Lance Armstrong, el ángel caído no está cerca del infierno

Creamos ídolos que perduran en el tiempo y después los matamos con gran celeridad. ¿Es justo? Dejémoslo en que es.

En 1999 comenzó la leyenda de Lance Armstrong, el hombre Tour por excelencia hasta agosto de 2012, cuando la USADA —la oficina nacional contra el doping de Estados Unidos— le acusó formalmente de practicar el sistema de dopaje masivo mejor organizado de la historia del deporte. Hasta entonces —y durante más de 13 años— el ciclista que luchó contra el cáncer y lo venció, fue también el ídolo que derrotó siete veces a las carreteras y montañas francesas.

Stephen Frears ha llevado a la gran pantalla la vida de Armstrong, centrándose en el doping y, como no podía ser de otra manera, con las victorias en la Grande Boucle como trasfondo. Un director contrastado y laureado para narrar una vida tan compleja y artificial como apasionante. El hilo narrativo obvia algunos capítulos en los que yo habría incidido más, pero la trama nos despeja una gran verdad que para algunos aún permanecía envuelta de mentira. No destacan las actuaciones, ni la puesta en escena, ni la fotografía, ni siquiera el guión, pero la historia es excelsa por sí misma y además está muy bien narrada.

Ninguno de los grandes campeones —Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain— se habían retirado ganando, tan solo Hinault quedó cerca con su segundo puesto  tras Lemond —otro americano— en la edición de 1986. Lance había conseguido vencer al Tour, pero su exceso de ambición le llevó a regresar en 2009 —tras su retirada en el 2005— y, esta vez, fue la carrera francesa la que se tomó cumplida venganza. Ni la EPO,  la testosterona, la cafeína, las transfusiones de sangre o la cortisona pudieron en esta ocasión desafiar a la ronda gala. El Tour había vencido al ciclista pero no al ídolo.

Tras la retirada de Armstrong de forma definitiva en 2011, fue Floyd Landis —su discípulo aventajado— quien decidió dar el paso hacia la verdad contando todos los pormenores del dopaje sistémico que el capo tejano del Tour llevaba a cabo con sus gánsteres. Y decidió limpiar la mentira de su conciencia, no por su condición de amish, sino por su condición de ciclista repudiado por su ídolo por el simple hecho de dar positivo en algo que se practicaba en la caravana de Lance con la normalidad con la que acude el yonki a su narcosala. Eso fue lo que llevó a Landis a la vendetta, a derrocar al ídolo que la carretera no había podido vencer. Si Armstrong lo hubiera acogido en su regazo la omertá seguiría haciendo ganador de siete Tours al ciclista de Austin, y el personaje no habría dejado de ser el héroe.

Todo esto y más nos lo cuenta Stephen Frears en el biopic del ciclista más laureado de la historia en lo alto del podio de París. El campeón sigue sintiéndose ganador, y su gloria —de la que disfrutó en todas esas ediciones— nunca se la va a quitar nadie. Está convencido de que para ganar había que hacer lo que hizo porque todos escabullían las normas, y sólo el más listo podía vencer. Y fue él. La ambición sin límites le hizo vivir una mentira a vista de los demás, pero quizás vivió su gran verdad, y posiblemente no habrá nada más digno para él.

Nunca me gustó Armstrong. De hecho, ni la terrible enfermedad que sufrió me hacía empatizar con su personaje. Sabía —o quería creer saber— que todo era impostado, pero ahora desde la distancia veo un ángel caído que quizás no esté tan cerca del infierno como nos quieren hacer ver. ¿Por qué? No hay ganador en sus siete victorias desposeídas. ¿Por qué? Supongo que los honrados no corrían en bicicleta.

bluebird Comunicación
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