La primavera de clásicas finaliza con un Valverde triunfante

Vivimos en un país donde no se presta atención a las grandes clásicas ciclistas. Esas competiciones de un día, durísimas, muy largas en varios casos, que remiten a la más pura tradición de este deporte y que en Europa, por lo general, sí reciben una atención especial. Aquí somos más de ver el Tour de Francia, la Vuelta a España, y si acaso echarle un ojo al Giro de Italia y al Mundial.

Pues el Mundial se inspira precisamente en las clásicas. Es cierto que consiste en un circuito, al menos la mayor parte de su recorrido, pero la idea es la de un terreno más bien llano pero con cierta dificultades en forma de repechos, muros o similares para poder hacer una selección entre el pelotón.

Las grandes clásicas huelen a historia. No todas tienen el mismo valor ni el mismo prestigio, hay algunas que tienen una consideración superior, y casi todas ellas se celebran entre el final del invierno y el comienzo de la primavera, entre finales de febrero y finales de abril más concretamente. Las que se disputan ‘fuera de temporada’ y que sean realmente reseñables no hay muchas. Imprescindibles, tres, una por ser nuestra, la Clásica de San Sebastián, el fin de semana siguiente a la conclusión del Tour (lo que beneficia a la carrera en términos de participación) y dos que se celebran tras la cita mundialista, el Giro di Lombardía (considerado la revancha del mundial, es uno de los cinco monumentos del ciclismo y se la llama la clásica de las hojas muertas por disputarse en el comienzo del otoño) y la París-Tours.

Pero la primavera concentra a todos los grandes especialistas, e incluso atrae a corredores más centrados en las grandes vueltas, aunque acuden a pocas clásicas y casi nunca con la intención de luchar por la victoria final. A veces sirve como rodaje o aprendizaje si el Tour de ese año incluye alguna etapa con adoquines, como fue el caso el año pasado o este mismo año, donde se rendirá homenaje a las clásicas por partida doble: primero en la tercera etapa, con final en el Muro de Huy (donde concluye todos los años la Flecha Valona) y al día siguiente se disputará una etapa de 221 km con siete tramos adoquinados.

Pero los grandes favoritos al triunfo en Giro, Tour y Vuelta suelen ser reacios a correr este tipo de pruebas, o al menos lo son sus directores de equipo, que temen mucho a las caídas. Eso es algo que puede impedir que corredores de gran calidad puedan incrementar su palmarés dejando escapar posibles victorias en este otro terreno.

En España tenemos un ejemplo muy claro de esto: Alejandro Valverde. Ha vivido toda su carrera empeñado en ganar el Tour de Francia. Algo comprensible cuando era joven y se le animaba a intentarlo porque parecía tener las características adecuadas para ello, pero desde un principio estaba claro que las clásicas se le podían dar de cine. Ya de veterano, y pasada además una sanción de dos años por dopaje a raíz de la Operación Puerto, sorprende ver cómo ha seguido empeñándose en correr la Grande Boucle y se ha estrellado todas y cada una de las veces sin lograr el objetivo mínimo, el de subir al podio en los Campos Elíseos de París.

Preparar la temporada pensando en el Tour modifica todo el calendario de un ciclista, que va mucho más a carreras de una semana tipo la Vuelta al País Vasco o el Criterium Dauphiné Libéré que a las de un solo día. Valverde se ha privado de tener un palmarés casi único en la historia del ciclismo.

Aún así, las vitrinas del murciano van bastante llenas. Y esta primavera ha vuelto a demostrar que hay carreras hechas para él. Dentro de las clásicas, su especialidad es el tríptico de las Ardenas, las tres competiciones que cierran el calendario primaveral: la Amstel Gold Race, la Flecha Valona y la Lieja-Bastoña-Lieja. La primera de ellas no la ha ganado nunca, pero este año ha sido segundo por segunda vez. Pero sí ha triunfado en las otras dos, de las que ha ganado tres ediciones de cada una y este año es la segunda vez que hace doblete (la otra fue en 2006).

Y este 2015 podría haber sido aún más exitoso para el corredor del Movistar. En la italiana Strade Bianche se le escapó la opción del triunfo. En lugar de atacar en el sitio le atacaron y ya no fue capaz de reaccionar, y se tuvo que conformar con ser tercero. Y en la italiana por excelencia, la Milán-Sanremo, se le echó de menos en el sprint final. Esta carrera, conocida como la classicissima, siempre acaba decidiéndose con una volata, la más especial del año siempre, porque se lanza después de prácticamente 300 km sobre la bicicleta. Y el murciano no se involucró en ella. Sí, sus posibilidades de ganar eran casi nulas. Pero precisamente ese kilometraje en las piernas acorta la supuesta ventaja de un velocista puro sobre alguien que sea simplemente rápido en las llegadas. Al menos un puesto de honor se podría haber llevado, y eso no es poco en esa legendaria carrera.

