«Aldous Huxley ganó a George Orwell»

Genoveva Arcaute nació el 14 de abril de 1953 en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, donde reside, la Argentina. Es profesora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó las novelas ‘Mandorla’ y ‘Biblopista. Tres casos de Doris Milano’, así como los poemarios ‘Todas somos Frida’ y ‘Diario de inminencia’.

Empecemos por el punto de partida…

Es la infancia, claro. Y curiosamente yuxtapondríamos el final, el presente, el hoy de mi escritura. Es que estoy escribiendo mi infancia. Y no por otra razón que ésta: mi hermano mayor —dos años mayor— está pasando un trance de salud bastante difícil. Su memoria, su lucidez se han vuelto frágiles. Lo ha alcanzado la ola de pavor que nos acecha, llegada cierta edad. Y todo lo que lo traslade al pasado es tierra firme para hacer pie. Y todo lo que eche luz sobre sí mismo lo ayudará. Efectuar este acompañamiento inútil no sé cuánto de eficaz será para él. Sí para mí: la escritura sana, restaña, y este viaje hacia nuestro pasado me resulta salvífico, como el trayecto a un territorio sagrado, donde cada paso deja una cicatriz de alegría. Ese libro se escribe solo, no recurro a la imaginación o a la fantasía. Lo llamo ‘Sino una infancia’, citando a Saint-John Perse. ¿Qué hay allí sino una infancia? Por eso es un libro para un solo lector, o para un solo oyente si es el caso de que alguien se lo lea. Las primeras entregas lograron eco: subrayados, correcciones, lágrimas. Me dicen que es terapéutico. Empecé por un índice. Iré desgranando cada ítem, porque son también los míos.

En la infancia vivíamos en un departamento de tres ambientes, bien en el centro: Plaza Italia, Ciudad de La Plata. Allí había ido a residir mi padre, que era profesor de francés y había hecho la escuela en Burdeos, aunque era de familia vasca. Unos años de Medicina y después a Humanidades. Su pronunciación, su vocabulario, su dominio del idioma, le valieron cátedras y la dirección del Instituto de Lenguas Vivas, con el primer peronismo. Allí conoció a mi madre, alumna bilingüe, hija de franceses, que había pasado por Ingeniería y había terminado pasándose a un estudio más llevadero. El profesor y la alumna, es la historia de amor que me precedió.

Genoveva Arcaute

En ese departamento había libros: ficción, historia, policiales y novelitas del Oeste. Ecléctico, seguro, el gusto lector. Para entender lo que secreteaban fui a la Alianza Francesa. Hice todos los cursos. A mis 15 murió mi padre y rechacé la beca que me ofrecían para seguir en esa escuela. Me fui a un bachillerato en Letras, Normal 1, recién estrenado en mi ciudad. Es que desde muy chica escribía cuentos con los personajes de las historietas mexicanas que leíamos. Y, por supuesto, el estímulo de toda mi generación: los clásicos volúmenes amarillos de la Colección Robin Hood. Teniendo un hermano varón salí beneficiada con las aventuras y él con los sentimientos. La cosa estaba muy diferenciada por entonces.

Egresaste del bachillerato en Letras.

Y pasé a la facultad. Los tiempos se ponían oscuros, los adultos nos asustaban con la política, pero todos entramos en el juego. El que no era militante era despreciable, y advertimos cómo los padres venían a La Plata a llevarse de vuelta a sus hijos, a sacarlos del peligro inminente. Pero yo vivía a dos cuadras de la facultad y vi venir la tragedia, aunque los detalles se supieron años después. El asunto es que el 76 me encontró recién casada con el escritor y periodista Jorge Goyeneche, a tres materias del título, sin trabajo y sin poder pagar el alquiler. Terminamos en una casa prestada, con un bebé y otro en camino, dando la última materia frente a Juan Carlos Ghiano, reemplazante de los profesores fugados o desaparecidos por la dictadura, con Pedro Luis Barcia en calidad de ayudante y sin que nos pasearan enchastrados en medio de bocinazos y alegría por toda la ciudad. Fuimos a buscar a nuestro bebé y luego a casa en medio de una atmósfera opresiva y silenciosa.

«Los tiempos se ponían oscuros, los adultos nos asustaban con la política, pero todos entramos en el juego. El que no era militante era despreciable, y advertimos cómo los padres venían a La Plata a llevarse de vuelta a sus hijos, a sacarlos del peligro inminente».

