Un pene a la vista

Dicen con seguridad las lenguas optimistas que la realidad supera con creces a la ficción y, arremangándose para sujetar el mundo con intención de mostrarlo, señalan los increíbles sucesos que se han producido y que la fantasía nunca pudo prever. La afirmación del sentido de la Civilización y la Historia son, además, los comodines de que disponen estas mentes preclaras, en caso de que la conversación se tuerza.

Esgrimen en contra las lenguas pesimistas que la ficción gobierna esta tierra en la que estamos y, sonriendo de modo taoísta, cuando van al teatro, insinúan ver a su doble discurriendo ante sus sentidos. Si el origen mítico de la ley y el orden no fuera prueba suficiente de la falsedad de la autoridad –apuntan con un desdén de la mano–, la Casa Encendida ya dio muestras de la calidad del arte, exponiendo los dibujos de Artaud como un pilar fundamental de la nueva cultura creativa.

Podríamos discutir enervadamente sobre la sociedad contradictoria que esto genera, esa aparente disfuncionalidad inserta en la fría maquinaria que imaginamos al pintar nuestro mundo en un lienzo. Pero a Esther Bendahan no le serviría de mucho. Seguramente tampoco le interesa. Su problema ha pasado de ser ideal, desde la visión de lo conceptual, para transformarse en real, desde la visión de ella misma. Esther se ha convertido en pene.

En una consulta alegre, luminosa pero discreta, Esther ha descubierto su cambio, un cuerpo nuevo producto de una metamorfosis que guarda un eco lejano con otras precedentes. Pero, por inaudita que sea, la causa debe seguir siendo anterior al efecto provocado. Con su glande recostado en el diván –coronando el cuerpo, la raíz y los testículos–, Esther intenta recordar. Porque lo que importa es saber quién la ha sometido a ese cambio. Y porqué.

Si en algún lugar se encuentra una explicación, una razón, una huella que arroje alguna luz sobre este momento tan oscuro, ‘Pene’ no deja de buscarlo, convencido de que lo que le ha llevado a este estado no está muy lejos. De hecho, la sospecha se cierne desde el primer momento sobre alguien muy concreto. No lejano, sino cercano; no abstracto, sino íntimo: ella misma, su sexo, sus pensamientos, sus sueños, su sumisión son la causa de algo. Puede haber sido eso.

Pero también la responsable de ser un pene podría ser ella misma, su género, su cuerpo, sus pesadillas, su rebeldía. O tratarse de un designio celestial, otra prueba más de la sumisión de un dios a su pueblo elegido, una condición previa para encontrarse con el Mesías. Quizá ni siquiera estemos ante algo tan fantástico, sino que solo sea cuestión de un meta-sistema de salvación, la redención de un sistema agonizante.

Parecería que somos llevadas de la mano en un viaje que articula Jerusalén y Tel Aviv, Madrid y Mallorca, una experiencia propia que revisa el mundo con la memoria, afrontando las pasiones que han llegado hasta ella, comprendiendo la realidad que se ha tejido a su alrededor, deseando… Parecería que nos llevan de la mano, digo, pero los penes no tienen más miembros que ellos mismos; son como un exclusivo club social, no envidiado realmente pero si necesitado de mucho orgullo.

Que un pene no puede agarrar nada, salvo enfermedades venéreas, no es precisamente una revelación novedosa. Pero sí lo es percibir el error que hemos cometido: preocupadas por el órgano viril, no nos hemos dado cuenta de entrar en un rio, al pasar las páginas. Tampoco de los pocos pasos que dimos en sus aguas, siguiendo el lamento de ese pene. Y ahora, cuando ya perdimos pie, arrastradas por la cálida corriente que conecta cada párrafo, reconocemos la mano de Esther, en nuestra espalda, empujándonos al fondo. Desde que abrimos el libro.

‘Pene’, con sus escasas 60 páginas, inicia la colección Equipaje de mano, de @EdAmbulantes, por derecho propio, por encarnar –aunque sea en celulosa– los atributos que definen a esas graciosas maletas que acompañan a las migrantes; esos diminutos espacios donde se ordenan –más que acumularse– las pequeñas cosas que resultan más socorridas, utilizadas, íntimas, imprescindibles en definitiva, a la hora de emprender un viaje. Y no uno cualquiera, sino el único que realmente iniciamos y terminamos una sola vez.

bluebird Comunicación
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