Las bicicletas (ya no) son para el verano

Que el verano está lleno de esperanza nos lo enseñó, a golpe de poesía, Antonio Soler en ‘El camino de los ingleses’, una novela de las que se te agarra y ya nunca te deja en paz. Quizá porque nos hemos hecho mayores y, un día, se nos olvidó que los sueños se pueden quedar en el mundo de los sueños, pero tú y yo, no, tú y yo, no.

Puedes que las bicicletas sigan siendo para el verano, pero no tiene sentido si no las montas reconvertido en salvaje —da igual si en un paseo marítimo o por las calles empinadas de un pueblo de Castilla—, con las rodillas repletas de costras que te recordarán quién fuiste cuando, con el futuro reconvertido en presente, te hayas convertido en quien nunca habías querido ser.

El verano nos recuerda, año tras año, que quizá crecimos demasiado. Que ya no hay bocatas de chocolate. Ni propinas. Ni cuevas que explorar. Ni mercromina en las piernas. Sólo 15 días o un mes que el sistema dice que nos regala para tenernos contentos. Que no haya queja, que no se alce una voz. Todos tranquilos, todos callados hasta volver a la rutina, esa institución penal que nos ayuda a olvidar, una vez más, quiénes fuimos, que tuvimos heridas y la energía suficiente para cambiar el mundo.

Fotografía: Karsten Seiferlin ©

bluebird Comunicación
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