El horror que se cuela en nuestra cómoda mirada

El horror que se cuela en nuestra cómoda mirada

A veces, parece que se va a acabar el mundo. ¿Por qué? No lo sabemos. Una errata, un mensajero que no llega el día prometido, unas lentejas que nos han quemado la olla en un despiste, un dolor de cabeza.

Mientras tanto, cada día, personas que huyen del verdadero horror mueren en el Mediterráneo. O pierden a su hijo, a su hermano mayor, a su madre, a su compañera de vida.

Está tan de moda ser comprometido como la fragilidad de la memoria. Y somos nuestra memoria. No somos casi nada, porque todo lo olvidamos:

No somos los casi 5.000 refugiados que han muerto este año en el Mediterráneo.

No somos los nueve millones de personas nigerianas que no tienen acceso a alimentos ni los que necesitan atención médica ni los que huyen de la violencia de Boko Haram.

Ni los niños de Alepo, a muchos de los cuales sólo les queda su propia vida.

Nick Finney, director de Save the Children en el noroeste de Siria, alertaba el otro día en un comunicado de la organización: «Los niños del este de Alepo están heridos, aterrorizados, desnutridos y débiles. Durante el día se esconden de los ataques y por la noche pasan muchísimo frío ya que las temperaturas bajan hasta los -4 grados y las calderas no funcionan por la falta de combustible».

Y todo ello en medio de nuestro atronador silencio, cómplice. O nuestras absurdas luchas vía Twitter mientras las bombas siguen cayendo, mientras una barca vuelve a convertirse en ataúd en ese cementerio que antes era canción y ahora símbolo de la vergüenza de un mundo injusto.

bluebird Comunicación
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