«Uno de los compromisos de un escritor pasa por mantener vivo su idioma»

Simon Esain principal

Simón Esain —pronúnciese esáin— nació el 30 de agosto de 1945 en Maipú, provincia de Buenos Aires, República Argentina, y reside desde 1970 en otra ciudad de la misma provincia, Chascomús. Ha publicado la trilogía de ‘El Año Inútil’: ‘Indignación de noviembre’, ‘Mayo de 1989 o el humo’ y ‘Musa interventora’, así como , ‘El momento de ahogarse’, ‘BP Tangos’. En 2008, por el sello Editores Urbanos, se publica la crónica de viaje ‘El llamado del árbol’, que redacta a partir de manuscritos de su hermano Rubén, bajo cuyo nombre se editó. Permanecen sin socializar numerosos volúmenes de poesía y prosa breve.

Sé que has nacido en una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, donde tu padre atendía un almacén, despacho de bebidas y cancha de bochas. Y que siendo vos un pibito tu familia se trasladó al campo y te convertiste en pastor de ovejas y criador de vacunos, patos, ñandúes y zorrinos. ¿Cómo te recordás hoy en ese paisaje y cómo a tus padres y a tus hermanos? ¿Con qué libros, con qué autores te iniciaste como lector?

El paisaje pampeano no se recuerda: se lleva puesto. Es una línea que divide el suelo del cielo. Nada notable: silencio, soledad, rumores del aire en los pastos. Voces de aves, balidos, mugidos lejanos o cercanos. Más bien árboles, sol, nubes, gente sola. Pero de eso hay en todas partes. Lo que de él se extraña es no ver el horizonte a toda hora, como si hubiésemos perdido el reloj. No me veo allí y eso me alivia; me siento allí. Es duro decirlo: el campo embrutece; lo vemos hermoso desde la ciudad.

Comprender la condición de mi padre me ha llevado la vida entera. Huérfano del suyo a los cinco años, se enteró de que no vivía en el País Vasco cuando empezó a ir a la escuela y tuvo que aprender castellano. A sus siete años comenzó a trabajar en la huerta de la madre, único medio de subsistencia familiar de la reciente viuda, oriunda de  Gipuzkoa. Luego, en un luego que debió ser largo largo, a sus 12, aprendiz de armero, le valió no morirse de hambre y asistir al prostíbulo. Con parientes carnales en el comercio local, no bien estuvo más alto que un mostrador, devino a empleado de comercio. Proletario en vías de inclusión, socialista cristiano ayudando a algún cura a ayudar, cultivó el odio secular del buen navarro a los españoles que habían sometido el viejo reino. Algo intangible lo destacaba: su afición a la lectura. Lo visible: su afición a las mujeres, al juego por plata, al alcohol, los mostradores enchapados, las madrugadas, los amigos de esos alrededores. Lo apreciable en cualquier caso: su modestia, su honestidad, su lealtad.

Y debo apuntar porque viene al caso, la condición de mi madre, nieta de terrateniente castellano, hija de estanciero conservador, apenas menos iletrada que él, igual de terca, igual de rencorosa y tascadora, tan apegada al mito de su linaje como él al meritorio sobreponerse a ese menoscabo. Es decir, lo menos peor de la provincia bonaerense.

Cuando nací, una perra de un vecino había parido. Fue mi padre y se trajo un cachorro para mi regalo. Crecí custodiado por un ovejero alemán, el ‘Chicho’: nadie me acariciaría sin su consentimiento, él se comería mi caca y me limpiaría el culo de dos lengüetazos; me ampararía de los automóviles que pasaban levantando polvareda; me ayudaría a caminar prestandomé su lomo. Luego de mi madre, no conocería a nadie más leal.

