El periodismo apagado

El periodismo apagado

Una semana más introducidos en esa vorágine llamada actualidad que nos consume y nos impide, en ocasiones, conocer a ciencia cierta lo que está pasando en el mundo. Hipotecas, el Supremo, Cataluña, los Presupuestos, niños andaluces, elecciones, Lopetegui, Pedro Sánchez, Brexit, Khashoggi, mariconez… Las noticias, como siempre, se suceden a una velocidad de vértigo.

Y sí, somos incapaces de procesarlo. Al menos no como lo procesábamos antes. Quizás lo más triste es que el periodismo es incapaz, o se siente incapaz, de explicar a la población lo que está pasando. Ha vencido la sobreinformación como método de aborregamiento o adormecimiento. Lo que pensábamos que iba a ser un gran aliado en el acceso al conocimiento, como es Internet, se ha convertido en un gran archivo donde abundan los hechos, se cuelan y dan por buenas miles de noticias falsas, y apenas hay espacio para el análisis.

No hay ejercicios didácticos. Ni del periodista ni de los medios de comunicación. Al medio no le interesa y al profesional de la comunicación quizás no le dejen. O a lo mejor es simplemente que no tiene tiempo. Pero nadie se para a explicar a su lector, su oyente o su receptor lo que está pasando. Por ejemplo, en el caso de las hipotecas, sus cláusulas, los bancos y el Supremo, apenas hemos visto una explicación coherente de qué ha pasado. Simplemente se lanzan noticias, reacciones y poco más. Y lo siguiente ya era otra noticia, otro tema o algo novedoso, pero no hay análisis.

Si un lector quiere encontrar en un medio de comunicación una explicación a todo lo que sucede con su hipoteca, lo va a tener difícil en un mar de información. Tendrá que quedarse con la información sesgada que encuentro en un informativo, en los minutos de radio o, aquel que lo haga todavía, en las páginas de un periódico. Y para encontrar análisis en profundidad, a lo mejor tendrá que conformarse con encontrarlo en unos pocos caracteres en las redes sociales o quizá en algún vídeo en YouTube. O en ninguna parte.

El periodismo está apagado. Esa inmediatez que en algún momento fue tan aplaudida ahora es la que manda y dicta las reglas. Impide al lector hacer su propio análisis de lo que está pasando porque su timeline va demasiado rápido y su cerebro, cuando quiere comenzar a pensar en un tema concreto, ya está recibiendo cantidades ingentes de información de lo último que acaba de pasar en el mundo.

Y así minuto a minuto, hora a hora, día a día, semana a semana… La actualidad se ha convertido en una sucesión de acontecimientos tan rápidos que el periodismo simplemente tiene que limitarse a darlos. O eso parece. Todo vale con tal de conseguir clics, me gustas o lo que sea en las redes sociales. Está claro que en esa sucesión de hechos que transcurren a la velocidad del rayo queda poco espacio para el análisis o para que alguien intente explicar a otro alguien en qué le afecta la decisión (o no decisión) del Tribunal Supremo sobre las hipotecas.

Está claro que no sabemos hacia dónde se dirige el periodismo. Pero estamos seguros de algo: lo hará a una gran velocidad y nadie se parará a explicárnoslo.

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