Siempre Perico

Corría el año 1987, concretamente el mes de mayo, cuando un colombiano, Lucho Herrera, estaba a punto de convertirse en el nuevo vencedor de la Vuelta Ciclista a España. No era aún seguidor del ciclismo pero pregunté a mi padre que si él quería que ganara ese tal Lucho Herrera, que tan en boca de todos estaba, me respondió que no, que había un chico de Segovia que era mucho mejor, y aunque no había tenido mucha suerte en esa Vuelta, veríamos en el Tour. Sí, él era Pedro Delgado, Perico. No recuerdo aún seguir con gran intensidad ese Tour de 1987, pero tengo recuerdos puntuales como ver a Pedro Delgado vestirse de líder en L´Alpe D´Huez, 14 años después del triunfo final de Luis Ocaña.Y aunque no tengo con nitidez la imagen de La Plagne, donde a su rival de ese año, Stephen Roche, tuvieron que suministrarle oxígeno al llegar a meta, sí tengo clara la exacerbación con el irlandés, de la gente que vibraba en mi casa con esa etapa. Unos días después supe con tristeza que Perico no había ganado ese Tour, tan solo pudo ser segundo, pero esa misma tarde recogí chapas por los suelos de los bares y formé un pelotón inigualable, capitaneado por él.

Empezaba el mes de julio de 1988 y mi ilusión por el Tour crecía por momentos. Bueno, por ver a Perico, pero el enclave era el más adecuado, no cabe duda. Acabábamos de comer y corría al sofá con mi padre, poníamos La2 y a ver la etapa. Él, que madrugaba mucho, algunos días a las cuatro de la mañana, intentaba no dormirse viendo la carrera, pero a veces el cansancio ganaba a la pasión ciclista. Un ataque de Perico bastaba para que yo gritara y le despertara de la siesta. Si el grito no era suficiente le meneaba y asustado me preguntaba  “¿Qué pasa?”.  Saltando, entre exaltado y emocionado, le respondía “¡Perico, que se escapa!”.

En ese Tour no hubo rival posible y ganó con más de siete minutos sobre el holandés Steven Rooks. En mi pueblo se celebraban las Fiestas de Santiago, pero yo me quedé delante del televisor sin salir de casa hasta que subió a lo más alto del podio coronándose vencedor. Deportivamente hablando, fue y aún hoy es la mayor de las alegrías que he recibido en mi vida.

Llegó 1989 y venció en la Vuelta  a España, en la última etapa en Madrid, homenaje al vencedor, siempre Perico, acudí a verle por las calles de la capital, y rompí a aplaudir al paso por mi lado a la altura de Princesa con Altamirano. Comenzaba el Tour y su excelente estado de forma le hacían acudir a la ronda gala como el principal favorito a la victoria. Y aquí ocurrió lo que solamente le puede pasar a los genios: el despiste de Luxemburgo. Llegar tarde al prólogo de la Ronda y pasar de llevar el amarillo como vigente campeón, a ocupar el último puesto destacado, era impensable antes de comenzar la carrera, pero pasó. Después sufrió una horrible noche y en la contrarreloj por equipos del día siguiente sus compañeros tuvieron que esperarle porque sus piernas no respondían. ¿El Tour había acabado para él el domingo 2 de julio? Pues no, se repuso y acabó en el tercer escalón del cajón en París, detrás de un sorprendente Greg Lemond que birló a Laurent Fignon (Fignonate le llamábamos en casa en tono despectivo), de una victoria cantada en los Campos Elíseos.

En 1990 una gastroenteritis limitó mucho sus prestaciones y acabó fuera del podio en beneficio de Erik Breukink. Pero, ¿a quién le importaba? Ya había voces que argumentaban, tras su victoria en Luz Ardiden, que Indurain podía haber vencido la General de no haber estado supeditado a Perico. Quizás hubiera ganado, pero a pesar de sus cinco Tours, sus dos Giros y un segundo puesto en la Vuelta, total ocho podios, nunca consiguió desatar la pasión que aún hoy desata Perico (Dos Vueltas, un segundo puesto y dos terceros. Un Tour, un segundo puesto y un tercero), y no lo digo yo, lo dicen las pintadas del asfalto de las carreteras.

Mientras Perico firmaba gestas subido a su bicicleta, también lo hacía en el parqué de mi casa. En él, sobre una bici de Mahou o de Coca-cola, con un maillot coloreado con Cariocas, se coronaba siempre vencedor de la General, sumando al triunfo final, también un buen número de etapas. Al encerrarme durante horas en la habitación, de vez en cuando mis padres entraban a preguntarme “¿Quién va ganando?”. Y mi respuesta era la misma: “Siempre Perico”.

En los viajes en familia que realizábamos, narraba como el más fanático de los locutores deportivos idílicas etapas que imaginaba en mi cabeza. Con esos demarrajes increíbles, tras simular muestras de desfallecimiento, y esas victorias con remontadas aún más imposibles, como en la victoria de su primera Vuelta.

Hoy el Tour lo ganará quien lo haya merecido, pero si volviera a recopilar un buen puñado de chapas, todos sabéis quién sería el ganador en mi casa: SIEMPRE PERICO.

bluebird Comunicación
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