«’Hijos del sur’ es un Frankenstein andaluz creado para emocionar»

Javier López Menacho (Jerez de la Frontera, 1982) es escritor, periodista y editor y trabaja en el ámbito del social media. Hace años que vive en Barcelona, ciudad que considera su hogar, y es el orgulloso padre de dos libros: ‘Yo, precario’ (Los Libros del Lince, 2013) y el recién nacido ‘Hijos del sur’ (Tierra de Nadie Editores, 2016). Si el primero era una novela de tintes autobiográficos que nos hizo reír y sufrir con las calamidades que atravesaba un protagonista en apuros económicos en la España de la crisis más aguda, el segundo —más amable, menos amargo— es una compilación de pequeños textos cuyos protagonistas tienen un gran rasgo común: son andaluces reconvertidos en iconos de una identidad regional, desde Antonio Machado hasta María Zambrano sin olvidarnos de Lorca o Cernuda. Pero no sólo literatos…

… Hay mucha música en este libro; de hecho, parece que es la excusa para convocar a las demás artes: Paco de Lucía, Sabina, Carlos Chaouen, Jota de Los Planetas, Camarón, el Cabrero… ¿Se corresponden esas figuras con tus gustos musicales?

Sí, se corresponden. Soy una persona muy ecléctica, escucho muchos artistas clásicos de los 70 y los 80, pero puedo cambiar de registro con facilidad. Mi acercamiento al flamenco es muy tardío, así que lo he tomado como una pasión adulta y la verdad es que me gusta haber llegado al flamenco con esta edad. Se vive con una fascinación mayor. Y tienes razón, es un libro eminentemente musical. Incluso algunos otros autores, como Lorca, los convoco desde su vertiente musical (en este caso, a través de la versión que Enrique Morente hizo para el disco ‘Omega’, que por cierto acaba de cumplir 20 años).

¿En qué criterio te has basado para hacer esta selección, y por qué 21 nombres?

Mi criterio es tener poco criterio. Intentaba combinar referentes que me han marcado como persona. Todo surgió de un ramalazo de nostalgia antes de partir de nuevo de Jerez a Barcelona. Cuando, con veintipocos, me fui de la ciudad donde nací lo hacía con mucha ilusión y poco apego a la tierra. Diez años después sentía que cada vez que partía, me dejaba una parte de mí. Así que me dio por leer, escuchar y sentir nuestra tierra. Y comencé a escribir microrrelatos, que son los que componen el libro.

Sería imperdonable que no te preguntara esto…  de entre 21 “hijos del sur”, tan sólo hay tres “hijas”: la primera poeta andaluza, Wallada; la filósofa María Zambrano y la cantaora La Paquera. ¿Por qué? ¿Estamos quizá demasiado acostumbrados a la invisibilización de las artistas?

Buena y pertinente pregunta. Lo primero sería decir que iba haciendo el libro según mis influencias vitales y que responde a un antojo creativo. El desfase, para mi rubor, salió de forma natural. Sencillamente, escribía sobre los artistas que me gustaban. Al finalizar el proyecto, caí en la cuenta de que apenas había mujeres. Es algo de lo que ya he hablado en alguna ocasión, tiene que ver con la visibilidad de la mujer en la cultura andaluza. Si bien han soportado gran peso de la tradición oral y el arte callejero, en lo institucional ser mujer significa tener menos visibilidad, ahora y siempre. Un ejemplo, el Día de Andalucía compartí en las redes esta imagen.  Y pasaba exactamente lo mismo. De ahí surgió #Escritorasandaluzas, un hashtag maravilloso que capitaneó Elena Medel y que contribuyó a la visibilización y sirvió, de alguna manera, de contrapoder. En definitiva, tenemos una deuda histórica con la visibilización del arte femenino. Porque no es que no lo haya, todo lo contrario. El problema es que no le damos la misma visibilidad. Y eso que nos perdemos.

Javier López Menacho, 'Hijos del sur'

Hay personajes rotos en ‘Hijos del sur’, como el padre coraje al que cantó Javier Ruibal, o el Torta, al que llamas el Bukowski de Jerez.

La cultura andaluza y el flamenco están íntimamente relacionados con el dolor. Lo de la alegría es vox populi entre los que visitan el sur, pero el dolor está ahí, incluso en las bulerías el Torta cantaba «solo, siempre muy solo,  debo de ser un solitario, entre quebrantos y penas, entre sueños y desengaños»… Nuestro pueblo ha sido tradicionalmente emigrante y subordinado a poderes más allá de su control, así que en ocasiones se ha fundido con el desarraigo y la impotencia. El caso del Padre Coraje es espeluznante. Ojalá esos padres que han luchado tanto encuentren la justicia y la paz que merecen.    

