Un cómic de temporada

El otro día estaba con mi amiga Ter, realizando un intercambio clandestino de cómics en la esquina de una plaza de Lavapiés. Me comentaba ella que no le había terminado de gustar el principio de ‘Transmetropolitan’ y no pude menos que defender al pobre Spider Jerusalem, arguyendo que más adelante la historia se centraba, el objetivo se aclaraba y las cabezas rodaban desde más altura. La sonrisa traviesa de mi amiga se ensanchó cuando la entregué los siguientes números.

Y, como para convencernos de que los comics son para mamíferas adultas, comenzamos una intelectual disertación sobre la novela gráfica, desde ‘Maus’ hasta ‘From Hell’, pasando por la sacrosanta obra de Alan Moore o de Joe Sacco. Intercambiábamos realidades como si fueran cromos en un patio de colegio. Falto poco para que Frank Miller saliera a relucir.

Hace poco he tenido el placer de recibir ‘Las reglas del verano’, la última obra de Shaun Tan. Pocas veces he disfrutado tanto, mientras me daba cuenta de lo equivocada que estaba. Menos todavía han sido las ocasiones en las que algo me ha arrancado tan suavemente del mundo, del calor, de mi mismidad, y me ha depositado en un entorno familiar, cálido, mágico. Una realidad que solo reconoce una dueña: la infancia.

La advertencia para las personas adultas está escrita en la contraportada, con letras blancas manchadas de cielo, y apartada del precio, para que no se confunda:

“Nunca rompas las reglas. Sobre todo si no las comprendes”.

Para las demás personas, será suficiente con parpadear dos veces ante la portada de este compendio de… estío. El protagonista y su amigo, que acompaña a un dinosaurio mecánico, se encuentran sobre un extenso campo de acuarela, bajo un cielo de profundo azul. No me imagino infante que se resista a abrirlo, a la mínima ocasión. Y conozca lo que aprendió el año pasado, lo que siempre supo.

A partir de aquí, el artículo está dedicado a la adulticia. La infancia ya habrá abierto el cómic.

'Las reglas del verano', de Shaun Tan

Shaun, en su obra, se caracteriza por su pretensión de plasmar en la imagen toda la carga de realidad que tiene. El autor ha hecho esta vez uno de los mayores esfuerzos posibles por acercar el rutinario y estricto mundo adulto y el simpático y mítico universo infantil: ha creado una obra bilingüe, una perfecta traducción de las máximas que rigen los juegos, las amigas, los sueños.

Pero leer las escasas palabras de cada regla no servirá de vacuna ante el libro, ni frente al verano. Para superar incluso la primera de ellas, “nunca dejes un calcetín rojo en el tendedero”, es necesario desprenderse de los prejuicios grabados en nuestra piel, de la rutina laboral, de la pesadilla mundial. Entonces, ya sin vuelta atrás, se entenderá que esto no va sobre leyes inmemoriales, sino sobre momentos eternos, esos que duran para siempre.

Quizá los comics realmente nunca hayan dejado de ser para gente menuda –menuda gente– aunque cualquier edad sea buena para leerlos. Quizá los tebeos continúen dirigidos hacia ese espacio apartado a la fuerza de las decisiones racionales, de las certezas laborales y de los designios mundiales; quizá sigan dirigidos hacia el lugar indefinido donde se forjan los sueños, donde se viven las alternativas, donde empieza el cambio.

Solo falta desplegar sus tapas para precipitarse dentro, enredarse en sus colores y atravesar ese continente desconocido. Unas simples reglas de supervivencia, como “que nunca se te caiga el bote”, “nunca dejes la puerta trasera abierta por la noche” o “nunca arruines un plan perfecto”, entre otras, serán de utilidad para las intrépidas viajeras. Todo lo demás, es parte del verano.

bluebird Comunicación
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