«La sangre es mi tinta. Con ella escribo. Si no, no sirve»

Bibi Albert nació en 1944 en Buenos Aires, donde reside, capital de la República Argentina. Es Licenciada en Publicidad. Obtuvo premios y menciones en los géneros poesía, cuento, microcuento, así como por letras de canciones. Produjo de modo independiente dos cedés con sus letras: ‘14 Nuevas Canciones de Raíz Folclórica’, con música de Héctor Dengis, y ‘Aire de Familia’, con música de Pepo Lapouble. Fue jefa de redacción del periódico ProTango. Es cofundadora del grupo de poesía y café literario Las Pretextas y coorganizadora de encuentros de poesía. Condujo el programa radial ‘Pretextos para no volvernos locas’ y coordina talleres de creación literaria. Integró los volúmenes colectivos ‘Ronda de pretextos’ (Ediciones El Mono Armado) y ‘Abrazo de voces’ (edición digital). Fue incluida en las antologías ‘Más de 100 tangos nuevos’, ‘Identidad’ y ‘El verso toma la palabra’. Publicó el poemario ‘Música y letra’ (Ediciones Filofalsía) y el libro ‘Sélika y otros cuentos’ (edición digital).

¿Cuál fue tu primer acto de creación, a qué edad, de qué se trataba?

Fue una carta literaria, que enmarqué, a la hija que llevaba en la panza, cuando todavía no había ecografías y por lo tanto no se sabían los sexos de los bebés. Tenía 28 años, había jugueteado con la poesía siendo adolescente, pero recién la retomé a eso de los 30. Durante ese largo período del mientras tanto, la leía con respeto y con distancia. Me gustaba más jugar con la creatividad publicitaria. Sentía que ése era mi mejor medio de expresión. Fui, soy, publicitaria de raza.

¿Cómo te llevás con la lluvia y cómo con las tormentas? ¿Cómo con la sangre, con la velocidad, con las contrariedades?

Siempre amé la lluvia y odié los paraguas. Las circunstancias me cambiaron la sensibilidad al respecto: viví en sucesivas casas, todas con graves problemas de goteras y techos anegados que se nos cayeron encima. Ahora todo me da temor, la lluvia, las tormentas, el aura de la luna. Todo eso sigue formando parte de mi poesía, pero ya no como alabanza: ahora es con espanto.

La sangre… La sangre es mi tinta. Con ella escribo. Si no, no sirve.

La velocidad nunca fue un tema para mí, no tengo relación con ella. No me importan los autos, por ejemplo, ni las motos. En cuanto a los tiempos, como ya conté, soy publicitaria, en un rato nomás despacho lo que sea. Ahora estoy escribiendo una novela, y ella no me permite que la apure. Buena sensación que estoy estrenando.

Las contrariedades me obligan a hacer cada noche mi balance, y siempre gana el Haber. Sería muy sosa la vida si todo fluyera siempre.

En este rincón, el romántico concepto de la inspiración; y en este otro rincón, por ejemplo, William Faulkner y su «he oído hablar de ella, pero nunca la he visto»…

Empate. Me dejo llevar por la inspiración, que siempre me aterriza en buen puerto, o eso creo. Pero también me siento y escribo, practico mucho la escritura automática, y después tomo el bisturí y amputo, hasta que el poema parece hijo de la inspiración. O será que la inspiración coquetea y quiere que la busquemos donde sea que se esconde. Lo cierto es que, en un colectivo, por ejemplo, nunca me aburro, abro mi anotadorcito y escribo. Mejor, peor, más o menos, pero escribo. Creo que nunca una porquería, eso no. Y a veces hasta me siento genial.

¿De qué artistas te atraen más sus avatares que la obra?

De Wolfgang Amadeus Mozart, de Barbra Streisand, de Freddy Mercury, de Idea Vilariño, de Leonardo da Vinci.

¿Lemas, chascarrillos, refranes, proverbios que más veces te hayas escuchado divulgar?

«Y esto… también pasará», «que nada nunca te desvíe de tu objetivo».  «let it be» y «pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir», de Winston Churchill.

¿Qué obras artísticas te han —cabal, inequívocamente— estremecido? ¿Y ante cuáles has quedado, seguís quedando, en estado de perplejidad?

Amor sin barreras’, el largometraje de Robert Wise y Jerome Robbins; ‘Laberinto’, la película de Jim Henson; ‘Qué verde era mi valle’, la novela de Richard Llewellyn; el monumento a Gulliver, atado por los liliputienses, en Valencia, España; el Museo Rodin, de París, todo entero; los impresionistas, en el viejo museo Jeu de Paume, y los vitrales de la Sainte-Chapelle, detrás de la Notre Dame, también en París.

¿Qué te promueve la noción de posteridad?

Ojalá me recuerden. Nada más.

¿«La rutina te aplasta»? ¿Qué rutinas te aplastan?

La de aguantar todo el menú de opciones telefónicas cuando llamo a alguna empresa. La espera interminable de los bondis cuando vuelvo sola de noche a mi casa.

Soy muy anti rutina.

¿Qué sucesos te producen mayor indignación? ¿Cuáles te despiertan algún grado de violencia? ¿Y cuáles te hartan instantáneamente?

Me indignan la estupidez, el no saber escuchar, el querer decir algo inteligente antes de que el otro haya redondeado su comentario, la necedad, los celos. Me despiertan violencia las actitudes mezquinas. Me harta de inmediato el que habla mucho y se enreda, y no dice nada. Me enoja mucho la falta de modales.

¿Qué postal (o postales) de tu niñez o de tu adolescencia compartirías con nosotros?

