La resolución de la Vuelta da una lección a sus propios organizadores

Fabio Aru ha ganado su primera Vuelta de tres semanas, con solo 25 años. Es el primer titular que hay que sacar sobre la Vuelta a España recién concluida. Ya fue segundo en el Giro de Italia de este año, donde además ganó las dos últimas etapas de montaña, en Cervinia y Sestriere, donde Alberto Contador hubo de sufrir para asegurar su triunfo en la general. Hubo polémica, porque Mikel Landa, compañero de Aru en el equipo Astana, pareció mejor que su compañero durante la carrera y tuvo que doblegarse a la disciplina de equipo en vez de probar si podía derrotar, él mismo, al ciclista de Pinto.

El morbo estaba servido en el equipo kazajo nada más empezar la carrera en Puerto Banús, porque no solo estaban Aru y Landa, sino también el gallo del corral, Vincenzo Nibali, que en el Tour ganó una etapa pero no pudo revalidar su victoria de 2014 ni tampoco subir al podio. Aquí podía redimirse, pero prefirió agarrarse al coche de equipo tras quedar atrapado en una montonera y fue expulsado de la Vuelta tras la segunda etapa.

La polémica volvió entre los dos líderes del equipo en la etapa de Andorra, cuando el ciclista vasco se metió en la fuga, se quedó solo en cabeza en el último puerto y decidió no esperar a su compañero, que había atacado por detrás, y que de contar con esa ayuda suplementaria podría haber sacado más tiempo en la línea de meta. No, Landa quería su triunfo en ese día tan señalado.

Las carreras a veces se dan la vuelta y permiten que las cosas sean de una manera muy distinta. Cuando parecía, tras su exhibición en la contrarreloj de Burgos, que Tom Dumoulin ganaría la ronda española, Landa montó una escabechina en el Puerto de La Morcuera, en la típica etapa de los puertos de la Comunidad de Madrid, donde el holandés empezó a sufrir. Aru le remató con otro ataque y el sueño de remontar seis segundos empezó a parecer real. La ventaja era muy pequeña, pero al fin era posible descolgarle. Landa volvió al grupo con su compañero y tiró de él en el descenso. Para el tramo llano antes de acometer la subida a Cotos, última de la etapa, se quedaron desde la numerosa fuga dos integrantes más del Astana: Luis León Sánchez y Andrey Zeits, que terminaron de agrandar el hueco hasta que Dumoulin tuvo que rendirse y aceptar que había perdido la Vuelta en el penúltimo día.

Al cruzar la meta en Cercedilla, Aru se saludó con algunos allegados que allí le esperaban, pero les despachó rápido para ir en persona a por Landa, que llegó pocos segundos después, y darle las gracias y fundirse en un abrazo con él. Su incremento de ritmo en La Morcuera enseñó las debilidades de Dumoulin y lograron tumbar al gigante holandés entre los dos. No se rindieron y propusieron un ataque lejano, a más de 50 km de la llegada y acabó siendo el que decidió la Vuelta.

A partir de ahora, habrá que seguir con atención la carrera de este joven italiano, escalador puro y que puede tener muchas cosas que decir en las grandes vueltas, al menos en el Giro y en la Vuelta. El Tour son palabras mayores, pero su progresión nos dirá si también puede con la carrera más prestigiosa del mundo. Su mejora en contrarreloj sería importante, aunque en Burgos hizo un gran final de crono y eso permitió quedar muy cerca de Dumoulin en la general y poder atacarle después hasta ganarle.

La lección que deberían recibir los organizadores es que no es necesario un puerto con pendientes impracticables o repetir una y otra vez finales de etapa en cuesta para que haya espectáculo en una carrera ciclista. Al final, no ha sido una de esas ideas de Javier Guillén, el director de la carrera, y su equipo, lo que ha definido al vencedor. Son los ciclistas quienes hacen de un recorrido un espectáculo o no. Y Aru ha ganado en la etapa de los puertos de Madrid, que se repite muchos años y que no decide nunca nada… hasta este año. Si los corredores se empeñan, pueden conseguirlo.

En las grandes etapas de montaña no han hecho un esfuerzo suficiente, han preferido esperar a los tres últimos km de la Fuente del Chivo, al kilómetro final de Sotres y a los dos últimos de Ermita del Alba para atacar. La durísima montaña iba pasando y las diferencias no se hacían. Ese es el objetivo de la Vuelta, que la clasificación esté igualada en todo momento, pero no se debe poner tanto ahínco en que lo sea mediante el recorrido. Se proponen finales muy duros, pero no se hacen diferencias entre los corredores más fuertes, porque los ataques se producen muy cerca de la línea de meta. A mí me suena que la dureza en el ciclismo era siempre aquella que sí generaba diferencias entre el ciclista más fuerte, o los dos o tres más fuertes, respecto al resto.

