«Asumí que yo, que creía que era un socialista, era un libertario, un ácrata contemplativo»

Carlos Cúccaro nació el 8 de julio de 1968 en Azul, ciudad en la que reside, provincia de Buenos Aires, la Argentina. Fue incluido en las antologías ‘Poetas argentinos del interior’ y ‘Poesía hacia el nuevo milenio’, . Además de la plaquette ‘Los suburbios del fuego’, publicó los poemarios ‘Ultrasenderos’, ‘Libro de Babilonia’, ‘Los latidos oscuros del silencio’, ‘Blues’, ‘Luciflor o la sangre’, ‘Tharsis’ y ‘Los árboles del abismo’.

Azul es…

Una ciudad rara por sus características de “ciudad culta”, pese a su reducida densidad demográfica. Posee la más importante colección de ediciones de ‘El Quijote’ fuera de España, en la Casa Ronco, que perteneciera a un mecenas bibliófilo, el Dr. Bartolomé J. Ronco. La preservación de este patrimonio le valió la designación de Ciudad Cervantina de la Argentina por parte de la UNESCO y la realización del Festival Cervantino anual. Azul tuvo su filial de SADE (la que debería restablecerse), es centro administrativo, cabecera de departamento judicial y centro productor esencialmente agrícola-ganadero, con carreras universitarias y considerable clase media, parte de la cual conforma un público numeroso para las expresiones artísticas. Como contrapartida, una larga historia de oportunidades desaprovechadas de desarrollo y apertura en todos los ámbitos. Por mi parte, a la manera de un heterónimo de Pessoa, encuentro en su rutinaria tranquilidad, en sus fácilmente observables crepúsculos sobre casas bajas y arboledas, un sitio pacífico para las perplejidades del pensamiento, que luego, a veces, se trasforman en creación literaria.

Sos de venir intermitentemente a mi ciudad.

Mi esposa, Virginia Zaccaría, con la que estoy casado desde 2001 y con quien tengo una hija de ocho años, Noelia, es porteña. Me incentivó la pasión por el barrio de San Telmo y la penumbra de sus anticuarios; por el Parque Lezama, en el verano; por el Jardín Botánico; por la plaza San Martín bajo la lluvia; por la avenida Corrientes y varios bares del barrio de Boedo, el ajetreo matinal de algunas de sus calles, con sus mercados y pizzerías. Todo eso tiene, como escribiera Jorge Luis Borges, «el sabor de lo perdido / de lo perdido y lo recuperado».

¿Y el sabor de tu paso por la “bellas” artes?

Aludís a mi magisterio inconcluso en la Escuela de Bellas Artes Luciano Fortabat, de Azul. Aconteció entre finales de los 80 y principios de los 90. Me sentía cómodo, en mi elemento, en un ambiente que aunaba juventud, inquietudes intelectuales, creatividad. El ambiente, eso es lo que más me atrajo. No me recibí de maestro pero moldeé un espíritu de artista, lo que ha sido un punto alto de formación personal de mayor trascendencia que un título que seguramente no hubiese utilizado. Fueron años, aquellos, que evoco con indulgencia. Aún latía la reciente recuperación —otra vez «lo recuperado»— de la democracia y la libertad, y eso se reflejaba en nuestro derredor, era un arrastre que procedía de los primeros años postdictadura y se prolongó hasta 1991 – 1992, cuando la “convertibilidad” del menemismo nos volvió a cambiar el perfil de país y los debates de la sociedad pasaron a ser otros.

Fui, durante mi juventud, de izquierda; luego me entusiasmó el kirchnerismo, hasta que hacia 2010 – 2011 comencé a decepcionarme, percibiendo cierta cristalización de sus estructuras. Asumí que, en realidad, yo, que creía que era socialista, era un libertario, un ácrata contemplativo, y más cerca de la aridez de lo spenceriano que de ninguna otra cosa. Cumplí con ese postulado que asevera que no ser de izquierda en la juventud es una contradicción biológica y seguir siéndolo en la madurez también lo es. Hoy me advierto cada vez más cómodo con la moderación y el equilibrio. El Estado se me antoja acentuándose como un monstruo kafkiano que dicta sus sentencias inapelables y herméticas.

