Nadie abandona su hogar, a menos que el hogar sea la boca de un tiburón

Nadie abandona su hogar, a menos que el hogar sea la boca de un tiburón

nadie abandona su hogar a menos que
el hogar sea la boca de un tiburón
sólo corres hacia la frontera
cuando ves a toda la ciudad corriendo también
tus vecinos corriendo más rápido que tú
aliento sanguinolento en sus gargantas
el chico con el que fuiste a la escuela
el que te besó tontamente tras la antigua fábrica de latas
está sosteniendo un arma más grande que su cuerpo

sólo abandonas tu hogar
cuando el hogar no te permite quedarte.

Así arranca un poema de la escritora Warsan Shire. Nacida en Kenia, de padres somalíes, vive en el Reino Unido desde que tiene un año y sabe muy bien cuánto duele que te arranquen las raíces; la nostalgia, a veces; la vulnerabilidad del migrante.

Esta semana hemos vuelto a sus letras a propósito de las 629 personas que viajan a bordo del Aquarius, el barco de SOS Mediterranéo y Médicos Sin Fronteras que en los últimos dos años le ha salvado la vida a más de 25.000 personas.

Habéis leído bien, hemos dicho personas —dos veces—. Personas: hombres jóvenes, mujeres mayores, padres y madres, embarazadas, niños, algunos nacidos en el mar.

¿Alguien se imagina el miedo de parir en alta mar?

El miedo de salir de tu casa para no volver nunca más.

El miedo de cargar con tus hijos y tus sueños a cambio de sobrevivir.

El miedo de la separación, algunas irreparables.

El miedo de no saber si lo vas a conseguir.

Desde luego, no aquellos que durante estos días han hecho gala de su crueldad, maldiciendo que, por una vez, un gobierno de este santo país haga algo bien, y les haya devuelto la esperanza.

¿Quiénes somos nosotros para negar la “entrada” a nadie? ¿Cómo hemos llegado hasta esta deshumanización extrema? ¿Se nos ha olvidado quiénes somos y de dónde venimos? Nosotros también fuimos exiliados, refugiados, extranjeros. Casi medio millón de españoles huyeron después de la Guerra Civil, algunos llegaron a países como Venezuela o Argelia en barco.  Allí podrían haber estado nuestros abuelos.

Qué dañina es la desmemoria.

Para aquellos que carezcan de empatía, que también los hay, echaremos mano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo 13 dice:

  1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
  2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a su país.

El artículo 14 completa: «En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo y a disfrutar de él en cualquier país».

No seamos tiburones nosotros también. Seamos humanos. Bienvenidos a casa.

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