Hermana, yo sí te creo

Hermana, yo sí te creoLo raro sería no creerte. Olvidar todas aquellas veces en las que estuvimos a punto de ser tú. Todas las veces que lo fuimos. Que ahogamos un grito o fingimos en un gemido. Que tuvimos miedo. Pánico. Que nos vimos muertas en una cuneta. Semienterradas, desnudas, en una cueva. Que pensamos que la culpa era nuestra. Que nos educaron en la culpa desde aquellas niñas de Alcàsser que se montaron en el coche que no debían. Ellas. Que nos dijeron que calladitas estábamos más guapas. Que nos convencieron de que nuestro peor enemigo era otra mujer. Que nos lavaron el cerebro para que la normalidad fuera valorar nuestros cuerpos. Que nuestros cuerpos se tasan y evalúan. Que son de todos. Que nos silban. Que nos miran. Que nos molestan. Que nos manosean. Desde niñas. Desde que éramos sólo unas niñas. Que nos han tachado de exageradas, de locas, de histéricas. Que nos justificamos. Que hemos visto cómo hombres se masturbaban, riendo, delante de nuestras narices. Que aprendimos rápido que puede atemorizar tanto un gesto como un arma. Que, a veces, los hombres que más deben quererte son los que te destrozan la vida. Que sufrimos, calladas. Que agachamos la cabeza, porque creímos no tener otra opción. Que tuvimos vergüenza. Que nos vimos desde fuera arrinconadas sin terminar de creer que nos estuviera pasando a nosotras. Que nadie nos dio las herramientas para establecer límites. Que agradamos hasta estar heridas de muerte. Que nos preguntamos por qué no es a ellos a quienes se les educa en la igualdad, en el respeto. Que vivimos en una sociedad injusta. Que nunca creímos en la justicia, porque la justicia también es machista. Que esta semana hemos sentido asco, pena y rabia, porque se nos sigue enviando el mismo maldito mensaje: Morir o callar.

Hermana, yo sí te creo.

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