«Desde la carne lacerada por la guerra la poesía también vocifera»

Antonia B. Taleti

Antonia B. Taleti nació el 1 de septiembre de 1941 en Rosario, ciudad en la que reside, provincia de Santa Fe, República Argentina. Es profesora en Letras por la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario y Licenciada en Español como Lengua Extranjera por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral. Ejerció la docencia en instituciones de Enseñanza Media y en la UNR. Publicó el volumen ensayístico ’Itinerarios de lectura. La narrativa de María Elvira Zagarzazu’, en colaboración con Graciela Aletta de Sylvas, y los poemarios ’La voz que nunca alcanzo’, ’Río de paso’ y ’Cómplice en la mirada’.

Cómo te habrá llegado la poesía…

El primer recuerdo que conecta con tu pregunta es una anécdota en la que aparezco ceceosa, a los cuatro años, recitando de memoria el ‘Romance del enamorado y la muerte’, que un familiar, estudiante secundario, repetía en voz alta cumpliendo una tarea escolar. De los siete años guardo la estampa y las sensaciones de un verano en un campo de la provincia de Córdoba, en el que cada atardecer la mamá de una amiga que me había invitado a pasar las vacaciones con ellos, nos leía a sus hijos y a mí ’Tabaré’, del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín. La poesía me llegó a través de la voz, del ritmo y de las imágenes que producían cierto encantamiento, un todo que no requería interpretación pragmática. La literatura está enlazada con mi vida desde el comienzo: mi padre era distribuidor de diarios, revistas y libros nacionales y extranjeros, y mi madre sigue siendo una voraz lectora. El acceso a material de lectura era cotidiano, y a día de hoy para mí un libro continúa siendo un objeto de deseo. Conservo los volúmenes de la colección Robin Hood, de Billiken, de Editorial Molino… Con sus hojas amarronadas y algún lomo perdido. Me atrapó ese mundo, puerto de ingreso a todos los mundos posibles. Cursé la escuela primaria y hasta tercer año del secundario en el colegio Dante Alighieri de mi ciudad, lo que me aportó el acercamiento a la cultura y la lengua italiana. Mi padre nació en Sicilia y mi madrina en Bologna. Estas confluencias me instaron a sentir a Italia como mi patria de origen. Así lo viví la primera vez que crucé el estrecho de Messina: yo volvía a mi tierra. Además, me recibí de maestra en el Normal Nº 1. Los dos años cursados en esa institución me acercaron a la pluralidad de voces, de ideologías, de elecciones, al significado de tomar una escuela, dormir allí a modo de protesta.

¿Letras te esperaba?

Era de esperar que ese fuera el paso siguiente, pero no lo fue de inmediato. Algún criterio de matriz laboral y también de sueños de justicia me inclinó hacia Abogacía. Cursé un año, rendí alguna materia, pero en ese entonces, otra vez las palabras sostenidas por la voz, aunque también cargadas de sentido atravesando el cuerpo, me llevaron hacia otro espacio: el teatro. Durante dos años formé parte del grupo de jóvenes que dirigidos por Carlos Mathus, nos nucleamos bajo el nombre de Teatro Independiente del Magisterio (TIM). Interpreté cuentos de Leónidas Barletta en ‘Y la rueda sigue girando’, poemas de Alfonsina Storni en un espectáculo a ella dedicado, fui Catherine Creek en ’El arpa de hierba’, de Truman Capote, y poco más. No supe resistir la oposición familiar y abandoné. Fue una etapa apasionada y entrañable. EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires) y Proteatro acaban de publicar ‘TIM Teatro. El audaz magisterio’, escrito por Ana María Rozzi de Bergel, quien integró desde el inicio este grupo teatral de avanzada y participó del desarrollo estético, cuya culminación fue ‘La Lección de Anatomía’, obra en la que también se desempeñó como directora repositora.

Me llega el libro, Rolando, coincidiendo con tu propuesta de entrevista. Dos situaciones que me llevan a la revisión de recorridos, de tramos que pudieron ser caminos y se quedaron en senderos. Desconozco la nostalgia, no pienso en lo que pudo haber sido y no fue, tampoco me detengo en el cálculo del posible mañana, prefiero el gorjeo que escucho en este instante.  

