El clasismo enseña la patita

El clasismo enseña la patita principal

«El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo.

Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro».

Así comenzaba el discurso de aceptación del Nobel de José Saramago, un escritor al que echamos de menos cada día, por su imaginación capaz de fluctuar entre el pesimismo y la utopía, por su compromiso político y, sobre todo, por hacer más digna la dignidad.  

Esta semana hemos vuelto a él, porque este país ha vuelto a hacer gala de ese clasismo que escondemos y que, de vez en cuando, asoma la patita. En cuanto nos dan la oportunidad, la verdad.

La excusa ha sido el ya famosísimo encontronazo entre Letizia Ortiz y Sofía de Grecia a las puertas de la catedral de Palma [por cierto, ¿todavía no vivimos en un país laico?].

Los comentarios tipo «¿qué se puede esperar de la nieta de un taxista?» han sobrevolado las redes sociales, las barras de bar y las sobremesas con una normalidad pasmosa. «Plebeya», esa palabra tan de otras épocas más oscuras, reconvertida en adjetivo, también.

clasismo

¿Cómo demonios volveremos a ser en algún momento un país republicano si todavía creemos que ellos, los de la gracia de Dios, son seres superiores?

También estos días han aparecido como personas más elevadas aquellas que acumulan títulos, cuantos más, mejor. Todo, por supuesto, a tenor de la penúltima vergüenza del Partido Popular: la del máster de Cifuentes.

Algunos han aprovechado el delito para sacar a relucir sus diplomas, másteres, doctorados, cursos de verano y hasta el B2 First de Cambridge, como si todos ellos demostraran algo que se nos escapa más allá de que este santo país también adolece de titulitis.

No debemos olvidar que la jeta de Cristina Cifuentes, otrora azote de los corruptos, es inmensa, tanto como lo fue la dignidad de Saramago, un ser humano, tan humano que era incapaz de medir la valía de nadie por sus orígenes o sus estudios.

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