Por eso, los aficionados al ciclismo llevan décadas venerando al Stelvio, al Tourmalet, a Los Lagos de Covadonga, Mortirolo, Alpe D’Huez o Galibier, los puertos más duros de la tres carreras más importantes del calendario, donde se han forjado leyendas imborrables de este deporte. La moda ahora, en la ronda española, es buscar el más difícil todavía, el porcentaje más notable para ver cómo los ciclistas retuercen sus riñones para poder llegar hasta arriba. Desde el descubrimiento del Alto de L’Angliru, esto no ha hecho otra cosa que ir a más. Y la Vuelta se resiente en su prestigio.

La carrera ha perdido la nómina de sprinters que solía venir. El cambio a agosto/septiembre fue muy bueno, porque muchos corredores vienen a la Vuelta a preparar el Mundial, que se disputa justo después. Y los velocistas se probaban en esta carrera, a veces venían casi todos los mejores, como si se tratara del Tour y con un nivel mucho mejor que el del Giro. Ahora eso ha cambiado, ya apenas hay etapas que puedan ganar estos especialistas, por lo que ya prefieren no venir y preparar la cita mundialista en otras carreras.

La participación sigue ganando respecto a la carrera italiana, porque algunos usan la Vuelta como una reválida, para preparar el Mundial (pero no sprinters), un intento de resarcirse de un mal resultado anterior, o por promocionarse en casa, caso del equipo Movistar, que traía a sus dos mejores corredores, Nairo Quintana y Alejandro Valverde. Contando lo que venía en el Astana, más un Purito Rodríguez que aquí sí venía con aspiraciones en la general (por lo que iguala el recorrido a los ciclistas), más Chris Froome, flamante ganador del Tour, solo se podía echar en falta en la salida a Alberto Contador o a alguno de los jóvenes escaladores franceses, como Romain Bardet y Thibaut Pinot, y como mucho a algún holandés como Bauke Mollema.

Esta Vuelta no ha salido bien. Nada bien. Hemos vivido demasiadas cosas que no hacen más que desprestigiarla. La crono por equipos del primer día no contó para la general por negligencia de los organizadores al elegir el recorrido, la expulsión (justa) de alguien tan importante como Nibali, el atropello a Peter Sagan llegando a Murcia (en una etapa con varias caídas, como la de Kris Boeckmans, que ha estado varios días en coma inducido) , la retirada de Sergio Paulinho al golpearse con una moto de TVE por torpeza del motorista, la etapa de Andorra vendida como la más dura de la historia de la Vuelta pese a tener solo 138 km, y que acabó con unos 40 minutos de retraso sobre el horario previsto, las fugas numerosísimas que el pelotón ni se encargó de controlar, los constantes traslados entre etapa y etapa (ninguna llegada ha sido salida al día siguiente en toda la carrera) que castigan a los ciclistas, el retraso de la carrera en la otra etapa durísima de esta edición en Ermita del Alba o la traca final del último día, donde no pudo haber helicóptero hasta casi el final por falta de previsión de la televisión y la organización, que habían decidido terminar anocheciendo, y a esto se añade la pataleta de Joaquim Rodríguez por perder el maillot de la regularidad ante Valverde en el último día.

Es incomprensible algo así. El murciano cogió puntos en un sprint intermedio y en el sprint final le bastó con asegurar que entraba por delante del catalán. No es habitual, pero lo incomprensible es la queja del corredor del Katusha, diciendo que el último día es un día de fiesta. ¿Quién se supone que debe ganar la última etapa? ¿Se sortea sin competir? ¿Si un corredor del podio o un ganador de un maillot sufren un accidente, se debe parar la etapa hasta que se recuperen?

La Vuelta tiene 21 etapas, y las clasificaciones se deciden por lo conseguido en la suma de todas ellas. Es cierto que la última etapa de Tour, Giro y Vuelta no suele tener trascendencia (salvo que se programe una crono) porque suele ser un paseo donde los ciclistas con puestos de honor brindan con champán y se hacen un montón de fotos durante la disputa de la misma, pero se reparten puntos de la regularidad y los tiempos cuentan para la general (no suele haber puertos de montaña, por lo que ese maillot se decide, como tarde, el día antes), así que es perfectamente lícito que alguien quiera disputar. Y, por supuesto, se disputa la victoria de la etapa.

