Crónica de una victoria anunciada

Hacer un viaje de 50 horas acompañado de desconocidos en un autocar te da para crear una familia, ver la filmografía completa del cine contemporáneo y arreglar el mundo una veintena de veces. La soledad es un estado que muere antes de llegar a la primera área de servicio de la autopista. O antes. La mía se acabó cuando pasamos por delante de Sant Celoni, pueblo donde vive la mujer —mediana edad, tatuaje del Barça en el antebrazo derecho y supuración de amabilidad por la totalidad de poros— que tuvo todo el viaje su culo asentado en el asiento adyacente al mío. Días antes yo había estado a punto de comprar ‘Solo en Berlín’ de Hans Fallada, por si las cosas se torcían. Qué pesimista fui.

Por su parte, el Barça se encargó que los que pertenecemos a la clase media-baja —¿aún existe la clase media?— nos viésemos obligados a coger un autocar hasta Berlín para evitar los precios desorbitados de los aviones –de 600 euros para arriba viajando con el club– que hicieron que unos cuantos tengan ahora mismo las paredes de sus casas forradas de comisiones. El precio del bus fue más decente, incluso razonable, fíjense: 125 euros. El nivel del despelote en el bus no llegó a las cumbres que tocó el viaje de Milán a Bari para vivir la fiesta final de mi Erasmus, en el cual llegué a ver pasar sujetadores de asiento en asiento, pero se mantuvo a un nivel digno teniendo en cuenta la media de edad que imperaba.

Delante nuestro, dos abuelos, desconocidos entre sí, compartieron viaje. No habíamos dejado La Jonquera atrás que ya tenían su primera discusión futbolística acalorada, tal si fuesen dos amigos de la infancia que compartieron las babas de sus chupetes. A mí, que alguien que roza los ochenta años aún tenga la ilusión de ir hasta Berlín en bus desde Barcelona y regresar, sea por el motivo que sea —para presenciar una competición de macramé antiguo, para comerse un bratswurt o para regar las florecitas del Tiergarten— , me derrite igual que si Emily Ratajkowski se plantara en mi casa a medianoche completamente desnuda y me da ganas de recitar el archinombrado párrafo de Jack Kerouac de ‘En el camino’: «Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas». Y es que algo de ‘En el camino’ tuvo nuestra aventura.

Un viaje de estas características te permite llevar a cabo un extenso estudio de campo sobre las áreas de servicio europeas, también nombradas por el autor de esta crónica como “los no-lugares en los que te toman el pelo, la dignidad y la cartera”. Si alguien tuviese que hacer un stage de pretemporada para aclimatarse al infierno, seguramente escogería un área de servicio de autopista para ir cogiendo el ritmo. Un simple trozo de pollo deprimido y unas patatas fritas tristes te cuestan unos trece euros, solo hay un dependiente para atender unas trescientas personas y el wifi gratis por supuesto que es gratis pero que no funciona. Sigamos. El lavabo huele a mierda virgen, te cobran 70 céntimos por entrar en él —en Alemania— y no venden cervezas —en Francia—. En Alemania sí que venden, de todas las marcas y variedades que estés dispuesto a probar, pero como llegamos después de las diez de la noche, a aguantarse y a beber agua —siempre y cuando no hubieses caído en el error de coger un agua con gas—. Una abuela residente en las profundidades catalanas me pareció que invocaba al diablo al intentar comunicarse con un dependiente alemán. La misma que después, cuando la chica guapa del bus me dijo que en un lavabo la habían dejado entrar gratis por ser del Barça —es evidente que ese no fue el principal motivo—, soltó un «pues a mí no me han dejado entrar gratis, guapa». Y se fue.

Todo sucedió más ágilmente gracias a los conversaciones con los vecinos de asiento, las películas que el conductor nos iba poniendo —‘Ocho apellidos vascos’ es una película aún más rudimentaria y amateur vista en un televisor pequeño y alejado— y Kiko Amat. Su ‘Chap Chap’, su autobiografía confesional en la que nos muestra, despedaza, elogia y clasifica artículos suyos escritos durante su jovenzuela carrera como escritor y periodista, me sacó más de un par de carcajadas durante el viaje. Y miren que es largo. También llevaba en la mochila ‘El café de la juventud perdida’ de Patrick Modiano y no lo pude ni abrir porque regresé a Barcelona faltándome aún unas 100 páginas para acabar de consumir el nuevo artilugio del bueno de Amat. Y porque en breve lo tengo que entrevistar y por eso tiene prioridad respecto a Modiano.

