Los libros que somos

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«Era un bibliófilo, aunque desencantado, y eso y el mundo conformaron mi carácter». Ojalá lo hubiéramos dicho nosotros, pero no. Lo dijo Bukowski, como si hubiera mundo más allá de los libros.

Como si hubiera palabras más allá de las manos de esos a los que llamamos escritores. Como si hubiera imaginación más allá de sus puntos y coma. Como si hubiera dolor más allá de un punto y final sin epílogo. Como si el amor no se acabara más allá de unos puntos suspensivos que nos dejan sin aliento. Como si la lectura no fuera todo lo que somos. No fuera todo.

Fuera todo. Todo.

Todo.

Todo el inconformismo. El malestar. La nostalgia. Los anhelos. Los sueños. El amor. El odio. La resiliencia. La bienvenida. El adiós. Siempre. Y nunca.

Todo.

En los libros que fuimos. Los libros que somos. Los libros que seremos.

Ningún 23 de abril tendrá más letras que un 11 de junio o una mañana de Navidad. Porque todos los días echaremos a volar, con el olor a tinta vieja pellizcándonos la nariz. Los ojos como platos. Las manos sonando a papel rasgado. Al fondo, todos ellos: poetas, narradores, dramaturgos. Artistas de tres sílabas, como capítulo.

Y, sin embargo, pese a todo esto, hacemos nuestras, siempre, las palabras de Saramago: «El hombre más sabio que he conocido no sabía leer ni escribir».

La ilustración que acompaña a este artículo es de Facundo Mascaraque.

bluebird Comunicación
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