Por eso no tiene ninguna razón de ser que Purito se pique, Valverde estuvo listo y, ya que no ha podido subir al podio final, al menos puede decir que ha ganado una etapa y se ha llevado el maillot de la regularidad (además de ser séptimo de la general), lo que le supone puntos para la clasificación UCI, que ya ha sentenciado y que va a ganar por cuarto año en su carrera (ya lo logró antes en 2006, 2008 y 2014), igualando en esa marca a Laurent Jalabert y quedando solo por detrás de Sean Kelly, que lo logró cinco años seguidos (esta clasificación existe solo desde 1984). No es la primera vez que hay algún rifirrafe entre ellos, pero esta vez la razón corresponde sin duda al murciano.

Purito, de todos modos, tiene motivos para sonreír. Ha perdido el maillot de la regularidad, pero se ha llevado el de la combinada, ganó la etapa de Sotres y ha acabado segundo en la general, su mejor puesto en una Vuelta y el cuarto podio que suma en una vuelta de tres semanas. Y eso con 36 años. Hace seis o siete, nadie hubiera pronosticado un rendimiento tan alto en el ciclista catalán.

El tercer puesto del cajón ha sido para el polaco Rafal Majka, compañero de Contador en el Tinkoff-Saxo, que no ha podido llevarse ninguna etapa y que podría haber sido segundo si hubiera colaborado más con Quintana en la penúltima etapa, pero no tenía equipo para hacer mucho más, sobre todo si tenemos en cuenta las retiradas de sus compañeros Sagan y Paulinho por los incidentes con las motos ya comentados más arriba. El polaco ya ha demostrado sus dotes como escalador y seguro que seguirá dando que hablar, tiene 26 años y no estará mucho más tiempo a la sombra de Contador, que dice que se retirará en 2016.

Solo un año menores que Majka son los chicos de la generación de 1990 que han dado un paso adelante en esta Vuelta: Aru ha ganado, Dumoulin ha estado cerquísima de lograrlo, además de llevarse dos etapas y descubrirse al mundo para carreras que no sean cronos, y el colombiano Esteban Chaves, que también ha ganado dos etapas, ha lucido varios días el maillot rojo de líder y se le adivina un buen futuro, al menos para vueltas de una semana y quién sabe si para la Vuelta a España, si se decide ahondar en este tipo de recorridos.

Movistar ha fracasado en gran medida. La etapa de Valverde y su maillot de la regularidad no son suficiente premio, ni siquiera sumando que han ganado la clasificación por equipos. El murciano y Quintana venían de hacer podio en el Tour y aquí ninguno de los dos se ha subido al cajón, algo que parecía muy factible después de la expulsión de Nibali y la retirada de Froome, aunque en el caso del número 1 mundial parece lógico teniendo en cuenta que ya tiene 35 años y la acumulación de esfuerzos debe pasarle factura.

Se pueden destacar otros nombres, como el del sudafricano Louis Meintjes, que ha terminado 10º  en la general con solo 23 años gracias a sus dotes de escalador, o el de Omar Fraile (otro de la generación del 90) que se ha llevado el maillot de la montaña gracias a meterse en muchas fugas, y también el de Rubén Plaza, ganador de la penúltima etapa después de escaparse de la multitudinaria fuga en solitario a unos 110 km de la meta. Una barrabasada que no es fácil de explicar por toda la gente que llevaba detrás y sin ser un consumado escalador.

Pero el nombre que debe quedar más señalado es el de Guillén, el director de esta carrera, que debería replantearse ciertas cosas para años venideros. Está abusando de la fórmula de llegadas en cuesta y hay otras formas de hacer la carrera, de una manera más compensada, con más llegadas al sprint, eligiendo muy cuidadosamente los kilometrajes de las etapas y lograr así una participación mejor, donde destaquen más tipos de corredores, no solo potenciales favoritos para la general y gregarios. Tener el Mundial solo dos semanas después es una ventaja enorme y últimamente no la aprovechan bien.

De momento sabemos que la edición 2016 saldrá desde Ourense y hay ganas de volver a hacer un final en el Mirador de Ézaro, cerca de Fisterra, otro puerto corto, pero muy explosivo, que ya se subió en 2012. No pasa nada por incluir dos o tres finales de estos, o como el de Ávila que es un clásico y que se ha vuelto a hacer este año, pero de verdad que con dos o tres ya es suficiente, no es necesario que el atractivo del último par de km sea una constante en la carrera, porque se acaba desvirtuando la carrera y la variedad de corredores se resiente mucho. Menos variedad de corredores, peor carrera sí o sí. Una vuelta de tres semanas debe tener muchas más cosas, y eso es algo que siempre parecían comprender los organizadores de las tres grandes, pero últimamente se les está olvidando, muy especialmente a los de la ronda española.

bluebird Comunicación
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