Un rasgo clave del libro es su heterogeneidad formal. Podemos encontrar pequeñas epístolas líricas, textos brevísimos e incluso te atreves con algún poema. ¿Fue difícil hallar un hilo conductor diferenciable entre todos los pasajes?

Para el hilo conductor, siempre lo digo, están las magníficas ilustraciones de Ascensión Andreo. Buscaba que uniera un conjunto muy heterogéneo, en el que me he permitido todas y cada una de las licencias que he querido. Si me apetecía imaginar una conversación post mortem de Carlos Casagemás con Picasso, lo escribía. Si me basaba en el ‘Pequeño vals vienés’ para llevarlo al relato, lo hacía, y si era una carta del pueblo andaluz a Blas Infante, también. La consigna era clara, disfrutar del proceso creativo y crear un Frankenstein andaluz cuyo único propósito fuera emocionar. Que no es poco.

¿Cómo llegó Ascensión Andreo a participar en el proyecto con sus ilustraciones, y cómo acabó editándolo Tierra de Nadie?

Conocía desde hace muchos años a Ascen y siempre hemos mantenido el contacto, y fue echarle morro y pedirle que hiciera nada menos que 21 ilustraciones. Esto es delicado porque a los profesionales de la ilustración y el diseño por lo general no les sobra el tiempo. El caso es que los fue haciendo a un ritmo notable y el libro estuvo listo en medio año más o menos. Yo tardé aproximadamente un año en escribirlo, así que si sumas, los procesos de creación de proyectos literarios se hacen muy largos. A la editorial le llegó el proyecto por parte de mi hermano, Alejandro López, que contactó con Saulo Ruiz, nuestro editor. Meses después tuve el placer de conocerlo y todo fue muy rodado. Particularmente me ilusiona que el proyecto haya encontrado una editorial andaluza, y que sea de mi ciudad.

Hay pasajes memorables, pero puede que el que más pega sea el dedicado a Blas Infante, por la (auto)crítica y porque parece que nada ha cambiado en un siglo. ¿Qué necesitan los andaluces para dejar de ser «los hijos del agobio, el capricho del turista, polizones de un naufragio eterno»? ¿Los seguimos contemplando en base a algún estereotipo?

Me alegra que me digas eso, pues es el texto que más me costó escribir y el que más me gusta. Tiene que ver con nuestras reivindicaciones históricas. La mayoría de luchas que teníamos en los años de Blas Infante siguen vigentes. Estamos en la cola en casi todos los indicadores socioeconómicos del país desde hace 30 años, somos la región con más paro de España, con un tejido productivo deficiente y muchas dificultades entre las familias más humildes, que en muchas, demasiadas ocasiones, viven como pueden. Y considero poco aprovechado nuestro potencial, que tiene que ver con la capacidad de crear comunidad, con el arte y el patrimonio histórico. Ese enquistamiento histórico, donde convivimos con nuestros fantasmas mientras se apropian de muchas de nuestras señas identitarias, me quema por dentro. Y de ahí nace el texto.   

En La Réplica los editores no os olvidáis de Jerez, tu ciudad natal que es actualmente una de las más castigadas por la crisis. ¿Te reconoces nostálgico?

Si, La Réplica es indisimuladamente un instrumento crítico con nuestra realidad y tiene una personalidad muy definida. Hace un par de años hubo dos artículos especialmente demoledores con Jerez, uno en The Times y otro en El País, y el tono era brutal por la realidad que dibujaba. Probablemente en el aspecto económico tenía razón. Se pasaba cierto pudor leyéndolo. Pero parecía entonces que no quedaba esperanza y que la población se había quedado no sólo hundida en la miseria, sino también en la desidia. Y no es así, hay mucha gente luchando por crear una sociedad más justa. Esa gente tiene su tribuna en La Réplica. Volver a Jerez, a día de hoy, es reencontrarme con los amigos y la familia que tanto echo de menos. Ellos son Jerez para mí. También hay un cambio en el ambiente que se percibe con sólo coger el avión. La gente vive de otra manera. Y eso, inmiscuido normalmente en el ruido de una gran ciudad como Barcelona, es una bendición que no tiene precio.   

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