Almudena Grandes, la primera

Almudena Grandes

Hace unos días celebramos el Día de las Escritoras, una jornada para recordar aquellos libros escritos por mujeres que han sido casa, refugio, espejo, aventura, calor o sangre. Esta semana celebramos a Almudena Grandes, Premio Nacional de Narrativa por ‘Los pacientes del doctor García’.

Celebramos a Almudena, porque, como dijo nuestra querida Ana Castro, ella fue la primera. La celebramos, porque en sus novelas encontramos otras mujeres que arrollaron la educación recibida y nos hicieron plantearnos un por qué. La celebramos porque no importa el tiempo que pase, ‘Atlas de geografía humana‘ siempre estará ahí, en un rincón privilegiado de nuestros afectos literarios. La novela que nos enseñó que «a veces, las cosas cambian. Ya sé que parece imposible, que es increíble pero, a veces, pasa».

La celebramos porque no olvidamos la intensidad, el pecho estallando —o estallado—, de ‘Los aires difíciles’: «No se puede escapar del infierno, dejarlo atrás, confundirlo, negarse a él, negarlo, negarse a uno mismo». Lo aprendimos mucho antes de necesitarlo.

Y volvemos al prólogo de ‘Las edades de Lulú’, donde se destapa en la lucidez de las siguientes palabras: «Yo creo que la literatura no tiene que ver con las respuestas, sino con las preguntas. Un buen escritor no es el que intenta iluminar a la humanidad, respondiendo a las grandes cuestiones universales que angustian a sus congéneres, sino el que se hace preguntas a sí mismo y las traslada en sus libros al lector, para compartir con él quizás no lo mejor, pero sí lo más esencial que posee. Desde este punto de vista, las certezas son mucho menos valiosas que las dudas, y las contradicciones representan más un estímulo que una dificultad».

Como estimulantes son sus personajes, de los que es muy difícil desprenderse, sobre todo cuando en un momento de tu vida aparece Malena y dejas de estar —o sentirte— tan sola: «Creía sinceramente ser la única criatura en el mundo que experimentaba, que había experimentado alguna vez, los efectos de pasiones tan intensas y tan contradictorias, y me aterraba estar segura de que él no me amaba tanto como yo le amaba a él, pero me aterraba más reconocer que no era su lealtad lo que me atormentaba, sino mi propia dependencia”». Demoledor, como la realidad: «En aquel instante comprendí con una aterradora precisión que hasta entonces mi vida no había sido otra cosa que su ausencia».

Porque gracias a las que fueron, hoy somos —y seremos—, felicidades, Almudena.

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