#MeToo

ANÓNIMA

Sufrí abusos sexuales cuando era pequeña. ¿Sabías que lo más normal es que la víctima conozca bien al agresor?

El abuso generalmente deviene en silencio y autorepresión, como fue mi caso. En largos años de silencio, vergüenza, culpa, miedo. Si a un adulto medio le cuesta hablar, imagina la resistencia psicológica que se crea un niño o niña. El abuso explica mi ansiedad crónica convertida en trastorno alimenticio (caí dos veces en la bulimia y, aunque hoy esté superada, sigo con trastornos y batallando por decirle cada día a mi cuerpo que es precioso y digno de ser amado), mis depresiones continuas, mis pesadillas, mi baja autoestima, mi tendencia a la autodestrucción y a enredarme en relaciones tóxicas, mis pensamientos suicidas, la merma de mis habilidades sociales, mi insomnio, mis graves problemas de identidad, mi sensación permanente de «No estoy bien, no encajo, no puedo» y la dificultad para desarrollar vínculos afectivos sanos. Un abuso no es un acto sexual: es un acojonante efecto dominó sobre el alma de otra persona, es un acto de dominación y poder.

Mucho tiempo después me liberé yo sola: lo conté. Tantos años evitando enfrentarme a mí misma dolieron como si me abrieran en canal. El cuchillo revelador fue un libro feminista, concretamente una frase: «Si no lo cuentas, nunca pasó». Me sorprendió mi entereza mientras verbalizaba, supongo que ya había llorado bastante por dentro. Cuando lo conté, poco a poco y escogiendo bien a quién quería abrirme, mi entorno me arropó. Y sentí que me devolvía una parte de mi vida a mí misma desde la sinceridad, la coherencia y el amor propio restituido. Como tras una catástrofe, tocaba hacer balance de daños y ponerse a reconstruir destrozos. Empezaron mis autocuidados intensivos. Los demás entendieron mi vulnerabilidad, aunque yo me considero ante todo una superviviente, y los supervivientes son extremadamente fuertes. Leí que nunca es tarde para tener una infancia feliz. Estoy de acuerdo.

Sigo sin plantearme mi identidad en términos de odio, rencor o perdón, porque en mi autoconcepto no hay espacio para el agresor: tan sólo para mí misma, para mi crecimiento, mi bienestar. Elegimos ser a partir de lo que nos dieron, de lo que nos hicieron, por eso rechazo el papel de víctima para elegir el de mujer consciente y alerta. Lo único que siento desde entonces es una paz inmensa y la convicción de que nadie llegará a quererme nunca como yo lo hago hoy. La reconquista de todo lo que alguien nos arrebató —la dignidad, el valor, la confianza, la alegría, la ilusión por las pequeñas cosas, la seguridad en una misma— se hace día a día, pero es un camino que no puedes hacer sola. Aunque a veces es difícil, a medida que se avanza va siendo más reconfortante.

Tu cuerpo te pertenece y silenciar cualquier forma de abuso es condenarte al exilio de ti misma. Si no lo cuentas nunca te habitarás. No importa si es un compañero de trabajo, un familiar o un desconocido: la culpa nunca es tuya y podemos ayudarte. Yo sí te creo. Habla. #MeToo

ÁNGELA MÁRQUEZ

El señor que me gritó: «Tienes pinta de tener un gran coño». Él tenía más de 50 años. Yo 12 y ni siquiera pecho. Los que lo oyeron no hicieron nada. Hubo dos que rieron. La vergüenza.  El asco. El miedo.

El chico que se pegó a mi espalda y rozó su sexo conmigo todo lo que pudo hasta que bajé corriendo en la siguiente parada. La parálisis temporal en mi cuerpo. La vergüenza. El asco.  El miedo.

El hombre que me siguió durante 35 minutos del que sólo recuerdo su sombra. Muy pegadita a la mía. Y cómo me empujó a un pasaje. Y cómo metió su mano bajo mi falda. Y cómo salió corriendo. Y cómo el sudor frío en mis manos que apretaban el manojo de llaves por si necesitaba defenderme pero que fui incapaz de utilizar. Y las duchas sucesivas que no parecían suficientes. Y la vergüenza. El asco. El miedo. #MeToo

Una de cada cuatro mujeres en Washington D.C. ha experimentado algún tipo de acoso sexual en el transporte público.

