Star Warriors: el despertar de la fuerza

Ha nacido algo maravilloso en la costa Oeste de Estados Unidos. No es que no hubiera rastro de cosas bonitas en la NBA en los últimos tiempos. No. Si pensamos en la década actual, hemos visto una versión absolutamente ‘Gladiator’ de los Chicago Bulls de Tom Thibodeau, los Boston Celtics asoman con juventud y desparpajo, Indiana Pacers escaló muy alto, hasta lograr acariciar el cielo con las manos, con un Paul George excelente que ahora va volviendo por sus fueros. Y hemos podido ver a un LeBron James que iba sacando versiones mejoradas de sí mismo hasta alcanzar la gloria en Miami Heat. Incluso podríamos citar la temporada pasada de Atlanta Hawks, donde Mike Budenholzer logró exprimir a un equipo muy coral que sólo dobló la rodilla ante los Cleveland Cavaliers del retornado James en la final de conferencia.

Y esto citando sólo al Este. En la otra conferencia había todavía más calidad. Está Oklahoma City Thunder, los de Kevin Durant y Russell Westbrook (y Serge Ibaka), competitivos casi al máximo, se les resiste el escalón final, el de la gloria. Anthony Davis, de momento en New Orleans Pelicans, amenaza con ser una figura de un tamaño gigantesco, con galardones de MVP esperando habitar en las vitrinas de su casa. Portland Trail Blazers ha logrado momentos de excelencia apreciable. Houston Rockets ha encontrado la versión que esperábamos de James Harden, un jugador con un talento ofensivo inacabable y que busca que las piezas alrededor suyo encajen de la manera correcta para tocar campeonato. Los Angeles Clippers andan en lo mismo, en poder hacer sonar todo a su tiempo y con el volumen justo entorno a una pareja de ensueño, Chris Paul y Blake Griffin. Memphis Grizzlies sigue siendo un equipo capaz de competir con los mejores, con la gran virtud de lograr desmontar todo lo bueno que tienen los demás, con una pareja interior que ya conoce todo el mundo, Zach Randolph y Marc Gasol. Dallas Mavericks suelen ser una banda con un sonido fresco y muy interesante. San Antonio Spurs es, directamente, como sentarse a escuchar la Primavera de Antonio Vivaldi. Es alegría de vivir, el balón se mueve deprisa, hacia los lugares indicados, y además logran defender con bastante eficacia.

Con todo esto que acabamos de enumerar, hay un sitio donde la fuerza es muy intensa, más aún. La bahía de Oakland, frente a San Francisco, en California, alberga ahora mismo la máquina más perfecta del baloncesto mundial.

Es como si retrocediéramos al episodio V de la saga por antonomasia de la historia del cine y tuviéramos a Yoda con vida, impartiendo lecciones para formar al jedi que debe salvar la galaxia. El talento se ha engrasado y tenemos ante nosotros algo que era difícil casi hasta de imaginar: un equipo que funciona a pleno rendimiento, sin necesidad de agotar a sus piezas, y que logra competir con garantías hasta con piezas de menos.

Golden State Warriors llevan dos meses y medio dejando boquiabierta a la gente. No ha sido todo de repente, claro. La temporada pasada lograron 67 victorias en temporada regular, una marca muy a tener en cuenta, y después lograron el anillo de campeones tras derrotar a los Cavaliers de LeBron en las Finales.

En la línea de salida de esta campaña 2015/16, los Warriors partían en el primer puesto de la parrilla. Máximos candidatos, aunque se pudiera pensar en algún que otro equipo estando a una altura muy similar, como los propios Cavs o los reforzados Spurs.

Lo que estamos comprobando desde octubre es que no hay desgaste en el equipo. Todo lo contrario. Tenían el halcón milenario, la nave más rápida de la galaxia, y lo han metido en el taller para reducir sus imperfecciones, lo justo para que sea una pieza inalcanzable, una vez que se levanta del suelo.

Los cambios en el grupo han sido mínimos. Sólo hay tres jugadores nuevos en la plantilla, y su presencia en la rotación es totalmente marginal. La única pieza de renombre que se ha marchado es David Lee, cuya relevancia fue disminuyendo la temporada pasada, aunque en las Finales sí acabó teniendo una presencia importante en algunos momentos destacados de la eliminatoria.

