«Las grandes voces están fuera de los grandes medios»

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La cita con Carmen es un viernes desapacible y lluvioso. Aparece por la puerta del café y nos reconocemos enseguida. Sé desde el primer momento que nos va a apetecer envolvernos en una conversación extensa sobre libros, mujeres, sueños, viajes. Pedimos café y la entrevista comienza sin formalidades. De hecho, parece más bien una charla con una vieja amiga con la que me estoy poniendo al día. Tengo un montón de preguntas que no es necesario formular, porque ella misma arranca y desarrolla las respuestas sin ser interrogada. «Es que soy una charlatana», dice entre risas. No hay mejor entrevista que la que se salta todas las previsiones.

Carmen G. de la Cueva (Alcalá del Río, Sevilla, 1986) es fuerte, segura de sí misma, se ríe —sobre todo con los ojos—, contagia ilusión y pasión. Sus últimas 24 horas ha estado inmersa en una intensa presentación en Madrid de su ópera prima, ‘Mamá, quiero ser feminista’, recién editado por Lumen. De eso habla su primer retoño, de una “chica de provincias” que desde pequeñita elige un sueño: el de escribir, ser periodista y volar alto y lejos porque su pueblo se le queda pequeño. No puede parar: quiere verlo todo, leerlo todo, escribir todo —lleva años trabajando en su mejor cuento: la historia de su vida, inspirada por tantas mujeres a las que leyó de un modo precoz y febril—. Le confieso que el libro toca, que en ciertas partes estamos —nos encontramos— muchas de nosotras y es inevitable sentir un nudo en la garganta. Admite que ya alguna amiga le ha llamado para contarle que la lectura le ha hecho asomar las lágrimas. «¿Tú no irás a llorar ahora, verdad?», me pregunta, y se vuelve a reír.

Podemos afirmar que ‘Mamá, quiero ser feminista’ es una de las joyas del catálogo de Lumen de este año. Un libro esperado, detrás del cual hay mucho trabajo y tesón, pero también desesperanza y frustración contadas sin adornos, de un modo sencillo y cercano, sin renunciar al humor. En la sociedad actual, la familia es una institución devaluada y eso es lo que quiere recuperar el libro: la narración cuidada y cariñosa de la vuelta a los orígenes, el relato de las dificultades de la transición a la vida adulta, especialmente tortuosa si se nace mujer. Las páginas arrancan con el nacimiento autobiografiado de la autora. En su casa habitaban entonces tres generaciones femeninas; ella, la cuarta, toma consciencia enseguida de que debe conectar ese hilo de voz entre mujeres: «Aquellas mujeres estaban muy solas y juntarse por las tardes era un modo de romper el encierro de sus vidas». Buscando en sus raíces, descubriendo los libros y explorándose a sí misma decide dedicarse a las letras: primero, en el periodismo; después, en un posgrado de literatura. Influenciada por sus primeras lecturas decide desenterrar a las desconocidas y, así, Sylvia Plath, Simone de Beauvoir o Emily Dickinson, entre otras, hacen mella en su sensibilidad y la empujan a que descubra poco a poco su propia voz.

Y estas páginas no hablan de una historia única sino de la de toda una generación, porque ‘Mamá, quiero ser feminista’ es también una denuncia, desde la propia experiencia, de la precariedad laboral y ese futuro incierto que nos amenaza a los de la llamada Generación Y. De jóvenes que vuelan como aves migratorias de un país a otro, encadenando becas, contratos, trabajos para los que, a veces, están sobrecualificados. Hoy au pair en Londres, mañana profesor de español en Berlín, ¿pasado?… «Antes uno tenía su trabajo y uno era su trabajo. Uno era portero, por ejemplo, y todo el mundo lo sabía y no preguntaba nada porque daba por hecho que así ha sido siempre y sería así siempre. El trabajo, hoy, es precario; y por eso, la identidad también es precaria y peligra. Necesitas siete minitrabajos y aun así no llegas a final de mes. Y como no tienes trabajo, no tienes identidad». Después de vivir en Alemania, República Checa, México y Reino Unido y de pasar otra vez por la casilla de salida (¿cuántas veces se puede reiniciar una vida?), Carmen acaba de mudarse a Madrid y sale adelante sin dejar su pasión: escribir, editar, redactar. «De día haces muchas cosas; de noche te vuelves loco, pensando antes de irte a dormir en cuándo te van a pagar esta factura y esta otra; pensando en si vas a tener dinero para todo». Ahí está: la vida del freelance que hace malabares para llegar a fin de mes. «Llegas a los 30, esa edad frontera, y resulta que no tienes la vida que te habían dicho que tendrías: ni casa, ni hijos, ni trabajo, ni coche»… La vida, probablemente, no es lo que nos habían contado.