Total, que finalmente llegamos a Berlín. Concretamente, nos dejaron en el Olympiastadion, la sede de la final. Al bajar del bus, un cámara de TV3 nos estaba esperando. De repente, nos entraron unas ganas tremendas de hacer el burro lo más posible. Yo me apunté a la fiesta, aventurando en mi cabeza que aquello se trataba de un plano de recurso que el periodista jamás utilizaría. Mis pesquisas se evaporaron cuando un ratito más tarde mi primo Pol me envió un Whatsapp contándome que me acababa de ver en la televisión. No añadió «haciendo el imbécil», pero en el texto quedó implícito.

Dos abuelos iban discutiendo sobre dónde estaría la estación de metro —la cual nos debía llevar a la fan zone y al centro de Berlín— al ritmo de ‘Dónde estará mi carro’ de Manolo Escobar. Uno de ellos señalaba una casita que según los susodichos debía tratarse de un museo sobre los Juegos Olímpicos. Qué cosas. Se trataba de la estación de metro que andaban buscando, dato que les tuve que señalar yo mismo.

Llegados todos a la fan zone situada en la Breitscheidplatz —a esas alturas yo ya me había encontrado con unos amigos de Barcelona que acudieron a la final en avión, burgueses ellos— nos dimos cuenta que el lugar tenía lo mismo de fan zone que una convención del Opus Dei de rave. Qué lejos estaba esa situación de la final de Copa del año pasado en Valencia, donde hubo hasta diferentes conciertos, o de la celebrada en Barcelona este año, donde por lo menos había diferentes carpas enormes en las que tomar cervezas, y actividades para los variopintos visitantes.

Entonces pasó David Bernabéu, el periodista de Cuatro, hablando por teléfono con sus jefes al grito de «esto es una mierda. Aquí no hay nada. ¿¡Cómo voy a hacer yo ahora los planos que tengo que hacer!?». Más tarde, por la tarde —valga la redundancia—, la cosa se animó gracias a la afición. Por supuesto, no gracias a la parte de “aficionados blaugrana” que usaron entradas destinadas a socios para presenciar su primer partido de la temporada cuando otros miles que fueron al campo hasta en los dieciseisavos de final de Copa se mordían las uñas en su casa a causa de que no les había tocado la entrada en el sorteo.

Qué raro es Berlín en verano. Sólo hace dos años fui allí en pleno febrero estando de Erasmus. En la misma zona en la que había estado a punto de perder un amigo mío el meñique del pie, en el Tiergarten, entonces estaba yo en manga corta, a treinta grados de temperatura, tomándome una cerveza alemana de medio litro mientras observaba los escotes de las chicas y los pezones puntiagudos sin sujetadores que los protegiesen que penetraban camisetas. Y me pareció que ese no es lo que le queda bien a Berlín. Que Berlín es Berlín cuando la ciudad está inundada de nieve, gorros, frío, guantes, bufandas y días tristes. Por cierto, que esa cervecería la encontramos después que una pareja de culés nos hubiese informado delante del zoológico que entre la puerta de Brandemburgo y el lugar donde nos hallábamos no había ningún sitio para tomar nada. Efectivamente, hacía doscientos metros que habían pasado uno.

En fin. Que más tarde o más temprano acabamos yendo al Olympiastadion para presenciar el partido mientras el ambiente cogía el impulso de una bomba a punto de estallar. Al entrar en el estadio, después que un guardia me palpase por donde quiso, me encontré de improvisto a Daniel Brühl, actor medio germano medio catalán, que entre otros papeles, hizo de soldado nazi en ‘Malditos bastardos’ de mi admiradísimo Quentin Tarantino. También me encontré un par de conocidos míos anónimos, con los que me hundí en un abrazo fruto de los nervios, de encontrarnos fuera de la rutina, en un punto cerca de ser felices, a punto de vivir la quinta.

Ganamos y aplaudimos a Pirlo. Los fotógrafos se empeñaron en fotografiar cada instante y se medio pelearon con los de seguridad —los famosos stewards con peto amarillo fluorescente— que querían permitir que los jugadores pudiesen acercarse lo máximo posible a la afición para celebrarlo con ella. Sobre todo lo reclamó Piqué. Al final, psé. La pista de atletismo, en la que antaño el atleta negro Jesse Owens ganó la medalla de oro delante de un tal Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín, tampoco permitía de por sí grandes revolcones entre jugadores y afición.

Supurando felicidad nos fuimos al bus, con los dos jóvenes de los asientos de detrás, con el padre y el hijo de los asientos de la derecha, y con los abuelos de delante. Y con los cincuenta restantes. Nos abrazamos —aunque fuese metafóricamente en algún caso—, cerramos los ojos pasado un buen rato y seguimos viviendo el sueño. El viaje fue una victoria, y no solo por la del Barça.

bluebird Comunicación
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