Barcelona

La calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona.

-Federico García Lorca-.

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El teléfono móvil, la radio, el televisor… Todo a la vez, como empeñados en que el exceso de ruido fuera, por una vez, una fuente fiable de información.

¿Y qué importa? Si en Barcelona el silencio duele.

Bueno, no podemos asegurarlo, pero recordamos Madrid —lo vivimos, algunos, incluso demasiado cerca— y cómo dolía. Y cómo oír el silencio era un suplicio de semáforos sin destinatarios y lápidas vacías demasiado llenas.

El jueves el dolor inundó La Rambla, acostumbrada a llenarse de olores y sabores, la calle más alegre del mundo se llenó de nada. Se acabó durante un instante que, para algunos, ya es un para siempre.

Y vuelve esa sensación. Ese mirarse a los ojos para sentir todo sin tener que decir nada. El por qué martilleando las sienes. Un porque sí como respuesta, la más simple y complicada a la vez.

Mientras tanto, para no hablar de la muerte o del miedo, nos enzarzamos en disputas eternas sobre el papel de los medios de comunicación, sobre la conveniencia, o no, de usar cierto tipo de fotografías.

Otros, a sabiendas, continúan con su discurso del odio, su repugnante racismo, porque no respetan nada. No pueden estar en silencio entre tanta muerte. Ni en ese por qué que nadie responde. Porque duele o no es el momento.

O porque ya no hay respeto.

La Rambla sí. La Rambla siempre estará. No se acabará nunca.

bluebird Comunicación
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