TAMARA FARIÑAS

Seguimos sin entender exactamente que el acoso no es algo que se produce desde el momento en el que alguien toca a otro alguien sin consentimiento. El acoso empieza en la vista, en la palabra, en algo que muchas veces ni desde el principio somos conscientes de qué es. Y otras tantas no percibimos el acoso como lo que es hasta que alguien con un nombre que suena mejor que el nuestro y que tiene una mayor proyección cuenta, en otras palabras, una historia que nos suena. Un día, de repente, entendemos que aquel jefe que miraba lascivamente a una compañera, o a nosotras mismas, ya estaba siendo un acosador. Mientras nadie habla. Y otro día, comprendemos que que nos griten «¡bonita!» por la calle no es ningún piropo. Y al final ya somos capaces de decir, quizás con la voz suficientemente alta como para que nos oigan pero aún atenuada por la vergüenza y el pudor, que todas, absolutamente todas, tenemos una historia que contar. Pero cuando creíamos sentirnos liberadas todo vuelve a su sitio y nos dicen: «¿Y por qué lo cuentas ahora, y no lo hiciste entonces?». Y agachamos la cabeza y creemos que no tenemos otra opción. Porque incluso cuando sabemos identificar el acoso, cuando tenemos fuerza suficiente para denunciarlo alguien nos mira, cambiando la mirada lasciva por otra que deja ver un paternalismo que nos juzga, sin razón y sin sentido, y esta vez es nuestra alma la que está siendo acosada para que no hable algo de lo que otros podrían sentirse culpables. Y así, siempre la culpa es nuestra#MeToo

RAQUEL G. IBÁÑEZ

Los diecitantos

Convivir en el instituto con la rifa de carne diaria, entendiendo la virginidad como un lastre que debe ser superado, cuanto antes mejor, asumiendo que parte de todo ello, pasará a ser información de dominio público en el patio, en corrillos y en grupos.

Comenzar a salir de fiesta, en tu pueblo, en tu barrio. Asistir a botellones y creerte rebelde, lo de siempre. Grupos de chicas con chicas, de chicos con chicos. Ser una pieza más, una línea en una lista que debe ser tachada.

Negarte a formar parte. El aislamiento y el destierro a los márgenes: la rara. Después, el castigo: la fea, la estrecha, la difícil, la gorda, la indeseable.

Los veintitantos

Hacer la matrícula de la universidad mientras futuras compañeras te dicen «en esa clase no. El profesor es un baboso».  Que lo entiendas como algo factible dentro de la institución universitaria.

Cinco años después, sigue ahí. Las historias sobre él y cómo trata, mira y evalúa a las alumnas, también.

La vida nocturna y ser abstemia son dos factores que me han permitido controlar más pero, a la vez, ser testigo de ciertos modus operandi demasiado frecuentes. Beben, bailan, se divierten. La chica no quiere, el chico le da de beber más, le coge de la cintura bajando su mano hacia su culo y acerca su cara a la de la chica. La chica baja la barbilla, retrayéndose sobre sí misma. El chico la acerca agarrándole más fuerte, le levanta el mentón: a veces dirá algo ridículo digno de comedia romántica, otras veces gruñirá borracho, otras simplemente le meterá boca insistentemente.

Seguramente haya un grupo de amigos a menos de cinco metros contemplando todo, riéndose de él y a la vez aplaudiendo sus maniobras torpemente. En caso de que una amiga de ella se acerque a mediar en la situación, será una variable mal acogida: «Ya llega la amiga pesada a cortar el rollo», dirán.

En lo personal, he tenido que sufrir el aislamiento por no “dejarme llevar” No obstante, aunque no haya experimentado encontronazos esporádicos en el ámbito festivo, sí he tenido que aguantar comportamientos de este tipo dentro de las relaciones que establecía: Primer novio, el novio del “nunca más”, el que “te dejas llevar” porque ya que todo el mundo te lo reprocha, piensas que con él sí merecerá la pena. El segundo, tercero, cuarto… el rollo estable de entre medias. Los tíos que aunque te hayan dicho «te quiero» se quedan chafados porque estés cansada, porque un día tengas otras prioridades, ya sean dormir, currar, o leer. Los tipos que elogian tu cerebro pero que en algún momento cuestionan tu cuerpo, se ríen ligeramente de tus dudas dinamitando tu autoestima fugazmente. Aquellos que te enfadan contigo misma porque, sólo con ellos, “traicionas tu feminismo”: en la calle, en el dormitorio y, mucho peor, entre la cabeza y el corazón.

Aquellos que, cuando se van o cuando los echas, te sumergen en un proceso de reidentificación con una misma. Aquellos a los que no echas de menos.

La madurez  

Comienzas a currar en cosas que te gustan por muchas horas y por poco dinero, creyendo en la meritocracia como un camino a largo plazo pero certero. La letra pequeña es descorazonadora: tu silencio y docilidad es la clave.

