Tokio y sangre

Me prestaron ‘Out’ cuando apenas tenía diecisiete años. La miga del detalle reside en la figura de quién lo hizo. Me dijo, mientras amagaba con no dejarlo en mis manos, “cuídalo bien, que es de mi santa madre”. Y vaya si lo hice. Fue una profesora de literatura de bachillerato que resultó conocerme francamente bien, y nunca podré negar que le agradecí en cada vuelta de hoja su recomendación. Casi distraje las lecturas obligatorias por dedicar tiempo a este jugoso descubrimiento. No me arrepentí. Esta salvaje novela de Natsuo Kirino se convirtió muy rápidamente en un imprescindible volumen en mi librería y un incuestionable comodín contra la sequía de títulos por descubrir.

Pero lo cierto es que – y vamos a ser realistas – tal y como nos encontramos a día de hoy, en pleno y salvaje auge del lector de Instagram y café americano, de postureo incesante, uno no puede sentarse a leer una novela nipona sin sentir cómo roza el esnobismo propio de todo aquel que se acerca a Murakami para poder presumir de que conoce medio bien o bien del todo la literatura japonesa (y eso que devoré ‘After Dark’ sin ningún tipo de encanto, como el que no se levanta de su butaca del cine por vergüenza torera, porque existe ese magnetismo por lo invertido que dictamina que uno siempre debe dar un debido final a aquello por lo que ha pagado aún el más mínimo precio aunque le cueste sufrimiento), pero por fortuna Kirino ni es snob ni pretende serlo. Kirino es una sesentona con ganas de reventarte las vísceras desde dentro, como un virus intestinal muy pero que muy salvaje.

Aún hoy soy incapaz de aislar el encanto de ‘Out’ sin caer en la importancia del conjunto. No se trata tan solo de un voraz retrato de la sociedad japonesa y las inimaginables consecuencias de su progresiva deshumanización, como la gran mayoría señala, sino que es además una acertada apología del bizarrismo. ‘Out’ supone una consagración sangrienta y un aplastante triunfo de lo grotesco. Los personajes de ‘Out’ son verdaderamente ciertos y plausibles, pero a la vez increíblemente irreales. Puede que parezca que no sé de lo que estoy hablando, pero os aseguro que no es así. Esta inexplicable incoherencia, esta complicadísima antítesis es la piedra angular de un relato que es a su vez posible e imposible. Unas reacciones incomprensibles en unas mujeres perfectamente normales, unos actos fuera de lugar dentro de la rutinaria tranquilidad de unos personajes verídicos y creíbles provocan en el lector una sensación de desconcierto permanente. Conocemos a todos y cada uno de los protagonistas y al mismo tiempo no tenemos ni idea de quienes son. Esta deliciosa paradoja nos sumerge de lleno en un relato asfixiante, envolvente desde el primer capítulo, gozoso de una belleza en las descripciones tan satisfactoria que nos traslada de lleno a los suburbios, polígonos industriales y barrios de Tokio con suma y preciosa facilidad, del mismo modo que nos revuelve las tripas y nos desgarra de arriba abajo cuando a Kirino le viene en gana. Es por eso que “Out” no deja respirar. Es una tempestad continua entre escasas calmas.

Uno de los más grandes éxitos de ‘Out’ es su capacidad de inmersión. Kirino es una maestra del detalle, y un absoluto genio de la descripción. El encanto de sus prolijos relatos descriptivos se encuentra, de nuevo, en la antítesis. Los ambientes lúgubres y sombríos en los que se ambienta buena parte de la novela consiguen aparecer brutalmente bellos en nuestra mente. La capacidad de Kirino es tal que consigue llevar hasta el extremo y de la manera más perfecta que recuerdo una de las reglas no escritas más ciertas del arte: que este mismo existe hasta en los rincones más oscuros. Los más bajos suburbios de Tokio, las más lúgubres fábricas, todos ellos lugares de maldad implícita, consiguen sin esfuerzo ser hermosos. Es complicado mantener un juego de contrastes tan velado y efectivo a lo largo de toda una novela tan densa como ‘Out’, pero Kirino lo consigue rozando casi la perfección.

Y aún así no todo es perfecto en ‘Out’. Del todo inintencionadamente, Kirino consigue llevar hasta el extremo lo antitético de su obra regalándonos un inicio brillante y hermoso, un nudo asfixiante y magnífico y un final gloriosamente nefasto. Por desgracia, el remate a una historia absolutamente colosal resulta tan decepcionante como irreal, ya no sólo por lo exagerado, sino también por lo artificial. Algunas veces, un final es tan irremediablemente claro que intentar esquivarlo sólo provoca fallos en el sistema. Ni gusta, ni es creíble. Se lo podemos perdonar, no obstante, a la buena de Kirino, que nos regala una obra magnífica que bien vale todos y cada uno de los premios y reconocimientos que ha obtenido.

‘Out’ es una novela negra imprescindible, tanto si el género es de tu agrado como si no. El lujo de sus detalles, la voracidad de su argumento y la crudeza de sus peores momentos son un auténtico navajazo en el abdomen. Leer nunca es sufrir, pero algunas veces puede resultar muy hermoso sufrir leyendo. Y pasar un mal rato con ‘Out’ es una delicia irremplazable e imperdible.

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Nací hace ya un tiempo. Tuve un pato y lo llamé Manolo, me dan miedo las cosas grandes, lo cual no deja de ser un tanto irónico, y presenté un libro que jamás se publicó. El resto es secundario

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