Entonces fue la docencia, para sobrevivir, y la revista Humor Registrado para respirar. Unas pocas horas en colegios secundarios, sin antigüedad, y la familia que crecía, como está contado en ‘Mandorla’. En el encierro, como refugiados; en eso se fueron aquellos años. Y las notas publicadas, que nos daban diploma de periodistas, de escritores, el maravilloso ida y vuelta con los lectores, y la gente de la redacción, generosa y paciente. Escribíamos en casa y llevábamos la nota a Buenos Aires, si había que corregir, vuelta a La Plata y otro viaje a tu ciudad para entregarla. Pagaban bien, un artículo quincenal equivalía a cuatro horas mensuales, un curso, en secundaria. Por entonces empecé los borradores de mi primera novela, que me llevó, en suma, 15 años. Borré mucho, quedó un librito informe, denso, pero fiel a la imagen que llevaba dentro de mí misma entonces. No puedo consignar otra cosa de mi transcurrir literario: ni reuniones, ni ateneos ni lecturas, ni presentaciones. La democracia nos encontró con 30 años, cuatro hijos, trabajo docente a destajo. Humor Registrado murió de menemismo. Nada la reemplazó, a no ser cierto espíritu satírico en Página 12 y algún magazine televisivo. Instaló un tono para mirar la realidad, pulverizó para siempre la solemnidad militar. Ella hizo de mí una humorista.

¿Una humorista?

¿Cómo tomarse en serio después? ¿Qué era de la vida literaria en mi ciudad? Arrasaban los talleres literarios. Que me perdonen, pero no creo en eso. Soy precámbrica. Los he dado, coordinado o dictado, pero siempre fracasé. Perdón. Creo que el único taller, la única escuela de literatura es la lectura, la lectura, y después, la lectura. Nunca te recibirás, es lo bueno. Nadie puede hacer que escribas. Debe ser una necesidad. Leí no hace mucho a las posfeministas, me deslumbré. Leí la bellísima novela ‘Ada’, de Vladimir Nabokov; leí ‘La broma infinita’, de David Foster Wallace, tremenda; leí una breve historia de la irlandesa Claire Keegan y sigo sorprendiéndome. Leer te rejuvenece.

«Creo que el único taller, la única escuela de literatura es la lectura, la lectura, y después, la lectura. Nunca te recibirás, es lo bueno. Nadie puede hacer que escribas. Debe ser una necesidad».

La docencia es un arte, la comunicación con los jóvenes, el debate, la confrontación con los grandes textos, con los jarabes fuertes, el filo de la navaja que es la institución es tan tonificante para ellos como para el maestro. Pero es un trabajo de mierda. Dar 30 ó 40 horas —yo no llegué a esos extremos— para redondear un salario es degradante. Te quema, te destruye. Los versos escritos en la libreta durante un parcial, las notas o ideas en los borradores de clase quedan como deudas con vos mismo. Con el escritor que debés ser.

¿Y qué escritora has sido?

Genoveva Arcaute

Publiqué ‘Mandorla’ en 2007 para romper el fuego; nunca creí en la edición solventada por el autor, pero me resigno. Todos escriben, todos publican, las grandes editoriales españolas devoran… Hay que reinventarse. La poesía me llegó como tormenta en esos años. ‘Todas somos Frida’ estaba para corregir y ya había textos para otro libro, en otra frecuencia, pero también estaba a la vista la jubilación, el retiro. Recién entonces me asomé a la vida social-literaria. Los jueves de lectura con Alicia Genovese y después con Fernando Molle en la Biblioteca Carriego, la clínica con Liliana Lukin en la Biblioteca Nacional me pusieron en contacto con otros seres que, básicamente, estaban en lo mismo. Y tan diferentes, únicos cada uno, con su lenguaje cifrado a cuestas, puliendo y oyendo. Mientras, una platita nos daba pie al sueño antiguo de fundar una pequeña editorial autosuficiente, donde el autor no cobra ni paga. La venta de 100 ó 200 ejemplares financia al siguiente y así. Ocho títulos, narrativa breve, entre los que estuvo ‘Biblopista’, mi novela policial-paródica-fantástica. Que se había ido difundiendo como folletín en la revista Oliverio. El hilo se cortó cuando publicamos una buena historia de escritor joven, uruguayo, que no se vendió. Pero siempre se puede retomar, creo.

Mi obra se completa con ‘Diario de inminencia’, que conecta con la primera novela en lo temático. Una autocrítica tierna de los años de juventud.

Y ahora, ¿en qué estás?

En la revisión de un volumen de cuentos donde me reconozco un poco más mainstream y dos novelas: una, breve, sobre la belleza y la mirada, y otra sobre el mundillo de los que escriben y sus miserias. Y ese otro texto que mencioné al principio, para mi hermano. Los poemas, siempre. Dice Julia Kristeva que uno es feliz cuando está enamorado, cuando está en análisis y cuando escribe. 

Genoveva Arcaute

Al menos uno de tus hijos, Jo Goyeneche, me entera Internet, se halla en plena vinculación con el mundo artístico: es poeta y músico de rock.

Jo es José Ignacio, el tercero de mis hijos, el músico. Estudió en Bellas Artes, en La Plata, se especializó en violonchelo y durante sus estudios armó varias bandas. Es el cantante y autor de Valentín y los Volcanes. Se inscriben en la larga lista de bandas platenses, una tradición que tiene que ver con el rock y el jipismo, el rock comprometido o con contenido, y más cerca, el pop. Indie pop es su línea, creo. Por mi parte le agradezco mencionar siempre, en cada entrevista (y las hay por todo lo alto) el medio en que creció, los libros, el rock nacional que sonaba en casa, las guitarras, Silvio Rodríguez, la discusión permanente del hecho artístico en todas sus variantes. Sus letras son maravillosas, pequeñas joyas hechas canción.

