«Escribir es otra forma de conocerse, de explorarse sin filtros»

Alejandro F. Orradre

Dentro de unos meses se cumplirán cinco años desde que pusimos en marcha esta revista que, muchas veces, ha servido como refugio en el que resguardarnos de la fealdad que hay por ahí fuera. En mi caso, sobre todo, ha sido enriquecedor por la cantidad de personas honestas y con talento que he conocido y que he introducido en mi burbuja particular. Una de ellas, claro, es Alejandro F. Orradre, escritor incansable que acaba de publicar ‘El apetito del golem‘. En ella la vida de Álvaro sirve para poner sobre el papel las transformaciones —algunas profundas— que sufrimos a lo largo de nuestras vidas, cómo es inevitable seguir anclados de alguna manera en el pasado y cómo el futuro sólo puede ser incierto.

Es la segunda vez que te hago una entrevista. La primera fue allá por 2015 a propósito de ‘La vida leída’. Entonces me dijiste algo que se ha quedado conmigo: «Cuando alguien se asoma a lo que escribe se asoma a una parte importante de su persona, quizá la más esencial, la que le define como ser humano». ¿Se cumple esta premisa en ‘El apetito del Golem’?

Al menos en mi caso se cumple a rajatabla. Escribir es otra forma de conocerse, de explorarse desde nuestra propia perspectiva sin filtros. No existe esa otra persona que te define, ni intenta descifrarte; eres tú mismo quien lo hace, y no hay nadie que te conozca mejor. Hablas con tu sombra, la que permanece oculta en nuestro día a día y sale a flote a la hora de escribir. Son las sesiones de psicología que me ahorro, el chivo expiatorio que me libera de la presión de vivir en una sociedad que me abruma y desconcierta por igual.

Me di cuenta de ello cuando revisaba ‘La vida leída’: descubrí aspectos de mí mismo que desconocía o incluso no quería reconocer. Así que las relecturas terminaron por convertirse en una catarsis indirecta; y ahora supongo que es un proceso que ya no puedo contener con cada nuevo proyecto.

Tu nueva novela cuenta la historia de un treintañero solitario, en lucha, sobre todo, consigo mismo. ¿Cómo has gestado esta historia?

El ser humano es el único que es capaz de autoboicotearse, sea por la razón que sea. De ese afán inconsciente por ponerse palos en las ruedas nace la constante lucha con uno mismo, las guerras internas que nadie más puede librar, que son solitarias y más encarnizadas que cualquier otro tipo de conflicto. Esa pequeña epifanía, una certeza que me llegó en algún momento de mis veinte y pico años, me llevó a empezar la historia de Álvaro, que también es el reflejo de algunos de mis miedos. Él capitaliza el tipo de persona en el que podía haberme convertido y por suerte no sucedió; sin ser autobiográfica, es como un what if, una realidad alternativa.

Sin personajes secundarios ninguna historia se sostendría. El personaje de Carla me ha llamado mucho la atención. Háblanos de ella.

Carla fue un personaje que llegó sin previo aviso. En un primer borrador de la historia ella no aparecía, pero a medida que iba escribiendo su figura terminó por llamar a la puerta nunca mejor dichode un modo natural. De nuevo vuelvo a mi propia mente, y creo que ella es la personificación de algún rincón que permanecen ocultos toda una vida o aparecen repentinamente. Algo así como la muela del juicio, que puede destrozarte la boca y encías o jamás dar muestras de estar ahí, agazapadas.

En la historia de la novela, ella es el elemento que prende la mecha de Álvaro, que remueve su particular mundo y lo empuja a salir de su zona de confort, algo que sabía que tenía que hacer, pero no quería o no sabía cómo traspasar. En algunos momentos tuve dudas sobre su papel, pues parecía ser el típico de las películas románticas o las clásicas, aquellas en las que la chica consigue cambiar al chico, esa idealización propia de otros tiempos y pensamientos; sin embargo, la función de Carla la podría haber hecho el personaje de un hombre, pues es una suerte de mentor externo que aparece sin previo aviso. Pero vino en forma de mujer, y creí que era bueno respetar su aparición primigenia.

