Septiembre es un girasol cabizbajo

Septiembre es un girasol cabizbajo

La mente nos juega una mala pasada cuando pensamos en septiembre. De pronto, por ella desfilan imágenes de hojas de mil tonalidades diferentes tiradas por el suelo y un pumpkin spice latte humeando sobre una mesa. Pero es mentira. Septiembre no es otoño. Es otra cosa: un girasol cabizbajo.

Es el mes de los buenos propósitos, de dejar y de agarrar, de mejorar, del pilates y las verduras ecológicas, de leer más y vestir con más estilo. Gilipolleces. Todo es una terrible mentira que pretende llenar los vacíos que otro verano nos dejó.

La recompensa a tantos madrugones se ha esfumado y necesitamos autoconvencernos de que no «tenemos trabajos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos». Y una mierda. Tyler Durden seguirá acechando en cada esquina. En ese campo de girasoles que agoniza en este noveno mes idéntico al pasado noveno mes que, a su vez, fue igual que el anterior.

Todo es un gigantesco bucle. Un día de la marmota de dimensiones mastodónticas.

Lo disfrazamos de flores, porque podría ser peor. Podríamos lanzarnos a la calle, correr en busca del primer quiosco y comprar cualquiera de esas colecciones de Planeta DeAgostini, que nos recuerdan que no estamos tan vivos como creemos.

Que sólo respiramos para girarnos hacia el sol huyendo de los ácaros de un suelo de moqueta al que no queremos volver.

Seguimos respirando. Sólo eso. Cabizbajos en septiembre.

bluebird Comunicación
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