Y llegó el momento de empezar a estudiar en la Facultad de Humanidades y Artes. Elegí la carrera porque me gustaba leer y escribir. Nuestro plan de estudios se basaba en la lectura de obras consagradas en el canon de los países centrales europeos, literatura argentina, alguna materia más abarcadora como Historia del Arte, las pedagógicas y Griego y Latín. Escritura, nada. Algunos seminarios completaban la propuesta. El primero que cursé lo dictó un poeta: nada menos que Hugo Padeletti. Todavía conservo fichas donde compruebo cómo nos enseñó desde a enumerar los versos, contar las sílabas, hasta distinguir recursos. Nos acercó a la poesía con una actitud reflexiva, a leer después del impacto, el andamiaje que lo sostenía. Lo reencontré muchos años después, ya no personalmente, sino a través de sus poemarios, y desde allí continuó su clase magistral:

la difícil extracción del sentido
es simple:
el acto claro
en el momento claro
y pocas cosas
verde
sobre blanco.

Despojada, breve trazo, hendidura en el silencio, que me trae la resonancia de Juan Ramón Jiménez, su tránsito hasta alcanzar una poesía desnuda, no por rechazo a la vida, sino por condensación en la palabra; la ilación natural me lleva a la Generación del 27, con la vuelta a Luis de Góngora, que es adentrarse en el lenguaje mismo, en la exploración de sus límites, en la explosión de sus defensas. Y a la par está Antonio Machado desde ‘La plaza y los naranjos encendidos’… La reescritura de proverbios y cantares populares hasta llegar a ‘El crimen fue en Granada’, porque desde la carne lacerada por la guerra la poesía también vocifera.

Así veo a la palabra inquieta, inquietante, que desacomoda, que a veces se adhiere a los talones del caminante y a veces es la ‘Flecha en la niebla. Identidad, palabra y hendidura’, de Hugo Mugica, escucha de la voz que nunca alcanzo, o de ‘La pequeña voz del mundo’, de Diana Bellessi, conexión con lo frágil, instantes de epifanía. En estos poetas me detengo, en su destreza para dar nombre a lo inasible.

Terminada la carrera de Letras comencé a trabajar en escuelas de nivel medio y posteriormente en el Profesorado Nuestra Señora de Guadalupe. En este tramo de mi vida me casé, tuve una hija y un hijo. A día de hoy mantengo el mismo estado, al que se suman tres nietos.

¿Y qué hay del tramo como profesora y como alumna?

Entre el lugar del maestro y el del alumno, siempre me ubico en el asiento de quien tiene mucho que aprender. Nunca abandoné el lugar de estudiante, por lo tanto cursos, seminarios, grupos de estudio, son espacios frecuentes en mis elecciones. Durante los años del Proceso Militar, cuando la facultad entró en un período oscuro, tuve oportunidad de acrecentar mi formación bajo la dirección del doctor Nicolás Rosa, en los grupos que se formaban fuera de los claustros: un saber de posgrado que no anhelaba títulos. De él un frío registro podría decir doctor en Literatura Comparada, profesor de Teoría y Crítica Literaria, profesor Consulto de la Universidad de Buenos Aires, pero nadie que haya pasado por sus clases se conformaría con este retazo.

Escucharlo era una experiencia de aprendizaje, el desborde del saber y de la palabra, abría espacios, aportaba autores que modificaban paradigmas desde disciplinas que estaban en plena ebullición, lingüística, semiótica, los estudios lacanianos, acercaba la sólida crítica a la ficción, era un placer, un estímulo. Su trabajo en la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario fue potente: discípulos, estudios, congresos, sostienen su marca. He sido afortunada, en la década del 60 alcancé a tener profesores como Oreste Frattoni, que el primer día de clase en primer año empezó a leernos el relato de Franz Kafka ‘La construcción de la muralla china’. Después de algunas oraciones se detuvo a la espera de nuestra interpretación, qué podíamos decir a partir de las primeras imágenes y afirmaciones, y se quedó esperando, sin apuro. Entonces aprendí que leer no es andar galopando sobre las palabras, sino detenerse en los indicios.  