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Denuncias, en el libro, lo difícil que es acceder a los grandes medios, “colocar” un trabajo que realizas desde el extranjero… ¿Crees que debemos concienciar a las generaciones venideras de periodistas de que ser freelance es lo único que les queda?

Es que hay que cambiar el modelo que tenemos. Y lo tenemos que cambiar nosotras y nosotros, todos. Sí creo que es mucho más fácil que un periodista entre a trabajar en un gran medio a que lo haga una periodista. La mayoría de las nuevas firmas de los medios son hombres. Conoces a Manuel Jabois, Sergio del Molino… ¿Pero conoces a Valeria Luiselli? Faltan voces, y faltan voces femeninas. Y muchas de esas grandes voces están fuera de los grandes medios. Y ojalá que se produzca ese relevo generacional, porque hace falta. Hay que apostar por las nuevas narrativas; esto es algo que se hace en el mundo anglosajón. Suscripciones, más crónica (formatos largos) y menos noticia de agenda.

¿Qué tiene que cambiar para que emerjan esas voces y se den a conocer nuevos talentos?

Tienen que cambiar las direcciones de los periódicos, pero tampoco podemos quedarnos en que el éxito de un periodista está en que trabaja para tal o cual gran medio. Porque éstos están perdiendo calidad; están quedando desactualizados; la mayoría de los que acaban entrando en ellos es porque hacen un máster imposible de pagar. Al final nos va a tocar crear nuevos medios, mucho más digitales.

¿Te has planteado hacer activismo fuera de la literatura?

Hay mujeres que salen a la calle, hacen performances… y son muy buenas en lo que hacen, ¡y me encanta! Pero es que la literatura ya es un modo de activismo. Los clubes de lectura [Carmen coordina actualmente varios en diversos puntos de España] son algo increíble. Es increíble la sensación de que 200 personas estén leyendo lo mismo a la vez. ¡Lo solas que nos hemos sentido muchas, leyendo en la adolescencia! Y que, de repente, encuentres a tantas chicas talentosas, con vidas paralelas a la tuya…

El libro termina justo en el punto en que comienza La Tribu, el exitoso proyecto digital que, en palabras de la autora, «me salvó del pueblo, me sirvió para sobrevivir». Toda la obra gira en torno a la idea de la necesidad de hacerse con «un cuarto propio»; un espacio en el que escribir y proyectarse sin olvidarse de mujeres, hermanas, compañeras. En definitiva: una comunidad. «La Tribu es mi casita», afirma Carmen. Después ha venido el nuevo proyecto: la editorial La Señora Dalloway, en claro homenaje, por supuesto, a Virginia Woolf. Las otras patas del sello son Ángelo Néstore y Martín de Arriba. De momento, la editorial es autogestionada y no les reporta beneficios.

‘Mamá, quiero ser feminista’, magistralmente ilustrado por Malota, aborda otras dimensiones vitales de la joven escritora: la lucha contra sí misma a raíz de la gordofobia sufrida en la adolescencia —que, afortunadamente, terminó en autoaceptación y reconciliación con su propio físico-— el despertar de la sexualidad y el (des)conocimiento del propio cuerpo, el planteamiento de una vida soñada que no quiere pasar por la maternidad como parada obligatoria… En suma, el retrato de una luchadora testaruda que no se conforma con resignarse y que no quiere hacer otra cosa que no sea dedicarse a lo que ama. Mirándola se me viene a la cabeza esa frase que leí en algún sitio y que por su belleza original me niego a traducir: Dreams don’t work unless you do. Sin duda.

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‘Mamá, quiero ser feminista’ se presenta en Madrid el día 30 de noviembre, en el Hotel Iberostar Las Letras, a las 20 horas.

Fotografías: Alba G. Quintana ©


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