El comandante sigue siendo Steve Kerr, pero no en los partidos. El técnico ha tenido que pasar por quirófano para someterse a una operación de espalda, así que toma decisiones, es quien dirige los movimientos del grupo, pero en el banquillo se sienta su segundo Luke Walton, y es quien debe mandar durante los 48 minutos de acción. Así desde que empezó la temporada.

Pese a este contratiempo, nada desdeñable, los Warriors están pasando por encima de toda la NBA. Llegando al ecuador de la temporada regular, sólo han caído dos veces, una en Milwaukee y otra en Dallas, y esas son las dos veces, junto a la victoria del día de Navidad en casa ante Cleveland, en que el equipo ha acabado el partido con menos de 100 puntos en el casillero. De 38 encuentros, tres.

Si se miran las derrotas, se pueden ver con justificación. Ante los Bucks jugaban el último partido de una larga gira de siete encuentros lejos de su pabellón. Habían ganado los seis anteriores y Milwaukee no es uno de los gallitos del Este, pero 24 horas antes tuvieron un durísimo partido en Boston, que ganaron tras dos prórrogas y que les exigió un esfuerzo agotador (si pueden acceder a ver este duelo del 11 de diciembre de 2015, háganlo y deléitense, es pura crema), porque además lo jugaron sin Klay Thompson, que volvió al día siguiente, pero sin estar a su mejor nivel. Ante los Mavs perdieron de paliza, pero fue un día en que ni Stephen Curry, ni Harrison Barnes, ni Leandrinho Barbosa, ni Festus Ezeli fueron de la partida, por lesión. Eso sí, 24 horas después, con las mismas bajas, sí lograron vencer en Houston para despedir el 2015.

Han firmado el mejor arranque de temporada de la historia, al lograr vencer los primeros 24 partidos (el récord anterior estaba en 15), y han ganado 28 partidos consecutivos (sumando los cuatro últimos del pasado curso), lo que es la segunda racha más larga de todos los tiempos (resisten todavía Los Angeles Lakers de la campaña 1971/72 con 33 triunfos consecutivos).

Por cifras como estas, los Warriors ya han entrado en la historia. Ahora está por ver con cuánta fuerza entran. Veremos si hay futuras rachas del mismo calibre, si se acumulan más anillos en el haber de este equipo, y también viendo si llegan más distinciones a título individual, como ver cuántos de sus jugadores estarán en el All Star Game de Toronto el próximo mes de febrero (tres seguros, quizá cuatro), o si Curry se lleva más veces el trofeo de MVP, como el año pasado.

Todos los focos están puestos sobre este equipo, pero no parece poderles la presión. Seguro que tener un título ya conseguido alivia mucho, porque la necesidad ya no es tanta. Sin embargo, todos van a exigirles ganar otra vez, porque no se entendería que un equipo haga una primera mitad de temporada tan abrumadora, y después se quedaran sin la gloria. Pueden pasar muchas cosas, pero si llegan sanos a primavera, serán los candidatos número uno y todo lo que no sea ganar el anillo será una sorpresa.

Pero, además de ser el equipo más competitivo de todos, es el que mejor juega en la NBA. Y casi se podría decir que con diferencia. Sólo los Spurs se pueden llegar a comparar, aunque este año el equipo de Gregg Popovich está logrando ser más eficaz y no emite un brillo tan intenso como en años precedentes (eso sí, ver en acción a Kawhi Leonard al mando de esta tropa es una gozada).

Los Warriors lo hacen todo más deprisa. Es como si fueran capaces de tener un baile del sambito controlado. Se ponen a correr, pero mantienen un nivel de precisión suficiente para castigar al equipo que les siga la corriente. Si se plantea un partido a golpes, y sobre todo si es un partido veloz, es imposible doblegarles. Su movimiento del balón roza la perfección a menudo. Cuando consiguen moverlo tan rápido, siempre hay un defensor que llega tarde, por lo que acaban encontrando a alguien que lance solo. Y esto se logra entrenando, claro.