Por cierto, ¿hacerse mayor es cerrar el círculo?

Es ser consciente de que estás dentro de ese círculo. Aunque la ves lejana, empiezas a ver el fin como algo que realmente sucederá. Cuando te haces mayor, llega ese momento en el que asumes que vas a morir, y ocurre cuando mueren tus padres: sabes que tú eres el siguiente, y eso es algo que pensamos o pensaremos todos cuando nos enfrentemos a tan terrible pérdida. Es más, algo nuestro fallece cuando lo hacen los progenitores, porque fueron ellos quienes te trajeron al mundo y, de algún modo, te enseñan la forma de salir de él.

En ‘El apetito del golem’ afronto esa realidad, la de ser una persona adulta sin haberse dado apenas cuenta. En realidad, nunca nos percatamos de ciertos cambios hasta que nos los tenemos que comer con patatas. Somos mucho de aprender a base de hostias. Ni siquiera al crecer conseguimos tener esa previsión, quizás porque las personas no estamos preparadas para asumir que el tiempo se nos escapa entre las manos. Y quien lo hace, no lo asimila precisamente bien.

El cine es, parece, un protagonista más de este libro. ¿Se puede ser escritor sin ver películas o cineasta sin leer?

La relación entre cine y literatura es más que evidente. Son vasos comunicantes, al principio fueron los libros los que inspiraron películas y hoy en día es una alimentación recíproca. Hay libros que parecen rodados y películas que parecen escritas. Guionistas que también son novelistas, escritores que se aventuran a meterse en el séptimo arte —Paul Auster y su ‘La vida interior de Martin Frost’ son un claro ejemplo—; ese cordón umbilical es irrompible y dudo que algún día desaparezca.

Es difícil, aunque no imposible, encontrar escritores o escritoras a quienes no les guste el cine; del mismo modo, las directoras y directores suelen tener esa atracción irremediable por la literatura. ¿Son condiciones, son aficiones irrenunciables para dedicarse al cine o la escritura? En absoluto, pero de manera natural se produce esa simbiosis cultural.

Se dice que para escribir hay que leer mucho; en mi opinión no es que sea un deber, sino que surge en forma de causalidad. En mi opinión, y sin querer ofender, quienes escriben más que leen o no leen directamente, probablemente no consigan escribir algo que pueda resultar interesante.

¿Alguna vez quisiste ser director de cine?

Tal vez me hubiera interesado si se me diera bien dar órdenes. Es un oficio que admiro y me atrae, pero más como observador externo que como aspirante. Hay algo de respeto también, jamás me atrevería a intentar hacer algo en lo que no tuviese la certeza de poder llegar —con suerte— a aportar algo decente. La silla de director o directora, para quien tenga talento para ello.

Lo que sí me hubiera gustado ser es guionista. Al final, los libros no dejan de ser potenciales guiones de película; creo que las figuras guionista-escritor se entremezclan, dos caras de una misma moneda. Yo imagino las escenas que escribo, las visualizo: ¿estoy convirtiéndolas en escenas de película en mi mente? Podría decirse que sí, por lo que tal vez tengo algo de guionista, aunque jamás haya ejercido como tal. No lo descarto en un futuro, si las condiciones se prestan a ello.

Imagen El apetito del golem

¿Qué estás leyendo ahora y cuál fue la última película que has visto?

Ando maravillado con ‘Monstruas y centauras’, de Marta Sanz. Es un pequeño ensayo de apenas 100 páginas —de la colección Nuevos Cuadernos Anagrama, que estoy devorando— que explora el feminismo desde el punto de vista femenino. Necesario e increíblemente apasionante. Plantea dudas razonables, contradicciones, errores y aciertos del movimiento más importante que estamos viviendo hoy en día. Después de ella me espera Antonio Orejudo y ‘Los cinco y yo’, su última novela. Un tipo que sabe escribir, que no crea historias irrelevantes y que parece conocer lo que nos pasa por la cabeza a quienes le leemos. Uno de mis favoritos.

