La fragilidad de la memoria

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Hace un año no pudimos dormir. Una cadena de atentados en París dejaba 137 muertos y 325 heridos. El ISIS se apresuraba a reivindicar los asesinatos mientras todos nosotros revivíamos Madrid y nos apresurábamos a mostrar nuestra solidaridad a través de las redes sociales.

Somos humanos y nos dolió París, el balcón con vistas al Sacre Coeur, Antoine Doinel y ‘El origen del mundo’, donde la muerte no tiene cabida… Igual que dolieron Londres, Madrid y Nueva York. Igual que debería doler Siria, Palestina o Bagdad.

Somos humanos y la memoria nos falla. Vivimos inmersos en la inmediatez. La marea que nos mueve. La actualidad que no para. La vida que parece ir cada vez más deprisa. Ya no es sólo que dejáramos la empatía, el asombro, el apoyo en cuanto apareció otro trending topic, es que no hemos vuelto a ellos.

Las noticias son tan veloces que no nos da tiempo a asimilar un horror cuando ya tenemos otra portada a la que atender, con la que estremecernos.   Y París se esfumó hasta que caminamos por sus calles y nos hicieron el enésimo control de seguridad —la desmemoria también parece atacar sin pudor a nuestras libertades— o hasta que leemos que un concierto de Sting ha reabierto Bataclan.

Y recordamos ese nombre y las imágenes que permanecen en algún lugar de nuestra conciencia. Fotogramas cerebrales que, un día, dejaron de importar. Como las víctimas del terremoto de Nepal, como el terrorismo de estado de Israel, los desahucios, la corrupción, las personas refugiadas.

Tanta muerte, tanta desolación sepultada bajo la siguiente noticia que no puede esperar. El premio es ser el primero en opinar. Como si eso nos fuera a cambiar el mundo.

Fotografía: Per-Olof Forsberg ©

bluebird Comunicación
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