pero la poesía en su estado vital, algo de ella que no se momifica en la escritura sino que se continúa y extiende: las impresiones, las emociones, los gestos, lo sutil y lo espeso, lo que flota o se arrastra. Lo que rechaza o abraza. Los datos, los números, lo probatorio de los objetos siempre han sido para mí un obstáculo o una prueba por demás insuficiente de lo inatrapable. Es decir, descarto, me quedo al fin con lo que más me interesa: la búsqueda de la transparencia.

Hugo Toscadaray

Rozás el tema de que no poseés ni un ejemplar de algunos libros de tu autoría.

Soy un tipo sumamente descuidado en estas cuestiones. Hasta tal punto lo soy que, en efecto, ni siquiera he guardado para mi biblioteca un ejemplar de cada uno de mis libros (ni qué hablar de revistas y artículos en diarios). Como ejemplo de esto creo que es significativo que jamás guardé ni diplomas ni objetos ni premios que fui desperdigando en las manos de las personas que quiero. Es decir, que hay libros míos que yo no tengo, con excepción de ‘Tangopoemas’ y ‘Naufragario’, porque mis viejos conservaron un ejemplar de cada uno, y de ‘Fuego negro’ porque es el más cercano en el tiempo y mezquiné los últimos ejemplares.

¿Thelonious Monk, Ella Fitzgerald, Django Reinhardt, Nina Simone, Enrique “Mono” Villegas o Billie Holiday?

Al “Mono” Villegas tuve la suerte de escucharlo muchas veces en vivo y el mejor de esos recuerdos fue durante un ciclo que hizo Manolo Juárez con diferentes pianistas. Una noche compartieron el escenario, la música y los chistes dos tipos geniales, uno era el “Mono”, el otro, el “Cuchi” Leguizamón. Aquello fue de antología.

Con respecto a las cantantes tengo una particular debilidad por el estilo desgarrado de Billie Holiday y gran admiración por la capacidad de la Fitzgerald —como de Sarah Vaughan—, especialmente cuando encaran el scat. Pero mi cantante de jazz preferida es Carmen McRae porque al escucharla a ella sola, las escucho a todas. De Django Reinhardt puedo decir que la mixtura entre su enorme talento y su historia personal, es decir, las dificultades que limitaban su expresión, lo convirtieron en un músico indispensable, aunque —debo ser sincero— el hot jazz no es de mi preferencia.

Ahora, si de todos los admirados músicos e intérpretes que mencionás debo elegir a uno para hablar de jazz, sin pestañear elijo a Monk. Porque Monk define el espíritu de lo que en mí sucede frente a la magia de la improvisación y especialmente en el bebop, que es —dentro de mi canal emotivo— el jazz por excelencia. Estos locos que un día inventaron una música para que los blancos no se la robaran como había sucedido con el swing, entraron en mi adolescencia con una coctelera de fuego. Bird, Dizzy, Monk, Bud Powell, Mingus y algunos otros me señalaron los caminos de la rebelión del espíritu, como lo hicieron casi al mismo tiempo los poetas surrealistas. Gracias a esa etapa, entre los 14 y los 17 años, aprendí que en el espacio entre mi cabeza y mi corazón cabía todo lo que podía imaginar y también lo que aún no había imaginado. Al fin y al cabo fue Monk quien dijo «Hay luz porque siempre es de noche». Ahí está el poema.

¿Causas perdidas? Tuyas o no únicamente tuyas.

Quienes me conocen bien sostienen que yo mismo soy una causa perdida. Ahora, en serio, hoy no visualizo causas perdidas en lo personal. Quizá en lo colectivo, seguramente, y digo quizá porque en algún punto no las siento perdidas, sino en estado de permanente espera, en constante vigilia. Aquello a lo que algunos llaman utopía, eso que me sigue desvelando —hoy con menos energía en el cuerpo que ayer, pero con la misma convicción— y que continúa siendo para mí primordial. Es decir, la búsqueda del camino hacia un porvenir humano verdaderamente justo, equitativo, libre, solidario.

¿Acordarías con la poeta Patricia Díaz Bialet en que de las corrientes poéticas del siglo XX, las más interesantes son el creacionismo y el surrealismo?