En cuanto a películas… lo último que he visto en realidad es una serie en Netflix: ‘Hilda’. Una de dibujos que parece que no explica nada y tiene más capas que una cebolla. Yo no recuerdo que en mi infancia hubiera dibujos así, tan profundos e interesantes. ¿Cómo serán los niños de hoy cuando sean mayores? Miedo me da: serán genios o unos completos desastres. No habrá grises, eso se quedó en los que nacimos en el siglo XX.

Es tu tercer libro en el mercado. En todos ellos has apostado por la autoedición. ¿Por qué?

Este es un tema peliagudo, y nadie tiene la verdad absoluta sobre ello. En mi caso, una de las máximas que siempre he mantenido ha sido la de no pagar para que se publiquen mis historias: eso elimina de inmediato cualquier tipo de coedición, algo que está muy en boga y se ha convertido en una alternativa real para quienes quieren abrirse paso en el mundo literario.

El sueño de cualquier persona que escribe es ver que una editorial se interesa por sus proyectos y los publica, pero hoy en día es algo muy complicado viendo la tesitura en la que se ha de manejar y sobrevivir la industria del libro. Sin embargo, la ilusión permanece ahí y el envío de manuscritos y las largas esperas para recibir una respuesta forman parte del día a día de cualquier escritor. Pero la aparición de la autopublicación ha supuesto una puerta de entrada para quienes creían que todo terminaba con las negativas y los manuscritos en un cajón del escritorio. Ahora puedes publicar cuando quieras, lo que quieras y llevando las riendas de toda la cadena de producción; una alternativa que tiene luces y sombras.

Yo opté por la vía de autopublicación después de no tener suerte con la edición tradicional. Es un proceso difícil y que has de trabajarte mucho, pero resulta muy gratificante cuando tienes tu propio libro entre tus manos, y ves que todas las horas invertidas en él —escritura, revisión, maquetación, dudas, miedos— han merecido la pena. Esas son las grandes sensaciones positivas; luego tienes la parte más oscura, o menos agradecida: has de buscarte por ti mismo las habichuelas, tú tienes que hacer el marketing, tienes que conseguir sitios para presentaciones, convencer a medios para que le den una oportunidad a tu libro —y con suerte hagan una reseña— decepcionarte con librerías que no quieren ni oír hablar de autores autopublicados… es la parte más dura y la que más dudas te trae cuando quieres dar a conocer tus trabajos. Controlas todo el proceso, pero no tienes la fuerza humana y económica de una editorial detrás. Pese a todo ello, estoy muy contento con mi elección y seguiré auto publicando mientras intento ser merecedor de conseguir una publicación por parte de una editorial tradicional. La clave es no desfallecer. Y escribir, claro.

Vamos a mirar hacia el futuro cercano: ¿Otra novela o un ensayo sobre la sociedad 2.0?

Algo hay, algo hay… Llevo un tiempo barruntando la idea de hablar sobre el mundo tan acelerado que estamos viviendo, de las fake news, de las redes sociales… Tal vez tenga algo que ver las lecturas de Byung-Chul Han y sus ensayos, que desmenuzan con una prodigiosa lucidez muchos de los problemas sociales y filosóficos a los que nos tenemos que enfrentar hoy en día. Así que, digamos, la semilla está esperando a crecer.

Mientras esa locura llega —o no— sigo escribiendo. Estoy escribiendo una nueva historia que poco a poco va cogiendo forma, y como dije antes, sigo buscando ese pequeño hueco en las editoriales que me permita asomar la cabeza en el maravilloso —y duro— mundo literario. El futuro cercano y lejano está, por suerte, repleto de letras.

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