Teníamos una quinta con pileta, en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Amaba que mi papá me mirara tirarme, siempre haciendo una pirueta diferente. «¡Mirame, pá, mirame, pá, papito, mirame!». Ésa es la foto, la postal: yo zambulléndome, papá en el borde, entre orgulloso y fastidiado.

¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

Soñando, soñando, me habría gustado ser una dama de sombrilla en Giverny y que Claude Monet me pintara, o la que inspirara la frase: «Luisa Fernanda, cariño mío, con qué indulgencia me juzgas tú», de la famosa zarzuela. Pero me quedo con la maravillosa realidad de haber sido una mención en un poema de Héctor Viel Temperley y con las canciones que escribí junto con Pocho Lapouble, mi marido y mi músico más admirado.

¿A qué artistas en cuya obra prime el sarcasmo, la mordacidad, el ingenio, la acrimonia, la sorna, la causticidad… destacarías?

George Bernard Shaw, Pocho Lapouble, Groucho Marx, Frank Sinatra.

¿Qué apreciaciones no apreciás? ¿Qué imprecisiones preferís?…

Nada que sea sólo una apreciación me interesa. Mis imprecisiones preferidas pueden ser con respecto a un camino, a un destino, a una distancia, para dar lugar al factor sorpresa.

¿Viste que uno en ciertos casos quiere a personas que no valora o valora poco, y que en otros casos valora a personas que no quiere? ¿Esto te perturba, te entristece? ¿Cómo lo resolvés?

 

Quiero a la gente de buena leche, no importa qué valores intelectuales tenga. A las personas que no quiero pero sí valoro, las admiro, y eso está bueno, me hace sentir bien. Porque si no las quiero no puedo valorar en ellas más que lo indiscutible y consagrado, no otra clase de gestos, porque por algo no las quiero.

Nada que resolver, no implica un conflicto para mí.

A pesar de todo, el mundo es fascinante.

¿El mundo fue, es y será una porquería, como aproximadamente así lo afirmara Enrique Santos Discépolo en su tango ‘Cambalache’?

Para nada. Me quedo con ‘La vita è bella’, el largometraje de Roberto Benigni. A pesar de todo, el mundo es fascinante.

Por la fidelidad y entrega a una causa o proyecto, ¿qué personas (de todos los tiempos y de todos los ámbitos) te asombran?

Sobre todo, Jesús, Audrey Hepburn, Federico García Lorca, Teresa de Calcuta, Steven Spielberg, Mahatma Gandhi, Walt Disney y Sor Juana Inés de la Cruz.

¿Qué te hace reír a mandíbula batiente?

Me río del humor inteligente, pero no a mandíbula batiente. Eso sólo me lo producen las idioteces con que nos damos manija con mis hijos, con mis socias Pretextas, con algunos amigos como Raimundo Rosales. Seguir y seguir con un mismo tema hasta no tener más remedio que irme a dormir. Sólo las pavadas totales me hacen tentar de verdad. Y no puedo parar con determinadas películas, por ejemplo ‘Los productores’, de Mel Brooks, el largometraje que en la Argentina conocimos con el título de ‘Por un fracaso, millonarios’.

El amor, la contemplación, el dinero, la religión, la política… ¿Cómo te has ido relacionando con esos tópicos?

Con el dinero y la política muy mal. Gané muchísimo dinero, lo disfruté, no lo invertí en ningún futuro. Siempre la plata se me va como me vino. No lo considero sucio, de ninguna manera, pero no sé conservarlo. La política, hummmm, siempre estoy del lado que sabe mantener el tono y los valores, no discuto, no me peleo, me ligo todos los desprecios. El amor es el tema de mi vida. La contemplación es algo que me permito, un goce, una serenidad. La religión la manejo, hablo con el Flaco de igual a igual. Nos entendemos.

¿A qué obras artísticas —espectáculos coreográficos, filmes, esculturas, música, pinturas, literatura, propuestas teatrales o arquitectónicas, etc.— calificarías de insufribles?

Marcelo Tinelli, Flavio Mendoza, Mirtha Legrand, Nacha Guevara, Jim Carrey, Jean-Claude Van Damme, reggaeton, Andrés Calamaro, Fito Páez, Ricardo Arjona, lo berreta, lo chabacano…

Donde mueren las palabras’ es el título de un filme de 1946, dirigido por Hugo Fregonese y protagonizado por Enrique Muiño. ¿Dónde mueren las palabras?

En la cursilería. Se ahogan sin remedio.

Las palabras mueren en la cursilería. Se ahogan sin remedio.

¿Podés disfrutar de obras de artistas con los que te adviertas en las antípodas ideológicas? ¿Pudiste en alguna época y ya no?

Pude, puedo, podré. No necesito que un artista piense como yo para que su arte me conmueva. Eso es algo con lo que, desde mi lugar de gestora cultural, convivo, diariamente.

¿Tus pasiones te pertenecen o sos de tus pasiones? Pasiones y entusiasmos. ¿Dirías que has ido consiguiendo, en general, distinguirlos y entregarte a ellos acorde a la gravitación?

Soy mis pasiones. Mejor dicho: soy mi pasión. La misma.

¿Qué artistas estimás que han sido alabados desmesuradamente?

Alejandra Pizarnik, Ricardo Darín, Julia Zenko, Gabriel García Márquez,  Marta Minujín, Héctor Alterio y Gabriela Mistral.

¿El amanecer, la franca mañana, el mediodía, la hora de la siesta, el crepúsculo vespertino, la noche plena o la madrugada?

Todo, no todo el tiempo.

Seas o no ajedrecista: ¿qué partida estás jugando ahora?

Caballo al galope, alfil con el camino despejado, torre casi Eiffel, Jaque Salve a mí, la reina. «Vida nada te debo / vida estamos en paz».

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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