Este equipo ha demostrado también que es capaz de jugar a lo contrario. Si se plantea un partido de posesiones largas y con un fuerte papel de las defensas, también son capaces de ganar a cualquiera, como demostraron en Navidad ante los Cavaliers. Ahora bien, ese es el camino para intentar derrotarles. Meter palos en sus ruedas, evitar que puedan jugar alegre, que no hagan contraataques y rezar para que no tengan un día inspirado en el tiro. Esta es la forma de desquiciarles, pero rara vez sale.

El problema que suelen tener las defensas rivales es la imprevisibilidad de los Warriors. No todo son movimientos mecanizados. Se trata de jugadores con una excelente visión de juego, aprovechan los resquicios para abrir líneas de pase donde es complicado verlas, y eso les genera ventajas que se traducen en mejores porcentajes de acierto en el tiro.

Esa imprevisibilidad alcanza sus mayores cotas cuando el balón está en poder de Curry. No puede salirle lo que le sale sin entrenar muy duro. La imagen del base antes de los partidos entrenando el bote con un balón en cada mano se está convirtiendo en un clásico de la liga. Es capaz de hacer lo que quiera botando el balón. Y ahí es donde suele ganar la partida. Es capaz de engañar a su defensor con el bote, de tal manera que un ligero movimiento de muñeca, casi imperceptible, hace cambiar la jugada, porque le pone el balón en disposición de pasar a alguien mejor situado o de levantarse a la velocidad de Luke Skywalker para lanzar a canasta. Y ya estamos viendo que su velocidad de ejecución del tiro es de otra galaxia. He aquí el mejor tirador de todos los tiempos. Con el paso de los años, cada vez menos gente se atreverá a discutir esta afirmación.

Pero no cuenta sólo la gran estrella. El equipo está en un estado muy dulce, con una plantilla bastante compensada, donde hay mucha gente joven. No son muchos los que alcanzan la treintena, el más mayor es Barbosa, con 33 años, pero ni siquiera el desgaste es masivo. El que más minutos juega es Draymond Green, con 35 por choque. Una cantidad perfectamente tolerable para alguien que aún no ha cumplido los 26 años. De este modo, el equipo se mantiene fresco, y eso permite que la carga física pueda aumentar ante un partido de complicación especial, por la enjundia del rival o porque se alargue con alguna prórroga, como el antes citado en Boston.

Ya que hemos citado a Green, hay que detenerse un momento en él. Aunque Curry sea el jugador franquicia, aquí tenemos a otra de las claves del éxito de estos Warriors. Es un jugador que se puede permitir el lujo de despreciar la palabra especialista, porque lo hace todo bien. Como ala-pívot, resulta incomodísimo, porque es intuitivo defendiendo, físicamente es un portento que está cada vez más fino, y en ataque es capaz de anotar desde donde se le antoje. Su salto de calidad se traduce en una mejora estadística asombrosa. Es el mejor pasador del equipo (repetimos: ala-pívot) y lleva ocho triples-dobles esta temporada, una categoría en la que lidera la NBA. En sus tres temporadas anteriores sólo había logrado uno.

La química del equipo resulta deslumbrante. Y es ahí donde descansan las posibilidades de éxito de los Warriors en los próximos años. Si el grupo se mantiene igual de unido y sonriente y con hambre de éxito, podemos estar ante un equipo que marque una época, pero es algo pronto aún para afirmar eso.

El pegamento ha de renovarse. La complicidad es palpable entre los jugadores, y eso debe retroalimentarles. Se miran mucho, se guiñan el ojo, se hablan, saben que deben trabajar juntos, en ataque y en defensa, para que todo les siga saliendo igual de bien. Cada uno con sus tareas particulares, pero una misión común. Son necesarias ayudas en defensa, cerrar huecos, no permitir versiones excelsas de los rivales. Si los de enfrente logran tener un gran día, eso les exigirá tener un gran día a ellos para poder ganar. Es mejor no estar exigidos a tener demasiados grandes días a lo largo de una temporada.

La gran química del vestuario es lo que produce que hasta los jugadores marginales lo hagan bien cuando están en pista. Eso tiene mucho valor y es un gran activo de los Warriors. Las fisuras casi nunca aparecen. Por eso han ganado 36 partidos de 38 y resulta atrevido ponerles un techo.

