Je suis Charlie (a veces)

Es posible que seamos unos románticos, pero hay algo por aquí que llevamos grabado a fuego: «Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Y no es extraño. Hemos crecido en este santo país en el que esto se cumple a rajatabla. Fijaos que hasta existe una Fundación Francisco Franco subvencionada. Pero, claro, es que este señor bajito de Galicia no era un brutal terrorista, no. A él le debemos tener hoy un rey tan guapo como preparado.

(Qué pena que no sea Felipe I para ahora meter un “Felipe I, te quiere el mundo entero”).

«Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Y no es extraño. Hemos visto cómo el presidente del Gobierno de este santo país, Mariano, “en funciones”, Rajoy viajó el año pasado hasta París enarbolando un ‘Je suis Charlie’ que venía a decir precisamente eso: Que el derecho a decir es sagrado, propio de esas democracias avanzadas con las que tanto se llenan sus bocazas.  Pero, claro, es que Charlie Hebdo se ríe de las mujeres víctimas de la violencia machista, del Papa Francisco, de Mahoma, de los refugiados. No son brutales terroristas, no.

«Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Y no es extraño. Hemos visto cómo uno de los periodistas de cabecera de la derecha más rancia de este santo país, Federico Jiménez Losantos, recientemente confesaba lo siguiente: «Veo a Errejón, Bescansa y Maestre y si llevo escopeta les disparo».

¡Oh, espera! ¡Alguien ha dicho ETA! Escop(ETA)… ¡Corred! ¡Llamad a la Policía! ¡Tirénse al suelo! ¡Rásguense las vestiduras! No, por favor, calma. Quien ha dicho escop(ETA) ha sido un hombre de bien, un español como Dios manda. No pasa nada. Esperemos, aquí agazapados, a que sea uno de esos perroflautas de mierda quien se atreva siquiera a imaginar algo relacionado con ETA para dejar de lado el derecho a decir, el derecho a pensar, el derecho a crear. La maldita libertad de expresión por las que todos juramos morir al grito de «Je suis Charlie». ¡Ja!

No hace falta explicar por dónde vamos con este editorial.

El pasado viernes, 5 de febrero, dos integrantes de Títeres desde Abajo fueron detenidos en el transcurso de su última obra, ‘La Bruja y don Cristóbal’, que se representaba en Madrid, bajo la acusación de enaltecimiento del terrorismo. No vamos a entrar en la discusión de si hay, o no, que hacer cosas políticamente incorrectas delante de un público infantil porque es cuestionable (los que aquí escriben crecimos gozando con ‘La bola de cristal’, por ejemplo) y depende únicamente de lo que deseen sus padres.

¿Pero terminar en la cárcel porque en un momento de la obra aparezca un cartel que reza ‘Gora Alka-ETA’ en el contexto de una representación? ¿En serio? ¿En un país con una Fundación Francisco Franco subvencionada, unos periodistas que hablan de disparar políticos y un presidente del Gobierno que enarbola la libertad de expresión en el país vecino? Algo no cuadra, ¿no?

Y cuadra mucho menos cuando descubres que ‘La Bruja y don Cristóbal’ se estrenó en Granada, con gobierno del Partido Popular, y se volvió a representar dos días después (seguía gobernando el Partido Popular) sin que pasara absolutamente nada.

Qué curioso que el tema de la obra gire alrededor de esa caza de brujas que, a la vista está, no se quedó en McCarthy, sino que continúa en este santo país en el que hoy dos artistas están detenidos e incomunicados por enaltecimiento del terrorismo y podrían enfrentarse a penas de 12 ó 18 años de cárcel. Es terrorífico. La realidad vuelve a superar la ficción. 

Hoy, todos los que alguna vez creamos, imaginamos y lo plasmamos de alguna manera, debemos sentir miedo y convertirlo en rabia. Y gritar bien fuerte ‘Je suis Charlie’. Porque nadie nos va a callar. Nunca. Y seguiremos defendiendo hasta la muerte el derecho a decir de los demás. Pero, claro, es que nosotros somos afortunados y crecimos viendo ‘La bola de cristal’. ¡Qué escándalo!

bluebird Comunicación
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