¡Vuelve a rodar, Raúl!

¡Vuelve a rodar, Raúl!

Un comienzo angustioso anticipa perfectamente lo que vamos a ver después: una historia de venganza macerada desde el rencor durante ocho años por José, una persona de aspecto reposado interpretada por Antonio de la Torre.  

La trama la divide el director en cinco partes: El bar, la familia, Ana, Curro y la Ira. Durante las cuatro primeras se encarga de dar pinceladas de los personajes mediante pequeños viajes en el tiempo para adentrarnos en una road movie frenética al comenzar la Ira.

No veo fallos en el guión, que sigue una estructura impecable, aunque quizás peque de querer dejar todo demasiado atado sin dar cabida a la imaginación en algunos momentos. Pero, claro, que me nombre alguien un libreto perfecto. La dirección es asombrosa y dan ganas de, al volver a casa, recrearte con otra película del director. Pero no, de momento no es posible, aunque lo será.

La cámara agobia al espectador a lo Von Trier —sin Dogma 95— con esa presencia cercana al actor que no permite perder ni un detalle de su anatomía, y al rodar en súper 16 mm. complementa ese aspecto de película “sucia” que es perfecta para la trama turbia en cuestión. Veo influencias muy claras de Alberto Rodríguez —con quien Raúl Arévalo trabajó como actor en ‘La isla mínima’— y, de hecho, uno de los agradecimientos de los títulos de crédito es «para todos los directores con los que trabajé  y de los que aprendí tanto».

Los personajes —perfectamente retratados— son interpretados con éxito por todo el reparto, que parece ser que fue elegido a dedo por Raúl Arévalo, porque quería rodearse de gente de su total confianza, y, viendo el resultado, es para levantarse y aplaudirlo durante largos minutos.  Que las actuaciones sean magistrales habla muy bien del novel director, bien porque es capaz de transmitir y hacer creer a su reparto o bien porque consigue que éste acepte que lo que le proponen lo debe hacer y lo ejecute.

Los registros de Antonio de la Torre son inacabables y aquí —evocando algunos anteriores— no pierde ese estado de gracia que lo acompaña desde no sé ya cuántas películas. Él es José —el iracundo protagonista— que desde su imagen sosegada —sólo alterada por sus ojos de deseo hacia Ana, extraordinaria Ruth Díaz— consigue evolucionar un poco en sentido contrario al impulsivo Curro —inmenso Luis Callejo, marido de Ana y víctima de su propio silencio por proteger a su amada—. Sobre ellos cae el peso de los 90 minutos de metraje, pero no quiero dejar de mencionar a Manolo Solo, que nos regala la actuación más brillante con unos escasos cinco minutos que espero que no le priven de optar al Goya porque son lo mejor del cine en muchos años.

Raúl, vuelve a rodar pronto, porque sé que cuando acabe tu próxima proyección volveré ansioso a casa para seguir disfrutando de tu arte con ‘Tarde para la ira’.


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