Pero sí se les pone objetivo. Lo principal es ganar el anillo, pero hay otro récord que parecen estar capacitados para batir: el de las 72 victorias en liga regular, que los Chicago Bulls ostentan desde la temporada 1995/96. Sólo perdieron 10 partidos. Nadie ha completado una temporada con un solo dígito en el casillero de las derrotas. Ahora esa barrera se puede poner en la mente de este equipo. Hay que saber lidiar con este tipo de obsesiones, y ese es un trabajo de todo el cuerpo técnico. De momento, todo va bien, porque el desgaste de la plantilla no es grande y siguen por el buen camino para alcanzar ese récord, pero cada vez les van a preguntar más por eso y la cuestión les llevará a una especie de agotamiento mental que hay que vigilar para que no se les vuelva en contra.

Ya hemos citado a Curry y Green. El tercer jugador que van a tener en el All Star Game será Klay Thompson, el escolta, otro ‘killer’ sin compasión. Curry es Zipi y Klay es Zape. Hay que admitir que su comienzo de temporada no fue especialmente bueno. El equipo ganaba y ganaba, pero no eran habituales sus actuaciones buenas. No fue un gran noviembre para él, pero cuando llegó esa gira de siete partidos fuera, dio un paso adelante y volvió a ser el compañero travieso de Curry. Y ha empezado 2016 con actuaciones soberbias, cimentadas en un gran acierto en el triple. Cuando se retire, será otro tirador largamente recordado, muy arriba en la lista de los mejores de siempre en esa faceta.

Curry será titular en Toronto, Klay será suplente, Green está por ver. Andre Iguodala lo tiene más difícil para estar en esa cita. Está en un lugar destacado en las votaciones populares, y formar parte del mejor equipo de la liga siempre suma puntos para que los entrenadores de tu conferencia puedan elegirte como suplente (las votaciones populares sólo eligen los quintetos titulares). Pero su presencia tendría que ser a costa de dejar fuera a un base como Chris Paul o a un escolta como James Harden. Parece demasiado. Eso no significa que Iguodala no merezca ser muy valorado por el trabajo que lleva a cabo en Oakland. Es un jugador comprometido, físicamente en un estado siempre impecable, transmite mucha energía a los demás, es de los que más aprieta en defensa, pero también suele demostrar un apreciable talento ofensivo, lo que le valió ser el MVP de las pasadas Finales.

Más allá de los jugadores que puedan estar en la gran cita de las estrellas, en la plantilla de Steve Kerr hay otros nombres muy interesantes, porque son los que refuerzan ese pegamento necesario sobre la cancha, para que todo funcione bien y las estrellas puedan hacer mejor su trabajo, y en el vestuario, para mantener el hambre y las ganas de triunfar al máximo nivel e intentar superarse cada día.

Harrison Barnes es el único jugador que ha tenido una lesión un poco larga esta temporada, pero, por ser alero, es la que mejor podían suplir tratándose de un titular. Iguodala ha tenido más presencia, pero quien le ha sustituido en la titularidad es Brandon Rush, que aún ostenta ese cargo aunque Barnes haya vuelto, sólo que con menos minutos. Rush es de los que debe apretar atrás y aprovechar las oportunidades delante, porque no es de los mejor defendidos por los rivales. Pero con Barnes aún hay más garantías, es un jugador más incisivo y más voraz.

La pareja de pívots es una ración más de pegamento para el equipo. Andrew Bogut se mantiene lo más sano posible, ha tenido muchas lesiones en su carrera, así que no disputa muchos minutos, pero es una garantía de esfuerzo, de saber estar, presencia e intimidación. Y el australiano sabe aprovechar los espacios que se generan en ataque para poder anotar cuando se le exige. Y una de las mejores noticias de esta temporada es el salto de calidad que ha dado su suplente, Festus Ezeli. El nigeriano se ha convertido en un activo muy interesante, porque es capaz de dar cosas típicas de Bogut, pero sin su historial de lesiones, con más juventud y una energía que da gusto ver sobre la pista.

Capítulo aparte merece Shaun Livingston. Es el suplente de Curry. Estaba llamado a ser el nuevo Magic Johnson, por ser un base que sobrepasa los dos metros de estatura. Pero las lesiones le acompañaron al principio de su carrera, hasta que, en su tercera temporada en la NBA, se destrozó la rodilla izquierda en un partido. No sólo se temió por su vida profesional, sino también por su pierna. La amputación fue una opción que estuvo sobre la mesa. Las gravísimas lesiones le costaron más de un año y medio alejado de las canchas. Y las dos primeras temporadas tras su regreso, en 2008, fueron durísimas para él. Era un empezar de cero para alguien que tenía el cielo como meta.