A los siete años, unos almaceneros supieron de mi afición a la lectura, me pusieron en las manos un libro grande, de tapas duras, y me pidieron que leyera alto. Lo hice fluidamente y se maravillaron hasta hacer carraspear de orgullo a mi padre. Fue mi primer libro: ‘Los robinsones suizos’, de Johann David Wyss. Dos años tardé en leerlo. A mi hermano menor, rubio como un alemán, todavía le decimos el apodo surgido de entre aquellos personajes.

Un día, a mis nueve años, cosciente de que me había enamorado por vez primera, pero apenas de eso, comencé a desenrollar versos a rasgos rojos y doble espacio en uno de mis cuadernos; ella tenía quince, nada menos, y era rubia y cuando dormía soñaba y conversaba en voz alta. Recuerdo que le hablé al reloj y a otras cuestiones, casi un Gelman, porque no debía nombrarla ni aludirla. Mi timidez crecía por el modo alucinante.

Leía y releía cuanto caía en mis manos. Empecé por Julio Verne, Emilio Salgari y Harold Foster. Meché con ‘La hora veinticinco’, ‘La revolución húngara’, ‘Nuestro enigmático planeta’, ‘El último mohicano’, ‘El Decamerón’, Alejandro Dumas, Victor Hugo, Shakespeare, o donde la fuerza aérea norteamericana criticaba el papel que le habían asignado en la gran contienda, el diario de un piloto alemán, cuanto hablara de griegos, judíos, indios, Alfonsina Storni, Cervantes, Fray Mocho, Esteban Echeverría, Curzio Malaparte, Mika Waltari, Dostoievski, Domingo Faustino Sarmiento, León Tolstoi, Twain, Moody, Buck, León Uris, Lin Yutang. Todavía no llegaban Borges, Walt Whitman, Cortázar y reseñas de los poetas considerados nuevos, como Mario Trejo, Juan Gelman, Francisco Urondo, Eduardo Romano. Y vuelta a Carson McCullers, Dalmiro Sáenz, Camus, Henri Miller, Hesse, Hemingway, Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, Gómez de la Serna, Vila, José Donoso, Cesare Pavese, Haroldo Conti, Marcuse, Salinger, Engels, Nietzsche, Antonio Di Benedetto, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Roberto Juarroz, Pizarnik, Nazim Hikmet, Eugenio Montale, Giorgio Bassani, Juan Rulfo, Foucault… Me gustaba leer de historia y de filosofía. Mis lugares preferidos en Maipú eran un quiosco y la librería. Hice la colimba en una escuela para cadetes y oficiales, donde tuve a mi merced toda una biblioteca. Era un ratón de biblioteca. Ahora apenas leo un libro por mes; de a poco y sentado en el inodoro.

Simon Esain libro

¿En qué época comenzaste a publicar en diarios y revistas? ¿Estabas inserto siendo joven en algún círculo de escritores o taller o asociación? ¿En aquellos 60s de la Argentina, militabas en algún partido político o te formabas ideológicamente?

Me hace sonreír tu pregunta, querido Rolo, y a su modo es indudable que comencé a publicar. Pero tan ridícula su vista comparada a lo que tengo inédito, que me tienta una carcajada triste. En un ocasional suplemento literario que sacaba El Día, de La Plata, en 1970 me publicaron el cuento que le había prometido escribir a un tío con uno de sus sueños que contó. Siendo muy joven y no tanto, mi afición a la literatura y la poesía fue cruz no más, en mi relieve. Entre Whitman, Borges y Herbert Marcuse me pusieron a escribir algo que apuntaba en alguna dirección. Pasados los 40, fui a un taller literario por primera vez. Lo coordinaba Pablo Ingberg. Quizá un tiempo antes, haya salido de una reunión entre iguales aficionados, aquí en Chascomús.

Por cierto, los 60 y 70 fueron años de formación turbia y lenta, de algunas charlas con jóvenes o mayores. No milité ni me integré a grupos clandestinos, porque en su momento decidí que no me daban las convicciones y la imprudencia. Acabé radicándome definitivamente en Chascomús, adoptando un oficio silencioso, casándome. La literatura era una afición, un hobby recóndito. No tenía idea de qué era hacer literatura. Me costó décadas poder escribir prosa, un relato, un cuento. Me ayudó decidirme el escribir lo que veía en mis sueños antes que preferir alguna ocurrencia.