Adhiero plenamente, claro. Son vanguardias, además, que estuvieron hermanadas en algún punto. De un lado, el creacionismo exponía la idea de una creación pura, producto de la invención y de alcanzar la belleza a través de la imagen. Del otro, el surrealismo proponía por medio del azar o la escritura automática, lo onírico y el humor, privilegiando el lugar del inconsciente como disparador y alejado de lo racional, también alcanzar la belleza a través de la imagen. Pero el surrealismo hizo un aporte fundamental, fue más allá. En el surrealismo lo más importante, lo más vanguardista, no fueron sus “técnicas” o aquello que Bretón convirtió en “escuela”, sino el hecho de quitar la divinidad del centro y en su lugar poner al hombre. El surrealismo encarna «una concepción total del hombre y del universo», como decía Enrique Molina. Y eso fue lo revolucionario.

El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia… ¿Cómo te resultan? ¿Cómo reordenarías con algún criterio, orientación o sentido?

El silencio, como lo sorprendente, son aspectos cardinales, la combinación de ambos me impulsa a la escritura y refuerza lo místico que hay en mí. Hasta diría que no me imagino sin ellos. El fervor es una característica importante en mi poesía del mismo modo que lo es en mi forma de ver el mundo y de transitarlo. No la oscuridad, pero sí la penumbra es una vieja y querida compañera por la que me siento abrigado siempre. La gravitación de los gestos, para alguien tan detallista como lo soy, tienen un componente principal a la hora de conectarme tanto con la escritura como con el entorno. El sentimiento de desolación y del que soy totalmente consciente porque la vida me ha enseñado a reconocerlo bien, me arrastra a la tristeza, motivo por el cual trato de apartarlo aunque inútilmente muchas veces. En cuanto a la intemperancia, la dejo para el final porque me reconozco (y se me reconoce en el ámbito de lo íntimo) como una persona intolerante y lo soy, pero sólo frente a las cosas que —según mi visión— atentan contra lo humano.  

¿Qué significa para vos —y elijo aquel cuyo título me entusiasma— tu libro ‘El nadador unánime’?

‘El nadador unánime’ es una serie de poemas breves, un recorrido por una parte sustancial de mi infancia y un homenaje a mis abuelos maternos. Mis abuelos vascos tenían un pequeño tambo en las afueras del pueblo y muy cerca del río en San Antonio de Areco, a 100 kilómetros de Buenos Aires. En las vacaciones de verano me quedaba con ellos, ya que mi padre atendía su negocio y mi madre y mi hermana regresaban con él a la capital. También las vacaciones de invierno y los fines de semana largo eran en Areco. Para un pibe urbano como yo, aquel era un mundo de fantasía. Esos altos montes, la vastedad de la llanura, los pájaros, los insectos (que me siguen maravillando), los animales de granja y los otros, ese río (en el que aprendí a nadar) y su paisaje… En fin, todo un concierto de asombros. Y ese mundo diferente que me rodeaba presidido por mis abuelos, mis dos más grandes y amados fantasmas.  

Antes de pasar a lo central de tu pregunta quisiera detenerme en otro asunto: No puedo hablar por todos, claro, sólo hablo de mí y de lo que a mí me pasa. La poesía siempre responde en primera instancia a una lógica de las emociones. Entre los pasos inevitables que me llevan finalmente al poema, es decir, la contemplación, la revelación y la aproximación, pasos en donde siempre está presente lo inasible de la belleza, es el niño que vive en mí —el niño como representación de lo instintivo o su rostro más salvaje— quien late, intuye y me empuja a la escritura. Luego el adulto es quien corrige, porque es el adulto el que sabe, el que razona, el que intelectualiza. Pero al poema lo hace el niño, siempre, porque es el niño, aún frente a las cosas más triviales de lo cotidiano, quien avista, se conmociona y traduce a través de la palabra hecha imagen.

Volviendo a ‘El nadador unánime’, en un momento que no puedo precisar surgieron estos textos que conformaron el poemario. Fue una irrupción vertiginosa, como suele sucederme, escrito en unas pocas semanas en un estado de inquietud ensoñada que generalmente saca de sus casillas a mi entorno. Y también como suele sucederme, así como la escritura nace intempestivamente, la corrección fue de una lentitud embalsamante. En mi poesía la presencia de la naturaleza es una constante, un elemento permanente en mi discurso poético, pero no lo transcendental. En este poemario sí lo es y para responder en concreto a tu pregunta diría que ‘El nadador unánime’ es para mí el intento de atrapar la felicidad de aquel mundo perdido. Aunque si lo pienso bien, esa persecución está en toda mi poesía porque, al fin y al cabo, como diría —y lo sigo citando— Enrique Molina, la poesía es «el demonio de la insatisfacción permanente».

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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