Aquel día fatídico en el Staples Center, 26 de febrero de 2007, jugando para Los Angeles Clippers contra Charlotte Bobcats, lo que más tenía a favor Livingston era su juventud. Tenía 21 años. Dos días antes había batido su marca personal de asistencias en un partido, con 14 (marca vigente hoy día). De repente, los sueños se desvanecieron, cuando no se tornaron en pesadillas insoportables. Probablemente nadie sepa realmente el tamaño del sufrimiento que ha tenido que padecer este jugador.

No ha podido convertirse en una versión actual de Magic, pero ha luchado lo indecible para seguir en la NBA, y lo ha logrado. Es cierto que nadie lo cita como uno de los mejores bases de la Liga, no lo es, pero tiene un hueco en la mejor liga del mundo. Ha ido saltando de un equipo a otro, y en 2014 le llegó la oportunidad de fichar por los Warriors, un equipo que apuntaba cada vez más alto. Es cierto que su cantidad de minutos en cancha no podría ser muy alta, porque sería el suplente de Curry, pero era una oportunidad para jugar los play-offs con ciertas garantías.

Ahora, al comienzo de 2016, Livingston tiene un anillo de campeón y está plenamente integrado en este equipo. Su ética de trabajo es incuestionable, es lo que ha salvado su carrera como jugador de baloncesto, y nadie duda en señalarle como una pieza más del engranaje de los Warriors. El equipo no flaquea especialmente cuando él está en cancha, aunque es obvio que se pierde esa imprevisibilidad que señalábamos antes de Curry que, en estos momentos, es el mejor jugador del planeta.

El baloncesto le dio una segunda oportunidad a Livingston. Produce mucha alegría que haya terminado encontrando el éxito que parecía que se le negaría para siempre tras aquella horrible lesión. Ahora, con 30 años, parece que su relación con los Warriors puede durar más tiempo.

Volvamos a hablar de ese número mágico que buscan los Warriors: el 73. Llevan 36 partidos ganados y les quedan otros 37 por ganar para conseguirlo. Les quedan 44 partidos de liga regular y sólo pueden perder siete. A estas alturas, los Bulls del récord tenían una victoria menos y tres derrotas en el casillero. La segunda mitad de la temporada se les hizo más dura, pero también es posible que tomaran más aire, que se dosificaran pensando en que lo importante de verdad era ganar el anillo. Ese equipo, entrenado por Phil Jackson y con Michael Jordan, Scottie Pippen, Dennis Rodman o Toni Kukoc como principales jugadores, tenía el 69 como número a batir. Y lo hicieron con creces, permitiéndose incluso alguna derrota al final, porque el objetivo estaba ya en el bolsillo.

No podemos obviar a otro jugador de esos Bulls (72 victorias en la 1995/96, 69 la temporada siguiente, tres anillos consecutivos con el mismo bloque), un suplente importante, esforzado en defensa y con una capacidad de tiro de larga distancia sublime. El mismísimo Steve Kerr. Andrés Montes le apodó Wyatt Earp (el malogrado comentarista televisivo estaría gozando de estos Warriors hasta un nivel de éxtasis superlativo), porque era uno de los tiradores más rápidos del Oeste americano. Suya fue la canasta decisiva del anillo de 1997, un triple, claro, tras pase de Jordan.

Tras vencer esos tres anillos consecutivos, el equipo se desmontó. Jordan se retiró y Pippen y Jackson cogieron también la puerta de salida, y Kerr eligió San Antonio Spurs como su nuevo destino. A la primera, anillo de nuevo, por cuarta temporada consecutiva. Siguió en Texas, la cambió después por Portland, una temporada solo, para después volver a los Spurs a jugar una última campaña antes de retirarse. Sí, en esa última temporada ganó el anillo otra vez, ya con Tony Parker y Manu Ginóbili jugando a las órdenes de Popovich y flanqueando a Tim Duncan.