También Martín, el mayor, es escritor: cuentos, poemas y novela. Luis podría escribir cuando lo quisiera, vaya a saber si no lo hace. Por suerte el menor, Tomás, tiene toda la habilidad manual que hace falta para sobrevivir. Y todos cocinan bien.

Leerse entre los miembros de una familia es una aventura fuerte. Sobre todo si cumplen con la premisa de Kafka, sobre el mar helado que llevamos dentro y cómo la literatura debe ser un hachazo que lo quiebre.

¿Qué opinás respecto de que les hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura a la periodista Svetlana Alexiévich, en 2015, y al cantautor Bob Dylan (en 2016)?

Ambos tienen en común una especie de corrimiento con respecto a lo que es literatura libresca, en rigor. Digo que ella es cronista, periodista de origen y su obra consiste en una polifonía de testimonios de hechos enormes para un pueblo: guerras o catástrofes como Chernóbil. No la he leído, no hay mucho traducido y tampoco entra en mi foco de predilecciones. Estoy más a gusto con la ficción, la invención; el trabajo con el lenguaje me parece más cercano a la poiesis que la crónica al pie de los hechos. Está claro que cuando algo muy grave le ocurre a una generación en un lugar dado, lo más urgente será comunicar, fiel y vívidamente lo que pasó. Después llegará, como sublimación, otro estatus.

Como ejemplo menciono a ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo, una obra maestra de síntesis, de expresión, de densidad de contenido, y que encierra el pasado de México como en una cifra. En la otra punta, ‘El diario de Anna Frank’ es un pedazo de vida, sin retoques, sin pretensiones, y resulta ser lo más representativo de un drama tremendo escrito jamás. Otra premiada reciente, Herta Müller, está más cerca de ese ideal que señalo. Ella reconoce influencias del realismo mágico, sus personajes son su creación y la poesía tiñe —pienso en ‘La bestia del corazón’— las páginas de la novela al mismo tiempo que retrata una dictadura y lo que ocurre con un grupo de estudiantes.

Por su parte, Dylan, es un cantautor, su espectro es masivo, sus letras sencillas, lo que no impide un lirismo y una eficacia considerables. Si aquella es la cronista, éste es el juglar o trovador, dos formatos de la oralidad primitiva. ¿Será casual? O, como lo vio Umberto Eco, ¿son consecuencias de un revival del Medievo, de una nueva oralidad? Tal vez, leemos historias que pasaron ahorita nomás, a gente como nosotros, lejos, muy lejos, pero esas distancias se anulan en la actualidad, y vamos a las grandes plazas urbanas para escuchar, muy bien gracias a los tremendos equipos amplificadores, a los trovadores que cantan lo eterno.

«Entonces apareció Joan Manuel Serrat con Antonio Machado, Miguel Hernández y Rafael Alberti. La canción latinoamericana se reinventó con la poesía de Silvio Rodríguez y sí, me habré perdido mucho de la música, pero, sin duda, entender qué se canta —la ausencia, la rebeldía, el alcohol— también importa».

No fui gran fan de Bob. En mi adolescencia, en los 70a, la música en inglés nos parecía alienante y opresora. Sí Los Beatles, pero no me satisfacía no saber qué estaban diciendo. Me acuerdo haberle prestado un disco a una tía, profe de inglés para que me tradujera las letras. Consideré que eran muy básicas y justo entonces apareció Joan Manuel Serrat con Antonio Machado, Miguel Hernández y Rafael Alberti. La canción latinoamericana se reinventó con la poesía de Silvio Rodríguez y sí, me habré perdido mucho de la música, pero, sin duda, entender qué se canta —la ausencia, la rebeldía, el alcohol—, también importa.

Rodolfo Walsh explicó: «Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda». ¿Has evolucionado lenta o muy lentamente en algún aspecto?

Ambos —y todos los ismos— son meros. Hemos evolucionado a las patadas pero no sé si a la izquierda. Tampoco ciertamente a la derecha. Una se ha revelado incapaz de armar una sociedad justa que perdure, avance y se adapte a los tiempos. La otra ha demostrado ser la única ley en occidente. Los líderes del pueblo apenas tienen una punta del lienzo del poder se transforman en potentados que viven a cuerpo de rey. ¿No era que el capitalismo…? Se ponen a consumir como desaforados y acumulan riqueza para tres generaciones. La hipocresía y la mentira se escondieron detrás de las ideologías. Como se sabe, Aldous Huxley le ganó a George Orwell. El capitalismo es cruel y opresivo también, pero ¡voluntario!

Creo que hay dos o tres principios (que podrían ser los del cristianismo original: amar al prójimo, despojarse de lo superfluo, no matar) que suenan a utopía descabellada tal como están las cosas. ¿Qué tal un poder diluido al máximo posible y una burocracia implacable y anónima que distribuyera de tal forma que la brecha entre ricos y pobres se achicara hasta borrarse o poco menos, y fuera sólo una brecha de responsabilidades?

Genoveva Arcaute

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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