Aguantas comentarios, aguantas jerarquías, aguantas “lo normal”. Porque es normal sentirse el último eslabón, porque es normal que ser joven implique ser un objeto, porque lo normal es sonreír frente a cualquier falta de respeto, porque lo normal es esquivar los encontronazos con elegancia, haciéndote la tonta y al día siguiente borrón y cuenta nueva.

Vas cumpliendo años (con la preocupación de la vejez y todas las cosas que debemos cumplir a rajatabla como mujeres que van acumulando años en su documento de identidad) y empiezas a sospechar que todo “lo normal” es un sinónimo de bullshit, de una mierda muy perversa, muy dañiña, que te puede llegar romper emocionalmente.

Y acudes todos los días a un trabajo donde las mujeres, además de hacer todo lo importante y no aparecer en los créditos, deben saber sonreír y poner cafés en las reuniones donde seguramente le han hecho entender que acude como una más. Donde en el organigrama del curro, los jefes son hombres, las ejecutoras son mujeres y los salarios, como es de esperar, son desiguales. Donde, en cada reunión, en cada visita, descubres un hombre mirando de arriba abajo tu cuerpo, tus tatuajes, tu color de pelo. Donde te preguntan tu edad, tu estado civil. Donde, cuando prefieres dar la mano en vez de dos besos, sabes que acabas de cerrar la puerta a un trato.

Y en aquellos trabajos no alimenticios, donde realizas proyectos por amor (al arte, en su mayoría), ves como el networking se ha enviciado dejando de ser esa herramienta de marketing repleta de post-it y tarjetas de visita, al menos para las mujeres. Las que tenemos que estar siempre perfectas, no querer ser madres, ocultar nuestras parejas: ser, literalmente, 100 por 100 disponibles. Donde aguantamos a coleccionistas decir «No compro obra de mujeres porque su carrera se acaba cuando tienen hijos», o huimos elegantemente de las propuestas indecentes de algunos comisarios, que de manera invisible te “hacen una oferta que no podrás rechazar”.

Las que nos sentimos culpables de escribir esto con las tripas revueltas, autocensurando detalles, nombres, narraciones escabrosas. La culpabilidad de ir a lo génerico por evitar remover recuerdos que creíamos ya sobrepasados, por no querer ver nuestra vida, nuestra intimidad expuesta, por no volver a sentirnos rotas. La ansiedad que genera leer caso tras caso en los periódicos y ver que es algo tan generalizado que asusta pensar en cómo puedes cambiarlo. El pensar en que las nuevas generaciones de chicas, las que ahora mismo están saliendo de las tripas de sus madres, no deberían tener que escribir #Metoo en sus vidas. #MeToo

En EEEUU, el 23 por ciento de las estudiantes universitarias declararon haber sufrido algún tipo de agresión sexual o conducta sexual indebida.

ANÓNIMA

Tengo 36 y he olvidado muchas cosas; supongo que porque a mi memoria le estorbaban, como decía aquella canción de Héroes. Tengo que hacer grandes esfuerzos para volver a mi infancia y a mi adolescencia. Si apuro un poco, recuerdo lo fácil que era que te tocaran el culo o las tetas, aunque dijeras que no. O aunque ni siquiera te diera tiempo a decir nada. También la ilusión que me hacía que me silbaran por la calle, como si aquello sirviera para engordar mi ego. Gusto. Les gusto. Todo está bien.

Pasé miedo muchas veces al volver a casa sola. Aceleraba el paso como si me estuvieran persiguiendo. Una vez paró un coche a mi lado. Estaba lleno de chavales que me decían algo mientras se reían y me invitaban a subir. Entonces ya no me hacían tanta gracia los silbidos y provocaciones. Corrí  rápido, tan rápido como dudo haya llegado a correr nunca.

Ya pasaba los 20 cuando me enganché a una relación tóxica con uno de esos chicos que te dicen «buenos días, princesa» cada mañana mientras controlan absolutamente todo lo que haces. Una persona celosa que entra en cólera si te pones una camiseta que enseña más carne de lo que considera que se puede permitir. Una persona de esas cuyas caras pueden hacer que te tiemblen las piernas y el alma de puro miedo. Imposible olvidar el día que me persiguió en coche, con la cara desencajada. Fueron casi diez años, hasta que dije basta ya. #MeToo

