El nulo progreso moral de nuestro país

El nulo progreso moral de nuestro país Esta semana nuestro amigo Antonio Arévalo ha tenido que recordar esa máxima de Gandhi que dice: «La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que se trata a sus animales». Lo ha hecho a su pesar, al nuestro, al de la protectora Peludos Los Pedroches —cuyos voluntarios tuvieron que enfrentarse a semejante monstruosidad— y, en definitiva, al de cualquiera con un mínimo de humanidad. Es curioso que este adjetivo se nos quede grande, precisamente, a los seres humanos.

El pasado martes, 17 de julio, Peludos Los Pedroches recibía un aviso de que había dos cachorros agonizando dentro de un saco en unos contenedores de Pozoblanco. Cuando llegaron ya estaban muertos. Mejor dicho, asesinados. Las imágenes son demoledoras. Por eso no las compartimos aquí, pero dejamos el enlace por si alguien quiere contemplar el horror de primera mano.

¿Qué tipo de crueldad extrema lleva a una persona a introducir dos perros vivos  en un saco y echarlos a un contenedor como si fueran basura en lugar de pedir ayuda?

En España cada tres minutos se abandona a una mascota. Una de cada tres es un cachorro. Alrededor de 300.000 animales son abandonados cada año. Un récord cruel, porque nuestro país es el estado de la Unión Europea en el cual se producen más abandonos. Es dramático.

Pero lo que hemos visto esta semana es un paso más. Una atrocidad. Una barbaridad. Es maldad. Pura y dura. De la que encoge el corazón y nos hace preguntarnos qué tipo de monstruos somos. Quizá porque nos toca más cerca que otras monstruosidades:

En Barcelona han aparecido 30 cachorros muertos en un congelador.  

Una joven ha encontrado tres gatitos asesinados a palos en Port de Sóller, en Mallorca.

La Guardia Civil asiste a 191 perros maltratados en un centro canino en la Comunidad de Madrid.

Todo esto en los últimos días. Todo esto sin salir de España. Todo esto sin que pase absolutamente nada.

¿Hasta cuándo?

Ojalá fuéramos tan humanos como ellos, que manejan un concepto superior del amor, sólo comparable al que sentimos cuando somos niños. Como dijeron Toby y Eileen Green: «Mi meta en la vida es llegar a ser tan maravilloso como mi perro cree que soy».

Hasta entonces, nuestra nación seguirá siendo minúscula y nuestro progreso moral nulo.

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