¿Cuánto cuesta la nostalgia?

nostalgia

Nos vais a permitir que sean los recuerdos y no la realidad los que protagonicen este editorial. Pero nos entenderéis. Lo haréis, al menos, si a vosotros también os rompió el corazón ‘Toy Story III’, porque os enfrentó a la terrible realidad de que caímos en la trampa y crecimos demasiado.

Tenemos la certeza de que ‘Toy Story IV’ nos traerá la historia de los hijos de Andy, porque es precisamente en ese punto en el que nos encontramos muchos de los que crecimos con las películas de Disney y Pixar. Nuestros hijos nos ponen frente a la infancia que tuvimos y no frente a la que idealizamos.

Y eso lo saben las grandes compañías. Que la nostalgia tiene un valor incalculable, también monetario, porque, ¿qué no seríamos capaces de gastar para volver durante un momento a ese mágico lugar? ¿Para que nuestros hijos nos acompañaran hasta allí?

y todo
en tu pupila
impregnada de infancia

(Clara Janés)

Así, se suceden las estrategias de Disney y las recibimos como si no hubiera pasado el tiempo y soñáramos con tener dos mejores amigos como los de Ariel o una biblioteca como la de Bella. Que si una manzana te tiene que matar es mejor que lo haga por un hechizo que por una simple, y aburrida, alergia. Que allí todo es mágico. Por eso, llenamos los multicines para ver a Emma Watson reconvertida en «una muchacha de los más extraño» o Primark nos vende juegos de té, que en realidad son la señora Potts y Chip. «Ojalá cobren vida», pensamos antes de recordar que caímos en la trampa y crecimos demasiado.

Y porque caímos en la trampa y crecimos demasiado nos damos cuenta, al pensar en frío, que no es más una maldita treta para que sigamos consumiendo en busca de ese maldito dorado, que es, a veces, la infancia. Que compremos para que nuestros hijos, ellos sí, consigan una feliz que les ayude a sobrellevar toda una vida cuando los unicornios dejan de esconderse bajo las estrellas que se reflejan en las lámparas y sólo un fotograma es capaz de devolvernos la inocencia. Por un módico precio.

Fotografía: Fabien Lavocat ©

bluebird Comunicación
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