Así pues, la primavera de clásicas ha cerrado con un español como uno de los referentes y triunfadores. No estamos acostumbrados a ello, son poquísimos los ciclistas españoles que han destacado en esta especialidad. De hecho, nos podemos quedar con cuatro en toda la historia: Miguel Poblet, Óscar Freire, Valverde y Purito Rodríguez. Poco más hay reseñable.

Valverde también ha adolecido a veces de no saber plasmar con victorias sus grandes actuaciones, no saber rematar. De hecho, muchos de los trofeos que tiene llevan un segundo o tercer puesto inscrito en ellos. Aún así, es ya uno de los mejores ciclistas de la historia de nuestro país y sigue ampliando su palmarés. Ah, y Purito tercero en Lieja.

Muchos más nombres han dejado su sello

Pero la primavera ciclista trae más nombres interesantes que poner sobre la mesa. Hay que nombrar, no cabe duda, entre los más honorables de los corredores de esta primavera, a John Degenkolb. Sus victorias han ido subiendo de calidad en los últimos años, pero ahora se ha coronado en el arco de tres semanas, las que han pasado entre su triunfo en Sanremo y en la París-Roubaix. Ya se puede tumbar el resto del año. Alguien capaz de ganar estas dos carreras en la misma temporada ya tiene un hueco asegurado en la historia de este deporte. Son dos clásicas, pero muy distintas entre ellas, y posiblemente las dos más grandes del calendario. El alemán tiene motivos para ser muy feliz.

El siguiente nombre que quiero destacar no es el de un ciclista, sino el de otra carrera: la Gante-Wevelgem. El momento más grande de esta primavera, y casi seguro que de todo el 2015. No es la más reconocida, no es uno de los cinco monumentos (que son, por orden cronológico en el calendario anual, Milán-Sanremo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja-Bastoña-Lieja y Giro di Lombardía), pero es de gran dureza y ha vivido una batalla este año realmente sensacional. La lluvia, presente, algo que siempre ayuda a ver un espectáculo digno de la historia del ciclismo, más si hay varios ciclistas dispuestos a entregar todo. 239 km de carrera, se rompe muy lejos de la meta porque hay un grupo de siete corredores que rueda por delante y sin rendirse. Especial mención a Jurgen Roelandts, el belga del Lotto Soudal que decidió escaparse él solo cuando quedaban un par de eternidades para llegar a la meta. Y su ventaja aumentaba contra los seis que le perseguían. No había que tomárselo en serio, no iba a llegar, pero hubo un momento en que entraron las dudas. Esos seis corredores intentando ponerse de acuerdo, primero para acatar la meteorología, lo segundo para evitar que un desorganizado pelotón les diera alcance, y tercero para cazar al loco que iba en cabeza camino de una hazaña que hubiera necesitado letras de oro para ser rubricada. Le cogieron, pero todavía siguió luchando contra los kilómetros que le quedaban para poder ser al menos séptimo. Para quitarse el sombrero.

Los otros seis se jugaban la carrera, pero con tal nivel de fatiga que era bastante complicado apostar por un favorito. Y en esas que Luca Paolini, italiano del Katusha, arrancó a seis kilómetros de meta, a ver qué pasaba, teniendo claro que al sprint no tenía posibilidades reales de vencer. Se hizo un hueco, apretó los dientes y acabó enseñando una sonrisa en la recta de meta. 38 años y ganando la Gante-Wevelgem. Rebusquen en su palmarés, no hay ninguna victoria mejor que esta. Parece increíble que lo consiga a esa edad, pero después de ver a Chris Horner ganando la Vuelta a España a punto de cumplir los 42, se puede ver cualquier cosa.

Alexander Kristoff es otra de las grandes figuras. Un sprinter, sí, pero de los que ya ha aprendido a combatir en las clásicas hasta el final. Eso, de por sí, ya te va a conceder oportunidades para ganar grandes cosas. En 2014 ya se llevó la Sanremo, y en 2015 ha hecho una primavera descomunal. En todas las carreras que ha disputado se le ve en la clasificación final sin tener que hacer scroll en la pantalla. Se despreocupó ligeramente en el Omloop Het Nieuwsblad, pero justo después avisó en la Kuurne-Bruselas-Kuurne. Fue segundo por detrás de Mark Cavendish. Y en Sanremo, al palo otra vez, segundo tras Degenkolb. En E3-Harelbeke no pudo optar al triunfo final, pero acabó cuarto. En la espectacular Gante-Wevelgem, se quedó en el pelotón, pero salió de perlas, ganó su compañero Paolini, y él casi siete minutos después lograba imponerse en el sprint del pelotón para firmar un noveno puesto.

Rondaba tanto el triunfo que debía llegar, y llegó en el Tour de Flandes, superando todos los muros adoquinados para llegar en el reducido grupo que se jugaría la victoria en la recta final. No tenía rival. Segundo monumento que se lleva a las vitrinas. Y la mejor manera de celebrarlo fue ganando tres días después el Schedeprijs. Bélgica rendida a sus pies.