MARIASCEN MARCELINO

Cejas anchas en un rostro castaño de ojos de almendra, el vestido azul cielo raso y el cabello sujeto al lado izquierdo de mi alma inquieta, un cuerpo por esculpir en el que despuntaba ya la mujer que debía de nacer, en las sandalias planas de mi zapato  de niña de aquél verano en el que descubrí manos adultas que querían barrer de mi cuerpo la inocencia que aún guardaba de mis 14 años sin cumplir. Un estío de rosas, salitre y sol, de diario de hojas arrancadas, y de palabras mudas que no salieron de mi boca, de culpabilidad y de vergüenza, de silencio y de rechazo, de miedo a otras manos y de otras miradas que  me despertaron del limbo y me lanzaron de lleno al mundo real del deseo de los  otros, no al mío. Y dije no. Muchas veces. #MeToo

En la Unión Europea, del 45 al 55 por ciento de las mujeres han sufrido acoso sexual desde los 15 años.

PILAR CÁMARA

Recuerdo tener 15 años. Volver a casa en el metro a eso de las diez de la noche. 15 años. Un hombre de más de 70, bigote blanco, sombrero negro, me manosea. A mí, que tengo 15 años. No digo nada. No puedo decir nada. No hago nada. No puedo hacer nada. No me lo permiten ni la culpa ni la vergüenza.

Recuerdo tener 20. En el trabajo. Un hombre, uno de mis jefes, me comenta lo siguiente: «Esos pantaloncitos te los tienes que poner más días, porque lo digo yo, que soy tu jefe». Y se ríe. No creo ni que se acuerde. No creo que jamás se me olvide. No digo nada. No puedo decir nada. No hago nada. No puedo hacer nada. No me lo permiten ni la culpa ni la vergüenza.

Recuerdo tener 33. Estar embarazada, en una feria. Un hombre joven pasa por mi lado, muy cerca de mí, y murmura mirándome la tripa: «Ojalá te la hubiera hecho yo». No digo nada. No puedo decir nada. No hago nada. No puedo hacer nada. No me lo permiten ni la culpa ni la vergüenza. #MeToo

NAZARET CASTRO

Me resisto a hablar de las ocasiones en las que me he sentido sexualmente agredida porque ya sé cuáles van a ser los comentarios al respecto. #MeToo

En algunos países, hasta un tercio de las adolescentes afirma que su primera relación sexual fue forzada.

GENOVEVA ARCAUTE

Cuidar a las niñas, nunca será dicho suficiente
pero
cómo se las cuida en casa,
del novio de mamá,
del padrino
del tío
del hombre que está abajo atrás de un escritorio
y sube a reparar lo que está roto
del profe de gimnasia que ayuda
a hacer la vertical
¿ponerle camarita en la braguita?
¿un botón a mamá en en una mano?

enseñarles a gritargritargritar
contarcontarcontar
corrercorrercorrer
señalar con el dedo como un arma#MeToo

ANÓNIMA

Crecí viendo como un hombre mayor se masturbaba delante de mis amigas y de mí en el parque. Era algo normalizado e, incluso, parecía  gracioso…

De adolescente, tuve que refugiarme en casa de unos desconocidos porque un hombre me perseguía.

A una vecina la intentaron violar en la puerta  de su casa. Muchas veces dejé de salir por la noche por el miedo de volver sola a casa. Y ya, directamente, no salgo. Me he cansado de que me traten como un objeto sexual y tener que quitar manos de mi culo. El colmo fue una noche que  pedí a un portero que echara a un chico que  me tocó. El portero, después  de dudar de mi, le recomendó al chico que tuviera más  cuidado.

Tuve que huir de un taxi en marcha porque el taxista cambió su rumbo mientras me decía «¿tienes miedo?».

Un jefe hizo el gesto de bajarse la  bragueta cuando reclamábamos  mejoras laborales.

En el metro un desconocido me invitó a tomar algo con él. Le dije NO. Aún así, se bajó en mi parada y fue directo a darme  un beso.

También he lidiado con la culpa, tan nuestra. Me han llamado loca, histérica y han conseguido que me sienta así, sólo por expresar mis necesidades y establecer límites.

He visto a otra mujeres como enemigas, ya que nos han enseñado a competir entre nosotras.

Pero no, chicas, ya no paso una. Ante el mínimo abuso, grito. Y he encontrado en otras mujeres mis grandes aliadas. Somos cuerpos vulnerables, pero la unión hace la fuerza. #MeToo

Beatriz Araujo

Después de la tormenta siempre llega la calma, decían, y cuando la tormenta pasó, me quedé a solas conmigo misma. Algo dentro de mí me impulsó a escribir a aquella mujer, la había odiado durante tanto tiempo…

La odiaba porque era “la mala”, la mujer que «había destrozado» la vida de mi pareja, pero cuando mi pareja se empeñó en destrozarme la vida a mí, comenzaron a cambiar las perspectivas.

