Una película de vida

El cine nos ha enseñado cómo la vida puede ser representada y hasta reproducida mediante la proyección de fotogramas, a tal velocidad que la auténtica magia ocurre cuando nuestra mente hilvana todas las imágenes y las integra en una sola secuencia. Casi con la misma soltura, imágenes y sonidos se armonizan y entonces ocurre. Los títulos de crédito corren sobre vagos escenarios, la banda sonora ahoga nuestros pensamientos, un nuevo universo ha nacido.

Y del mismo modo que nuestros sentidos se ordenan para que la ilusión se materialice, nuestros pensamientos se amoldan a la historia para que cada personaje ocupe su lugar, el ambiente coja ese cariz denso que sustituye el aire y, durante unos momentos, nos olvidamos que somos nosotras mismas para poder viajar a África, cuando el mito ocultaba la sangría del continente; o a Italia, cuando las legiones provocaban una pax romana que sucumbiría ante la barbarie; y, si sentimos el alma un tanto exótica, podremos asombrarnos con las maravillas que las dinastías orientales guardan celosamente, tras ejércitos dorados y cortinas de seda.

Pero del mismo modo que nos dejamos arrastrar a naves espaciales, cavernas submarinas o campos de batalla, y sacrificamos una parte de nuestra identidad, nos dejamos abrazar por lo que nos están contando, aceptamos las relaciones que se nos presentan entre los distintos elementos y, si no tenemos cuidado, llegaremos al momento en el que las tranquilas aguas, en las que los acontecimientos pasaban, se transformen en un sifón irremediable. No nos resistimos. Lo buscábamos. Queremos seguir  a la protagonista. Ser ella.

Desde esa fantástica atalaya, vemos cómo pasan situaciones y personajes que aderezan nuestro nuevo caminar, nuestros recién descubiertos sentimientos. Sin embargo, a menos que seamos esa clase de personas, esa especie de mamíferas, esa raza de cinéfilas que le da lo mismo equivocarse de sala si pagan la entrada de un cine, tenemos que reconocer que no es nuestro todo el mérito: mientras soñamos que somos otra, vivimos una vida prestada, una vida realizada, una vida integrada. De principio a fin.

¿Quién se imagina a Katherine mirando golosamente a otro, a bordo de la Reina de África?¿Habría sido capaz Laurence de preguntarle a Sofía si prefería ostras o caracoles, y quién habría bañado a quién?¿Alguien se ha esforzado por ver a Luke de contrabandista espacial y no se ha echado a reír?¿Podrá haber alguien más perdido en Tokio que nuestro procer, después del berrinche de Sofía?

Los denostados personajes secundarios, arrinconados detrás de los flashes de la alfombra roja, son parte irreprimible de la historia, midiendo las fuerzas de la protagonista, extrayendo sus emociones contra su voluntad, levantándola cuando es derribada. Y cuando esos personajes pequeños se vuelven demasiado grandes y amenazan con eclipsar, el conflicto en nuestro interior estalla. La lealtad que sentíamos por la primera lucha con la nueva. El brusco desplazamiento hierve las fibras de nuestra piel y produce un anquilosamiento en los ojos, hasta extremos de cerámica.

Todas podemos encontrar ejemplos de estas aberraciones cinematográficas en ese cajón oscuro que guardamos bajo llave, detrás de nuestros iconos. Sin embargo, voy a dirigir su atención, porque el fenómeno es digno de repetirse. Incesantemente.

Sírvanse ustedes a degustar la saga que dejó a Jose Luis Cuerda en su estado actual, desde el ‘Fin del Mundo’, hasta ‘Así en el cielo como en la tierra’, pasando por ‘Amanece que no es poco‘. Pero en el caso de que dispongan de más energía que gastar, ya que el tiempo, por mucho que lo atesoren en su muñeca o su dispositivo de coltán, se les escapa por los dedos al intentar sujetarlo; en ese caso digo, pueden abrir un libro: cualquiera servirá.

En especial, por respeto al momento nobiliario que nos acontece, es recomendable ‘¡Guardias! ¿Guardias?‘, de sir Terry Pratchett. Un libro dedicado a todos los personajes secundarios. Porque todos los personajes, a fin de cuentas, son principales en su propia vida. Hasta la Muerte.

bluebird Comunicación
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