La lectura es grito, desgarro, cicatriz o cura

Libros, ¡qué lugares!Cuando está la luna
sobre el horizonte
muchos enanitos
juegan en el monte.
A las esquinitas
y a la rueda, rueda,
juegan los enanos
bajo la arboleda.
Muy blanca la barba,
muy rojo el vestido,
los enanos juegan
sin hacer ruido.
Y así, como blandos
ovillos de lana,
por el campo corren
hacia la montaña.

Para muchos de nosotros la historia de nuestro amor por los libros comenzó así, con este poema infantil cantado a coro en un aula de pupitres marrones y suelo gris, tan fea que no nos quedaba más remedio que soñar con otros mundos más allá de lo que veíamos, día tras día, a través de la misma ventana, intentando alejarnos del lugar donde se empeñaban en cortarnos a todos por el mismo patrón, obligándonos a leer, a memorizar, a ser de una determinada manera, mortalmente aburrida.

Más allá había otros lugares, mágicos, de enanos que jugaban sin hacer ruidos, duendes a rayas, frailes y sus borricos, abuelas inventadas con nombres tan preciosos como Opalina. El Barco de Vapor nos salvó muchas tardes de aquellos deberes con los que dividíamos fracciones o aprendíamos eso que siempre nos pareció tan absurdo: raíces cuadradas. Como si la raíz no oliera a tierra.

En un mundo en el que se nos anestesia desde pequeños —no vaya a ser que nos demos cuenta enseguida de que la vida es otra cosa— los cinco sentidos, con toda su verdad, sólo se encuentran entre las tapas de un libro. Y nos muestra lo que somos, haciéndonos sentir, a veces, tan vulnerables que duele, pero mucho más sabios si es que eso sirve para algo.

La lectura nos trae la calma, el silencio, la certeza de que podemos dejar abandonarnos a nuestros pensamientos o todo lo contrario. La lectura es compañía y soledad. Es grito, desgarro, cicatriz o cura.  Besos, sangre, locura, cordura. Un puñado de letras que, correctamente ordenadas, hacen que saltemos por los aires.

La lectura nos ha proporcionado algunos de los momentos más importantes de nuestra vida —llorar de risa siempre lo es—. También el regusto de la amargura. Porque leer se sufre y se disfruta. Leer es pureza y suciedad, es dulzura y dureza, son sueños y verdades. Es necesidad.

Necesidad.

Necesitamos libros. Necesitamos más libros. Todo está ahí. Lo demás no importa nada.

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