Aquella mujer me dijo que sabía que algún día yo la entendería, y hoy por hoy la entiendo y la respeto. Después de años de absurdo enfrentamiento, pasamos a estar en un mismo bando, el bando de “las malas”.

Fue ahí cuando me reconocí en ella y le pedí perdón, perdón por haberla juzgado. Nos perdonamos, compartimos experiencias y nos ofrecimos nuestro apoyo. Somos muchas las que sufrimos o hemos sufrido maltrato, ya sea físico o psicológico, o acoso, disfrazado de relación amorosa.

En mi caso necesité tocar el fondo del amor insano, para que mi amor propio brotara y me sanara. No sólo me liberé de un amor tóxico, sino que aprendí a amarme a mí misma.

Hoy por hoy doy gracias a aquella mujer y a todas las mujeres que con sus testimonios nos abren los ojos y allanan el camino. El camino es largo pero la igualdad es posible.

Nunca subestiméis el poder de la sororidad#MeToo

El 23 por ciento de las mujeres de Londres Norte han sido víctimas de un intento de violación o de una violación consumada por parte de su pareja a lo largo de su vida.

ANÓNIMA

Noche de fiesta, algunos amigos, te sientes en confianza y no puede pasar nada malo. Hasta que vas al baño, sola. Cuando abres la puerta para salir te encuentras con alguien que te mira y de golpe te vuelve a meter en el baño, te arrincona contra la pared con ninguna buena intención. Intentas escapar, pero él es más fuerte. Reúnes todas tus fuerzas, le empujas y sales corriendo. Te vas del lugar con un secreto que te revuelve cada día la conciencia. #MeToo

ANÓNIMA

Me han tocado en el autobús. Me han enviado fotos de pollas en erección. Me han hecho comentarios sobre mi físico hombres de toda edad y condición. Me han hecho sentir miedo. Me han arrinconado, borracha, en el baño de un bar. Me han obligado a bajar la mano hasta la entrepierna una vez, dos, diez, mil veces. Me han obligado a bajar la cabeza hasta la entrepierna una vez, dos, diez, mil veces. Me han follado estando dormida. Supongo que me han violado. Me han disfrazado el amor de perversión. A veces he dudado si debía sentirme halagada. Siempre me he sentido culpable. Y todo porque siendo muy niña alguien me dijo que esas cosas me pasaban porque era «muy guapa». #MeToo

120 millones de niñas de todo el mundo han sufrido relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas.

ANÓNIMA

Llegó llorando. Cabizbaja. Él le había dicho a los compañeros de clase que la había tocado “ahí”. Todos se rieron. Era mentira. Avergonzada intentó contárselo a la profesora quién le espetó que se dejaran de tonterías. A la salida de clase nos acercamos a su padre quien en un alarde de elegancia le dijo delante de nosotras a su hijo que a las chicas de clase debía tratarlas como a princesas. «No, señor. No las debe tratar como a princesas sino como a compañeras», le respondí. La mirada de ella sin embargo me decía que le había fallado. Tenía sólo seis años y ya había conocido el machismo. #MeToo #HerToo

2.600 millones de mujeres y niñas viven en países donde la violación en el matrimonio no está explícitamente penalizada.

CAROLINA MÉNDEZ

El primer acoso sexual lo sufrí a los seis años, el último fue hace unas horas cuando volvía de la facultad. El primer acosador fue un vecino de casa, el último, un desconocido de la calle. Entre el primero y el último han sucedido varios: un jefe de prensa, un taxista, un colega, un profesor. He tenido que aguantar desde “propuestas sutiles” hasta hombres masturbándose en la calle. YA NO MÁS. #MeToo

BELÉN BUENDÍA

¿Sabéis qué es lo mejor?

Que a diferencia de lo que muchos piensan,
no luchamos por impulsar el feminismo.
En realidad, luchamos para que desaparezca.

Para no tener que justificarnos nunca más
por ser mujer.

Para que eso que es “normal”
empiece a ser lo que realmente es: INJUSTO.

Para dejar de tener
miedo, asco o frustración.

Para decir basta
a “asumir las cosas”.

Para que se deje de hablar
de hombres y mujeres
y se hable de personas.

Cuando deje de importar
lo que haya debajo de la ropa interior,
entonces, señoras y señores,
existirá la igualdad. #MeToo

Ilustración: Sharon Brogan ©

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