Ronaldinho, la magia

Pocos futbolistas han bailado sobre el terreno de juego. Sí, bailar. Hablamos de coger el balón y hacer que todo se mueva a su alrededor sabiendo que él, dueño de la pelota, es un malabarista capaz de sacar de la chistera trucos asombrosos. Y hubo uno que quizás estuvo por encima de todos ellos: Ronaldinho.

A un madridista le cuesta mucho reconocer el poderío de uno de los mejores futbolistas que ha visto sobre un terreno de juego. Esa manera de controlar la pelota, de asistir, de combinar con sus compañeros, de regatear, de marcar goles imposibles… Si Valdano dijo que Romario era un futbolista de dibujos animados, Ronaldinho fue otra cosa.

Llegó al Barcelona cuando todo el mundo pensaba que lo haría al Bernabéu. Vino con una ‘R’ inmensa colgada a su cuello, haciendo el saludo surfero procedente de un PSG que ni mucho menos es lo que es hoy en día. Había ganado el Mundial de Corea y Japón con Brasil marcando uno de los goles del torneo. Pero nadie lo veía tan decisivo como finalmente fue. Por eso Florentino no lo trajo como una prioridad absoluta: quería esperar un año a traerlo.

Pero Ronaldinho se convirtió en fenómeno de masas en el Barcelona. Nadie jugaba como ese chico de dientes prominentes que llevaba a su espalda el 10 y hacía diabluras en el césped del Camp Nou. Tenía algo especial, diferente, único… era un malabarista con sentido de juego. Un mago con la pelota.

El Barcelona comenzó a crecer en las espaldas de Ronaldinho. No eran buenos tiempos para los azulgrana teniendo enfrente al Real Madrid de Los Galácticos. Zidane, Ronaldo, Beckham, Figo… eran, a priori, demasiado para ese chico brasileño de melena larga y un Barça que buscaba su nuevo destino.

No ganó la Liga en su primer año en el Camp Nou pero aquel final de temporada hizo presagiar que estábamos ante algo importante. Aquella liga 2003/2004 se la llevó el Valencia pero ya apuntaba alto y ese año ya conseguiría el FIFA World Player.

A partir de ahí llegó la magia. Comandó a uno de los mejores equipos de siempre en el Fútbol Club Barcelona. Aquel gol frente al Chelsea sin moverse de la baldosa fue una confirmación de que algo grande estaba a punto de pasar. Manejaba a los rivales y los tiempos de los partidos como nadie. Absolutamente como nadie. Llegaron Ligas y la Champions League, acompañados del Balón de Oro, fama y dinero.

Tenía el mundo en su mano y el mundo se lo comió. A partir del año 2006, Ronaldinho no volvió a ser aquel que fue y enamoró al planeta con su magia en las botas. Comenzaron los problemas, el gimnasio, la desidia… Así, con el tiempo y la llegada de Guardiola, partió rumbo al Milan, ese cementerio de elefantes en el que pretendía relanzar su carrera. Pero no lo hizo. Con el tiempo volvió a Brasil donde aún dejó destellos de su clase. Ahora juega en México, en el Queretaro, equipo en el que es la máxima estrella y sigue sin dejar indiferente a nadie.

Quedará para siempre el recuerdo de un jugador único, especial, diferente… Mágico. Ronaldinho fue breve pero tremendamente intenso. Quizás más intenso que nadie. Quién sabe que habría pasado si su cabeza se hubiera mantenido en su sitio. Pero como dijo aquel entrenador: “Si mi abuela tuviera dos cojones, yo tendría dos abuelos.”

La imagen que acompaña a este artículo es de Héctor García ©

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Señor de 35. Periodista. De los periodistas de Pozoblanco de toda la vida. Soy de Batman pero sin Robin. Robin no mola nada. Robin apesta.

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