Que esta temporada Kerr, 20 años después de lograr como jugador un récord que retumbó en todos los sistemas galácticos, desde el árido Tatooine hasta el gélido Hoth, pueda conseguir derribarlo como entrenador de los Warriors es una de esas historias que hacen al deporte algo muy grande en varias ocasiones.

No se debe olvidar que Kerr, que se ganaba la vida como comentarista de televisión, debutó como entrenador la pasada temporada, a cargo de un equipo con posibles, y que lo llevó hasta la gloria. En su segunda temporada, ha pulido la nave hasta hacerla algo casi perfecto, mientras las fuerzas imperiales intentan desactivar la hipervelocidad para poder ganarles.

En la pausa del All Star Weekend, dentro de un mes, estaremos un poquito más capacitados para pronosticar si el récord es posible, o si vemos  a alguien capaz de derribar a esta obra maestra llamada Golden State Warriors.

La Capilla Sixtina ya está pintada, la muralla china ya está construida, el ser humano viaja por el espacio, ha pisado la Luna y parece que no está muy lejos el día en que vaya hasta Marte. En el mundo del baloncesto, los Warriors son ahora los innovadores, los que están descubriendo nuevas fronteras, lugares desconocidos. Y lo hacen con Curry a la cabeza, un jugador diferente del que no hay precedentes, por la variedad de cosas que es capaz de poner en práctica sobre una pista de baloncesto, y por una capacidad de tiro que firmaría hasta Obi-Wan Kenobi.

Antes de esa parada del fin de semana de las estrellas, y justo después, los de Kerr afrontarán momentos muy calientes de calendario, con partidos muy exigentes tanto en casa como fuera. Tras la fiesta en Toronto, el equipo a batir afrontará seis partidos fuera de casa de manera consecutiva, y será una gira aún más exigente que la de siete afrontada hace un mes.

No es que el calendario haya sido extremadamente benévolo hasta ahora, han jugado 18 partidos en casa y 20 fuera, pero es cierto que todavía no se han enfrentado ni al segundo ni al tercero del Oeste. Les quedan cuatro partidos ante los Spurs y tres ante los Thunder, tres también ante Dallas, dos ante Clippers y Grizzlies, dos también frente a los Hawks, y aún le quedan casi todas las canchas difíciles del Este por visitar. Sin ir más lejos, del 16 al 20 de enero visitan Detroit, Cleveland y Chicago, una gira de tres partidos que tiene toda clase de trampas para ellos.

Más allá de que el récord caiga o no, hay que pensar en lo que vendría después: los play-offs. Aunque el Oeste haya bajado un poco su nivel esta temporada, ningún rival de esa conferencia es como para confiarse, ni siquiera los ganados o incluso humillados en los meses anteriores. El casillero de victorias se pone a cero, y lo logrado en los 82 partidos de liga regular sólo otorga ventaja o desventaja de campo. Para llegar a las Finales hay que eliminar a tres equipos del Oeste. Y eso es muy exigente.

Tiempo habrá después de preocuparse por el rival en la última serie. Previsiblemente, serían los Cavs, ávidos de revancha tras perder en 2015. En aquellas Finales perdieron por lesión a Kyrie Irving en el primer partido. Hubiera sido precioso ver qué hubiera ocurrido si el magnífico base de Cleveland hubiera estado en todos los partidos, pero no tenemos un DeLorean para volver allí.

Puestos a especular, para el espectador podría ser un alucine ver una final del Oeste entre Warriors y Spurs. Los texanos son los únicos que están medianamente cerca en la clasificación, llevan 34 partidos ganados y seis perdidos en el momento de escribir estas líneas. Les confieso que llevo desde octubre pensando en este enfrentamiento. Esta temporada, su primer duelo será en la madrugada del 25 al 26 de enero en el Oracle Arena. Son los dos únicos equipos que todavía no han perdido en casa (18 partidos los Warriors, 22 los Spurs), por lo que hablamos de un potencial inmenso, alejado del resto.

Pase lo que pase, los Warriors son un disfrute para la vista. Si no ganan más anillos, la historia les acabaría sepultando casi por completo, pero lo que están ofreciendo es digno de los mejores equipos que han pasado por este deporte. Sólo está por ver lo que dura el equipo y sus componentes. Esperemos que queden más episodios por venir y que la fuerza siga bien despierta en ellos.

Fotografía de portada: Noah Salzman ©

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