¿Y tu infancia?

La califico de feliz, signada por la lectura. Aprendí a leer y a escribir en las baldosas rojas de la cocina de mi casa —con tiza, mi madre me enseñaba—. Empecé la escuela primaria sabiendo ya leer y escribir. Mientras en segundo grado mis compañeros todavía deletreaban, yo me involucraba con ‘Robinson Crusoe’ y obras de Julio Verne y Emilio Salgari, diarios y revistas, el ‘Martín Fierro’, cancioneros de folclore de mi padre, diccionarios, el informatodo de Selecciones del Reader’s Digest o alternativas peores, como ‘La Biblia’, ‘La divina comedia’, en una edición de Montaner y Simón ilustrada por Doré, o misales de mi abuela. Hasta mis 12 ó 13 años tuve buenos amigos. A partir de allí me torné un adolescente taciturno y apático, con sus consecuencias previsibles: el rechazo que provocaba. La educación estatal, bastante estúpida en la escuela secundaria, preparaba gente práctica. Lejos de incentivarme en la vena de la creación literaria, propendía a avergonzarme.

¿Hiciste el servicio militar obligatorio?

En 1987. En la colimba aprendí algunas cosas que no estaba en condiciones de apreciar y que, en la perspectiva del tiempo, evalúo que me sirvieron: un cierto estoicismo, capacidad de adaptación a los dolores y a la mortificación del cuerpo… Fue un bautismo nietzscheano. Luego mi personalidad, poco a poco, volvió a cambiar y enseguida encontré al escritor: comenzaron los buenos años. Visto desde la autenticidad, no exagero si afirmo que los buenos años se extienden —pese a todo— hasta el día de hoy. Aunque no lo parezca, soy, a mi manera, optimista; un optimista sólido, porque mi optimismo parte de la crítica de los sucesos y no muere en ella. Juega también la experiencia de vida y el anhelo de reclamar la felicidad como un derecho.

Carlos Cúccaro

Mi transcurrir no ha sido extraordinario. Si algún lector de nuestro diálogo esperara toparse con un poeta maldito, o un aventurero a lo Hemingway o un millonario a lo Stephen King o un militante como el último Julio Cortázar, se desilusionaría. Soy un hombre común, que trabaja como gestor y empleado administrativo en la misma oficina (una firma jurídica) desde 1989 y que seguramente se jubilará de eso. Padre de familia, con matrimonio consolidado, llevo una vida normal, tengo casa y un indispensable sueldo y pertenezco a la vapuleada clase media argentina. Quizás, por eso escribo.

Sira Guedes de Pérez, mi maestra de tercer grado, en 1977, tras leer mis composiciones vaticinó: «Carlos Cúccaro va a ser escritor». Fue la primera vez que oí mi nombre asociado a un oficio. Tuve una profesora de literatura en el secundario, Florángel Turón, que fue la única docente en esa etapa que me incentivó el placer por la lectura. Además de ser una erudita respecto de la obra de José Hernández —puntualmente de los dos tomos del ‘Martín Fierro’— y autora, entre otros, de un libro sobre el tema, fuera de programa nos leía cuentos de Edgar Allan Poe. Yo me fui imbuyendo de lo que proporcionaba Humor, aquella revista que abrió mentes en tiempos de la dictadura. Por ella accedí a Mario Benedetti, Cortázar, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Ricardo Piglia, Osvaldo Soriano. Mientras, yo incursionaba con mis primeros ejercicios de estilo en la redacción de artículos sobre discos del rock nacional.