Entiendo que fui aparecido en esas revistas en las que nos publicábamos los unos a los otros, como ahora lo hacen sin retaceo en los medios internéticos. Sería cálido que me pusiera a revolver papelerío para hacer una lista, pero mejor será que te lo quede debiendo. Siempre hay que deberles algo a los amigos, es parte fundamental del vínculo. Debo mucho agradecimiento, y me emociona cada vez que lo pienso. Una de esas personas a las que debo mucho de lo emocionante sos vos, Rolo. Me han dicho tanto tus silencios…

Mientras conveníamos este método de diálogo me enviaste un texto redactado por vos en tercera persona, sarcástico-biográfico, del que yo he capturado el detalle curricular. Transcribo un fragmento: «Por romper las pelotas, adopta progresivamente la acentuación conjugacional en los enclíticos finales, como un tiempo antes lo hiciera José Hernández y hasta el mismísimo Mempo Giardinelli. Esto le impidió ganar numerosísimos concursos literarios en los que, por lo general, no participa. Pero dice que procura la consolidación de un idioma netamente argentino». ¿Qué otras apreciaciones respecto de tu escritura nos podrías brindar?

Permitime incursionar en el amplio terreno de las decepciones a mi cargo, ya que mis respuestas al respecto no saldrán de ese solar. Pasó que observé, no recuerdo a partir de qué antecedente, el modo en que pronunciamos los enclíticos finales, supongo que en razón de ensayar diálogos coloquiales en mis intentos por alcanzar la prosa narrativa. Una frase como «se quedó mirandolá»… permanece enquistada en mi memoria y ha obtenido carácter paradigmático, indesvirtuable. Puse y pongo atención cuando escucho hablar a mis vecinos, a los funcionarios políticos, y al cabo transformé en norma esa acentuación, que es real. Sobre todo porque mostramos poner el peso fonético en la partícula que señala a la persona. Me llama mucho la atención esa singularidad: el acento sobre el lá, el ló, el mé, el lés… También advertir que, al menos hace un tiempo, Giardinelli usaba ese modo en uno de sus cuentos. Más luego paré mientes en que Hernández había cometido la trampita de utilizar ambas acentuaciones, la castiza y la nuestra. Y, bueno, tengo una excusa para consolarme: me descalifican a priori por escribir incorrectamente. Siguiendo esa línea, a veces el diálogo coloquial me tienta a imitar otras innovaciones que ya no lo son mucho: yuvia, eya, yegar, güeno. Escribí un cuento —’De regreso al zoológico’— donde a título de muestra gratis, abundé en la transcripción de estos modismos. ¿Porqué en ese cuento? Porque converso con una víbora y sucede en el futuro. Es como una manera de trasladar, de extrañar de entrada nomás, al lector. Me gusta, pero no lo he repetido. El castellano es un prodigio lingüístico y tienta. Las lenguas criollas, las añadiduras indígenas, los modismos campiranos, todo tienta. Y tiene que dejar de ser tentación para ser asumido como identitario. Después de todo, allá en España se enfrentan a algo bastante similar. Creo que uno de los compromisos de un escritor pasa por mantener vivo su idioma, y muy sujeto a su tiempo y a sus personajes. Uno también es un personaje. Por su lado, la globalización pretende homogeneizar y neutralizar lenguajes. Creo que, como siempre ha sucedido, vamos a seguir creando y manejandonós con dos maneras lingüísticas, la espontánea y la intencional; la del poder y la insurreccional. Recuerdo que al idioma inglés lo hablaban los siervos, que la aristocracia normanda hablaba en francés, y lo mismo sucedía en Rusia: el ruso lo hablaban los mujiks.  

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