En París-Roubaix fue salvando obstáculos, parecía que quedaría eliminado de la carrera, pero al final siempre volvía al meollo de la cuestión y cada vez había menos adversarios que pudieran derrotarle. Sin embargo, no fue capaz de aguantar hasta el velódromo, y se tuvo que conformar con ser décimo. Ahí terminó su periplo por las clásicas. A punto de cumplir 28 años, le quedan unas pocas primaveras metiendo miedo a sus rivales.

Hay que hablar de la primera clásica belga de la temporada, el Nieuwsblad, en el ya lejano febrero. El desenlace fue tremendo. La escapada buena se quedó en cuatro hombres, Niki Terpstra, Tom Boonen y Stijn Vandenbergh del equipo Ettix-Quick Step, y el campeón de la edición anterior, Ian Stannard del Sky. Los tres compañeros tirando como posesos para que no les cogieran por detrás, y mientras pensando cómo se podrían librar del británico que llevaban con ellos.

Una vez que da la impresión de que no les van a coger, casi cinco km a meta, ataca Boonen. No se va mucho, pero le tiene que coger Stannard sólo. Le cuesta poco más de un km, pero lo consigue. Nada más cazarle salta Terpstra, buen movimiento, pero Vandenbergh salta también y con algo de retraso, y le da un referencia un poco más cercana a Stannard, que lo da todo con Boonen a su espalda, ya con síntomas muy evidentes de fatiga.

Llega el momento cumbre. Tres a meta. Stannard caza a los Ettix, y según les coge sube el ritmo y sorprende a sus tres rivales, pero sin levantarse del sillín. Abre un hueco de apenas seis o siete metros, duele, y Vandenbergh se rinde. No está vacío, pero ya no puede rodar tan rápido. Terpstra sí logra coger raído, pero Boonen se queda a escasos cinco metros de cerrar el hueco y lucha contra sí mismo para alcanzarles. Si llegan al sprint los tres, él es el favorito. Su compañero holandés se queda a la rueda de Stannard, pero aún así Boonen no consigue llegar y se rinde ya dentro del último km. El del Sky había pasado, en menos de cinco minutos, de estar deshauciado a tener como poco el 50% de posibilidades de ganar. Y al sprint, batió a Terpstra. Increíble.

Boonen y Fabian Cancellara han acabado siendo protagonistas negativos esta primavera. Sendas caídas les eliminaron de las carreras más importantes, las dos en que sus duelos son más legendarios, Flandes y Roubaix (13 victorias entre ambos sumando esas dos carreras). El belga se cayó en la París-Niza, mientras el suizo lo hizo en Harelbeke. Teniendo en cuenta que ambos tienen 34 años, no se sabe cuántas primaveras más podremos disfrutar de ellos al máximo.

Otra carrera que el Ettix-Quick Step no logró cerrar fue el A través de Flandes, donde dos ciclistas del modesto equipo belga Topsport Vlaanderen-Baloise lograron batir al campeón del mundo vigente Michal Kwiatkowski, con Jelle Wallays apuntándose el triunfo ante su compañero Edward Theuns. El polaco se pudo quitar la espina ganando la Amstel Gold Race delante de Valverde.

Dos que se han dejado ver bastante esta primavera han sido el checo Zdenek Stybar y el belga Greg Van Avermaet. Fueron primero y segundo en la Strade Bianche delante de Valverde, aunque después no han logrado más victorias. Stybar fue segundo en Harelbeke detrás de Geraint Thomas (tercero después en Wevelgem), Van Avermaet tercero en Flandes, y después ambos completaron el podio en Roubaix por debajo de Degenkolb.

Otros que se han dejado ver, pero que no han podido rematar nada y se podía esperar algo más de ellos son gente como el propio Terpstra (segundo en Nieuwsblad, Wevelgem y Flandes), Peter Sagan, Rui Costa, el sprinter australiano Michael Matthews (segundo en Flecha Brabranzona y tercero en Sanremo y Amstel) o Philippe Gilbert (aunque gracias a lo vigilado que estuvo en Brabante la ganó su compañero y compatriota del BMC Racing Ben Hermans), pero es que no caben todos en los podios de las clásicas, ni siquiera aunque haya algunas ausencias relevantes.

Y apunten otro nombre: Julian Alaphilippe, francés del Ettix que aún no ha cumplido los 23 años y le ha pisado los talones a Valverde en Flecha Valona y Lieja. Otro que viene apuntando maneras.

La temporada principal de clásicas ha tocado a su fin. Aunque ya ha habido algunas vueltas por etapas muy prestigiosas, como Tirreno-Adriático, París-Niza, Volta a Catalunya y Vuelta al País Vasco, ahora toca centrarse de verdad en ese tipo de carreras, con el Giro de Italia a la vuelta de la esquina (9 al 31 de mayo). Esperemos que el espectáculo en las carreteras nos haga más llevadera la espera hasta la primavera de 2016.

bluebird Comunicación
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