La elección plena de la poesía como canal expresivo data de 1988, en forma paralela al estudio de los movimientos vanguardistas, particularmente con la exploración de la obra de los pintores y poetas surrealistas, el descubrimiento de Antonin Artaud, André Bretón, Tristan Tzara, nuestro Aldo Pellegrini… Y proseguí acentuando e intensificando la direccionalidad de mis búsquedas: Jean-Paul Sartre, Albert Camus, «los clásicos, que en los clásicos está todo» (como me dijo una vez alguien), Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Shakespeare, Cervantes, Voltaire, Descartes, Ernesto Sábato, los rusos, Roberto Arlt, Kafka, Leopoldo Marechal, Marx, los escritores del Boom, T. S. Eliot, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Rafael Alberti, Ezra Pound, los franceses, la generación española del 27, H. P. Lovecraft, Henry Miller…

Hablemos de la poesía que irrumpe y se va estableciendo en el siglo actual. ¿Qué es lo que ves, qué autores te seducen y a cuáles resistís?

En mi etapa formativa el neobarroco era una especie de evangelio canónico, hoy superado por las nuevas generaciones. Se ven cada vez más poetas jóvenes que redescubren el objetivismo, la posibilidad de dotar de contenido poético a la realidad más prosaica y externa. Claro que esta suerte de “varita mágica” del poema no siempre funciona bien ni siempre sus resultados son óptimos. Advierto poetas jóvenes que escriben cosas interesantes, aunque demasiado parecidas entre sí. Cuesta encontrar una voz destacada y única. Es posible que las nuevas poéticas, desde el discurso, tengan que ajustar su postura acerca del posmodernismo como realidad que atraviesa la época, si se escribe desde o contra la muerte del significado. Hasta ahí mis resistencias. En cuanto a autores nuevos que me seduzcan, me voy a limitar a nombrar a alguien que, aunque muerto, es el más contemporáneo de todos y que podría considerar como el padre literario de los poetas de la generación posterior a la mía: el chileno Roberto Bolaño. Aunque falta perspectiva temporal en estas afirmaciones.

¿De qué modo no te das por vencido con un poema que no termina de conformarte? ¿Recordás en este sentido alguna curiosidad que te haya ocurrido?

Soy un obsesivo de la reescritura. Para mí un poema está en constante proceso de ser reescrito. El punto final de un texto es una decisión que termina por mostrar un estadio de la obra, que se torna así fluctuante, maleable, quizás peligrosamente maleable. Trato, consciente o inconscientemente, de aplicar criterios de composición sistemática, tomados prestados a la plástica en mi poesía, que tienen que ver con el equilibrio de “tonos” y la necesidad de que “el ojo” —en este caso, del que lee—, recorra toda la composición para ir a desaguar precisamente en ese punto de conjunción del poema. Esa culminación conceptual —enmascarada o no— que todo poema tiene. Hay, claro, previsibles anécdotas acerca de textos interminables. Por ejemplo, haberme presentado a retirar un premio con una versión totalmente disímil de la premiada, ya que el proceso de corrección había avanzado incontrolablemente. Leo en cualquier sitio, pero no escribo en otro sitio que en mi casa, no me inspiran los hoteles, los trenes o los bares. Amo el silencio como complemento necesario para que fluya lo que hay que decir.

Rodolfo Walsh supo aludir a sus «perplejidades íntimas». Las habrás advertido, detectado. ¿Compartirás alguna con nosotros?

En ese sentido yo hablaría de la finitud, la íntima angustia, unamuniana, de que en algún momento este conglomerado de recuerdos, sentimientos, ideas, apetitos, goces, miedos y tantas otras cosas que constituyen mi conciencia, ese todo, algún día dejará de ser, para diluir mi yo y dispersarse en la nada. Quizás se la pueda catalogar de íntima puesto que casi no hablo de esto, pero juego con insistencia en torno a especulaciones cercanas al «dato capital de la muerte» (como escribiera Macedonio Fernández) y sus conjeturas de inexistencia y existencia. Esa sería una de mis perplejidades íntimas, o como diría yo —un poco bromeando—, mi “dasein” poético. Una problemática a la que no me refiero específicamente pero que sí aludo de manera constante en mi cotidianidad y, fundamentalmente, en mi obra. No sé si, en el fondo, mi obra trata sobre otra cosa.

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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