Antonia B. Taleti

Y llegó la poesía…

Salió a la superficie con forma de escritura. Primero es un modo de mirar, de percibir. A veces, condensa en palabras y otras se queda en pura vibración interior. Es la imagen, aroma, sonido, sabor, figura, contacto, que se resiste al olvido y que nos interroga; es un misterio de sentidos múltiples que procuramos develar poniéndole palabras, que nunca alcanzan. La poesía me acompañó siempre, como repetición primero, después como estudio, más adelante como búsqueda y finalmente, en la edad adulta, tomó forma para ser compartida. Los años de estudio me habían dado a conocer a poetas en los libros, pero nada sabía de poetas que mi ciudad reconocía como propios. No existían para la currícula universitaria. En 1998 participé en el IV Congreso de Creación Femenina, organizado por la Universidad de Bayamón, en Puerto Rico.

Allí la vi por primera vez, escuché su ponencia, supe que era poeta y rosarina: Concepción Bertone. Más tarde, leí en un diario que ella ofrecía un taller de poesía. Para ese entonces yo ya disponía de suficientes hojas acumuladas y sin destino, como para decidirme a llamarla. Su taller tenía algo de mágico y sagrado, todo confluía para que así fuera: se dictaba en una librería “de viejo”. Concepción mostraba a los integrantes del grupo —Marcelo Juan Valenti, Esmeralda Suhurt, Diego Tejedor y yo— lo mejor que un maestro puede exhibir: su pasión, su convicción por lo que hace. Atesoro el recuerdo de ese tiempo, a partir del cual empecé a conocer a mis pares. Una pregunta de Marcelo Juan Valenti —«¿qué esperás para publicar?»— me ayudó a reflexionar y tomar la decisión de exponerme: ’La voz que nunca alcanzo’ fue el título. Años después, cuando la poeta Diana Bellessi accedió a leer el borrador de mi segundo libro e hizo las observaciones que ella evaluó necesarias, en ese intercambio se recreó la magia, otra vez la palabra poética trazaba un círculo que encierra algo sagrado. Adentrarse en la palabra del otro, trabajar sus límites y potencialidades, requiere no sólo sabiduría, sino también delicadeza, porque se roza el misterio de algo íntimamente humano. Concepción y Diana saben lograrlo. Dos experiencias que recuerdo, cuando la duda acecha.

Te transfiero, aunque con formato de preguntas, declaraciones del escritor Marcelo di Marco: ¿El arte tiene que molestar? ¿Ya no hay modelos en nuestra vida cotidiana?

Pienso en el arte como una experiencia de percepción que abre sentidos, que amplía el horizonte, que aporta puntos de vista desde los cuales reflexionar, donde se sostiene un criterio estético. El arte es creación que no tiene que dejar indiferente, que tiene que movilizar, que desacomodar. Molestar, fastidiar, no es un objetivo, puede ser una consecuencia. La visión de mundo del sujeto creador deja su impronta en la obra. ¿Modelos en la vida cotidiana? Sí que existen, hay modelos a seguir y otros a destruir. Es la dinámica de las relaciones generacionales.

¿Advertís que algunos recuerdos han ido cambiando en vos a través del tiempo?

Creo que puede modificarse la valoración de algunos hechos del pasado. El recuerdo es un relato como la imagen de una foto, queda lo condensado y se desdibuja el original. No estoy pendiente del pasado, tenemos un presente alborotado que consume el tiempo. Mi memoria es arbitraria y desordenada, supongo que es la libertad de mi subconsciente de decir qué conserva y qué deja pasar. Lamento que de mis recuerdos preponderen las impresiones generales.

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

3 Comentarios

  1. Gracias, querido Rolando: Tona ha sido y será una de esas personas y poetas que admiro por su talento y su humildad: dos cosas esenciales que la poesía agradece, como yo agradezco su amistad profunda y los hermosos momentos que hemos compartido en mi taller y en la vida. Te abrazo muy fuerte, compañero. Con todo mi cariño. Concepción!!! Abrazo inmenso.

  2. Que puedo decir, una genia esta mujer! Fue mi profe de Literatura en el profesorado, y tengo tantos recuerdos de sus enseñanzas, las tengo tan vivas, tan presentes! Su amor por la palabra era tal, que imposible que no contagiase. Gracias a Dios a mí se me contagió y aún me dura y creo que me durará siempre! Muchas gracias Tona por tu amor por la palabra!

  3. Rolando, las dos respuestas anteriores ejemplifican la trama de la palabra, somos lazos para que circule.De Concepción, maestra,a Susana, alumna y de allí en más.Un abrazo

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.