Froome fulmina en Pirineos, los Alpes sentenciarán

Hace una semana hablábamos aquí de un Tour de Francia entretenido, que podía rivalizar en espectáculo con el reciente Giro de Italia. Pasaban cosas todos los días, la general sufría variaciones constantes y algunos favoritos a estar arriba se descolgaban deprisa, ya fuera por obra del viento, las caídas o el pavé.
Pero eso terminó. Tras el primer día de descanso llegaba la primera etapa pirenaica, no muy larga y llana hasta llegar a La Pierre Saint-Martin, el primer puerto realmente duro de esta edición de 2015 de la Grande Boucle. Ahí Chris Froome arrasó a todos y le cambió la cara a la carrera, porque casi se la metió en el bolsillo con la mitad sin disputar todavía. Su equipo el Sky fue reventando uno por uno a los favoritos, y cuando solo quedaba Nairo Quintana, fue el británico quien pegó un hachazo descomunal, sentado sobre la bicicleta y evitando que nadie pudiera seguirle. Ese golpe sobre la mesa era inesperado, por mucho que ya estuviera claro que él era el favorito máximo al triunfo.
Desde entonces, el Tour va pasando con el negro del Sky predominando, se cansan lo justo y necesario, responden a los ataques, no demasiados, que reciben por parte de los Quintana, Alejandro Valverde, Alberto Contador o Vincenzo Nibali. Y no ceden. Ningún equipo ha sido capaz de montar una estrategia que debilite a los ‘hombres de negro’, así que ellos controlan, pero solo gastan de verdad cuando les resulta necesario. Como botón sirve la etapa de Gap, previa al segundo día de descanso. Se montó una fuga multitudinaria, 23 corredores. Al equipo del líder le convenía que llegara, por si les atacaban en el Col de Manse, de 2ª categoría y coronado a 12 km de meta y se podían llevar alguna bonificación sus rivales. Pero de ahí a permitir que los escapados elevaran por encima de 20 minutos su ventaja con el pelotón va un trecho (y no lo digo por acusar al Sky, más bien a los Movistar, BMC Racing o Tinkoff-Saxo). Solo el Astana hizo algún intento de controlar a los fugados, pero no recibió ayuda y desistió.
El caso es que hemos asistido a una segunda semana mucho más aburrida. Tras ese primer contacto pirenaico, venían los dos días fuertes, el de Cauterets (previo paso por Aspin y Tourmalet) y el de Plateau de Beille, el día de verdad, la etapa reina del Tour. Los corredores han preferido manchar el nombre de estas montañas, como cohibidos por el líder. La intensidad y el espectáculo empezaron a menguar gravemente en este momento. Solo lo ponían los fugados de turno, que por fin empezaron a llevarse etapas. Purito Rodríguez, que ya se había llevado la etapa de Huy, logró vencer en Plateau de Beille, una de las mejores victorias de su carrera por ser el más fuerte de la fuga en ese puertarraco. Y sorprende la de Rubén Plaza en Gap, por aquello de tener 35 años y llevar cierto tiempo alejado de los focos. Tres victorias de etapa para ciclistas españoles.
Pero la salsa se ha marchado. Nos quedan cuatro etapas alpinas en las que no queda otra que desear, que suspirar por volver a ver espectáculo, aunque solo sea en la lucha por las otras dos plazas de podio y completar el Top-10 de la general. Pero también por llevarse victorias de prestigio, para engordar un poco la participación en el Tour. Me refiero a los ciclistas que venían a hacer cosas grandes y no van a poder vestir de amarillo en París ni ha logrado tampoco ninguna victoria parcial. Hay terreno para moverse e inquietar al líder, pero en principio no se debe contar con la posibilidad de arrebatarle ese maillot.
El periplo alpino empieza con la llegada a Pra Loup. No es que sea un etapón, pero es una acumulación de esfuerzos que culmina en 36 km finales donde se puede hacer daño si algún rival lo está pasando mal. La segunda es la llegada a Saint-Jeanne de Maurienne. El Glandon preside esta etapa, aunque hay otro puerto de 2ª categoría entre ese mítico coloso alpino y la meta. Esta etapa está diseñada para Nibali. Los que quieran inquietar, que sigan la rueda del siciliano. La tercera es la llegada a La Toussuire, con la Croix de Fer antes, un etapón si no fuera porque solo tiene 138 km de longitud. Al día siguiente, la última oportunidad de lucirse, la llegada a Alpe D’Huez, de nuevo con la Croix de Fer por el camino (se debía pasar por Galibier, pero un desprendimiento lo ha impedido). Solo tiene 110 km, así que es un día para quemar últimas naves, sin tener que esperar a la última ascensión, sino con el objetivo de desnudar al equipo del líder si es que hay opciones aún de poder quitarle el triunfo final.
Tras esta traca alpina solo quedará el paseo triunfal hasta los Campos Elíseos, donde se coronará, parece, a Froome por segunda vez en su carrera, y donde los sprinters recuperarán el protagonismo después de varias etapas relegados al ostracismo, quitando al gran Peter Sagan, que no ha ganado ninguna etapa, que sigue con su maldición de segundos puestos (lleva cinco en este Tour), pero que se ha ido colando en escapadas para reforzar su liderato en la clasificación por puntos. El maillot verde está casi adjudicado, el blanco de los jóvenes irá para Quintana salvo catástrofe, el de la montaña lo ostenta Froome, pero todavía está por ver quién lo lucirá en París.
Cinco días que dan para ver espectáculo, pero parece que es en los días inesperados es donde ocurren más cosas. Ojalá veamos ciclismo del bueno, pero no está este Tour como para ser muy optimista.
Fotografía: Frans Berkelaar ©
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.