Cerrado por vacaciones

Cerrado por vacaciones

Hubo un tiempo en el que las ciudades se paralizaban en agosto. «Cerrado por vacaciones», rezaban los carteles que se colgaban en los escaparates de los comercios de calles zombies por un mes. Mucho mejor que nosotros lo dice Quique González, y su orgullo de barrio.

«La felicidad consiste en vivir cada día como si fuera el primer día de tu luna de miel y el último día de tus vacaciones», aseguraba Tolstói. Suponemos, entonces, que la felicidad es un verano, de pies descalzos, negros, libres.

O, al menos, lo fue durante aquellos verano de rockys y pelotas de playa azul Nivea, cuando no existían las redes sociales y no era necesarios comprar un flotador gigante con forma de unicornio. El postureo era para los domingos, cuando, propina en mano, en lugar de comprar un Popeye nos comíamos un Negrito.

Ahora hemos crecido y nos conformaríamos con un verano para dormir y leer. Para dormir con la ventana abierta y leer a más mujeres. Para perderse por los ‘Apegos feroces’, de Vivian Gornick; la honestidad brutal de Jane Lazarre, en ‘El nudo materno’; la poesía de Gloria Fuertes, aunque ya no haga 100 años de nada; y las aventuras de esa niña llamada Pippi con la que aprendimos que el anarquismo y el feminismo es la solución a todos nuestros problemas.

Nos tomamos un descanso hasta septiembre, porque, en el fondo, somos unos románticos, ahora que nadie recuerda cómo olía Madrid el último día de agosto después de dos meses en el pueblo.

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