La bendita rebelión de las escritoras

La bendita rebelión de las escritoras, principal

Decía Alejandra Pizarnik: «Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que no conocí, pero que forjaron un suelo común, de aquellas que amé aunque no me amaron, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero».

Somos mujeres y mañana celebramos, por tercer año consecutivo, el Día de las Escritoras. La Biblioteca Nacional ha decidido que sea bajo el lema, y con el tema, ‘Rebeldes y transgresoras’. Bendita rebelión que nos permite hoy leer a Ana María, a Sylvia, a Ángela, a Idea, a Carmen, a Delmira, a Ana, a Gloria, a Edurne, a Elena, a Maite, a Eva, a Clarice, a Patti, a Belén, a Luisa… A tantas y tantas, muchas silenciadas, que nos han enseñado que hay libros que son mujeres, que la poesía es tan necesaria como el feminismo, que debemos continuar, que tenemos creatividad y piel, manos y sensibilidad, talento y gritos, imaginación y hambre… Somos literatura.

«La necesidad de rebelarse contra el sometimiento intelectual y la denuncia por ser y verse consideradas como ciudadanas de segunda cruza la obra de muchas escritoras —poetas, novelistas, dramaturgas, ensayistas— fomentando un nuevo orden social más justo y equitativo», afirma la periodista y escritora Joana Bonet, comisaria del Día de las Escritoras, en este precioso texto. «Historiar la rebelión de las mujeres, rendir homenaje a sus protestas escritas es un modo de recordar que la libertad actual es una consecuencia de sucesivas rupturas. El feminismo, la libertad sexual y la defensa de unos ideales humanistas, así como las contradicciones entre el ser y el parecer, que a menudo las conducen a saltarse el guión, son cuestiones que estarán  presentes en los textos seleccionados», continúa.

Y nos hace recordar, por ejemplo, la dolorosa historia de Ana María Matute y sus palabras: «Nunca se preocupó nadie de mi corazón. Mi corazón y yo crecimos extrañamente, dentro de un mundo frío y distante».

Porque ella siempre decía cosas que si bien en ese momento no tenían sentido, lo alcanzarían muy pronto. Decía, por ejemplo, que la literatura había sido el faro salvador de muchas de sus tormentas. Decía, además, que a la literatura grande se entra por el dolor y las lágrimas.

Seguro que muchas nos grabamos esas palabras sin entenderlas del todo, porque nos reconfortaban. Los libros escritos por mujeres han sido refugio —quizá más casa que refugio—, aunque a veces sean como una caricia macabra de la que brota sangre.

Porque gracias a las que fueron, hoy somos. Y seremos.

Silencio, se escribe. Se lee. 

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