Todavía quedan fordianos

Dicen que John Wayne, estrella por antonomasia del wéstern y una persona que únicamente seguía los dictados de sí mismo, que sólo obedecía directrices de dos directores, a los que admiraba y de quienes respetaba sus opiniones: Howard Hawks y John Ford. Este último era considerado como uno de los mejores directores de todos los tiempos, afirmaciones que realizaban sin problemas colegas de profesión de la talla de Ingmar Bergman y Orson Welles. Akira Kurosawa fue otro de sus fervientes admiradores.

De John (no Wayne, sino Ford) hablará este artículo. Sirvan los dos ejemplos del principio como pequeña muestra de la dimensión del director americano, nacido a finales del siglo XIX en una granja del estado de Maine y cuya infancia transcurrió entre los campos de Cape Elizabeth y el asfalto de la ciudad de Portland. Allí, y gracias a su hermano mayor Frank (uno de sus 12 hermanos), inició sus contactos con el mundo del cine, hasta el punto de participar como extra en la obra maestra de David W. Griffith, ‘El nacimiento de una nación’.

El paso a la dirección fue un hecho natural, y el resto de la historia es de sobra conocido por todos los amantes del cine. Ya no queda mucho de aquel estilo de cine en las carteleras, pero sin duda mucha de las películas que vemos hoy en día beben de muchos títulos de la filmografía de Ford, un director que todo el mundo debería conocer y haber visto.

Hay una palabra que surge al instante cuando hablamos de Ford, tanto que podría formar parte de su propio nombre a modo de apodo: wéstern. Pese a cultivar otros géneros, fue éste en el que llegó a desarrollar la mayor gama de recursos narrativos y visuales. Indios y vaqueros. La esencia de un género que dominó las pantallas de cine durante varias décadas adquirió su mayor dimensión en gran parte gracias a Ford, quien dirigió algunas de las obras maestras del mismo, y por ende también del cine. Resulta curioso recalcar que él fue uno de los que elevaron el género a sus cotas más altas usando en gran mayoría de su filmografía una crítica velada a los clichés que existían en el wéstern y que no suponían más que el reflejo de una sociedad todavía muy machista y, sobre todo, racista (aspecto éste que Ford intentará siempre dejar en mal lugar en sus filmes; de hecho es conocida su declarada admiración y respeto por los indios norteamericanos). Ford fue una suerte de “apóstata” dentro del género que irónicamente lo encumbró en el Séptimo Arte, una actitud rebelde cuyas quejas siempre se encargaba de dejar patentes en los planos, diálogos y escenas que rodaba.

Más allá de su impronta personal en lo que refiere a sus pensamientos, algo que también podría suponer calificar su cine como de autor, Ford fue un director arriesgado. Su filmografía destaca por encima de otras por la importancia que adquiere el espacio, un elemento siempre cargado de simbolismo: su trascendencia en muchos planos (muchísimos) eleva exponencialmente la relación entre sus personajes y sus interacciones, que a su vez se expandían a otros elementos de la naturaleza del propio ser humano, incluso Ford se apoyaba en su concepción del espacio para analizar la propia actualidad de su época. Concretamente mostraba con asiduidad el tremendo contraste entre las interminables praderas del oeste americano y los limitados e íntimos interiores de los hogares. El calor del hogar contra el salvaje exterior, fácilmente extrapolable al propio ser humano en sí mismo. Las barreras entre uno y otro mundo se mezclaban en muchas ocasiones, mostrando algunas de los mejores momentos del cine.

John Ford

Como muestra, un botón: En la escena final de ‘Centauros del desierto’ (1953), John Wayne (que interpreta a Ethan Edwards) regresa del desierto con un paso desigual, inseguro. Vemos venir al personaje desde el interior de la casa, a oscuras, contrapuesta frente a las soleadas praderas del exterior desde las que se acerca Wayne. Ese aspecto frágil del protagonista, que regresa renqueante al interior y confortable interior de la casa (escena que repetía, por cierto, a la inicial del filme, claro ejemplo de otra característica destacada en la obra de Ford: el aspecto circular de los acontecimientos) acentuaba la ambivalencia del propio director en cuanto a la eterna lucha entre el hogar y el nomadismo. La estabilidad frente a la inestabilidad, el inmovilismo frente al dinamismo. Contrastes con los que toda persona debe lidiar durante toda su vida, sin parar, de forma cíclica. Ambos conceptos adquirían un nivel sublime en manos de Ford.

Y es que la lucha, la fricción de dos opuestos, es tema esencial en su filmografía. Es tal el papel preponderante de estos pensamientos que Ford lo muestra en diversas capas, desde los propios planos (balanceándose del general panorámico al americano en cuestión de segundos) hasta los personajes, pasando por elementos más sutiles que, sin embargo, se fijan en la mente del espectador. La vida es una constante pelea y el director lo deja bien claro siempre que puede. Esa es su visión particular de la realidad, que plasmada en el wéstern adquiere unas proporciones en muchas ocasiones épicas. ¿Quién no vibraría viendo una persecución a caballo a través de las titánicas praderas, viendo levantarse el polvo tras las galopadas mientras al fondo observamos Monument Valley?

Ese amor por los espacios abiertos, los grandes planos y el papel del hombre en ellos configuran otra dimensión más dentro del universo Fordiano: la importancia de la tierra. Las películas de John Ford se ven salpicadas aquí y allá de grandes planos en los que podemos observar la inmensidad de las llanuras, lo infinito del cielo. Es una gran declaración de intenciones: la tierra, las raíces, están siempre por encima de las menudencias de los humanos. Pase lo que pase, pelee quien pelee, muera quien muera, siempre perdurará la tierra, siempre existirán las montañas y los valles, los árboles y los ríos. La naturaleza (ese salvaje exterior del que hablábamos antes) es tan poderosa que sólo puede ser mostrada bajo planos exclusivos, con toda la atención centrada en ella. Ford lo entendía y lo aplicaba a sus películas, quizás en un intento de concienciar a la gente de que debía respetar todo lo que les rodeaba.

La sensibilidad de Ford era tal que el director fue capaz de ver más allá, podríamos decir que llegó a observar el propio corazón del wéstern. Vio el nacimiento, el apogeo y el declive del género. Y lo entendió como un devenir natural de las cosas, lo aceptó y quiso rendirle un homenaje, dando lugar a ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ (1962), una oda extraordinaria al crepúsculo de las películas de vaqueros, un último canto de cisne en el que, fotograma a fotograma, se nos enseña que no todo lo que termina ha de ser malo, que cada momento tiene su lugar en la historia  y que lo que parece el final no es sino otro paso más en una carrera sin fin. Y también, por supuesto, una crítica sutil a los tiempos convulsos que se vivían en Norteamérica. John Wayne se personifica como el alma propia del wéstern, mayor y cansado, que realiza un último acto heroico para ser recordado por quienes deben hacerlo. Y esos debemos ser nosotros, que, encarnados en la película por James Stewart, no deberíamos nunca olvidar el pasado, sino entenderlo y respetarlo. La película es tan compleja, llena de matices y capas superpuestas que ella sola valdría para un artículo entero.

John Ford

Ford removió los pilares del wéstern, dotándolos de su sello personal por encima de las modas predominantes de la época. Todas las películas mostraban a los nativos americanos como poco menos que monstruos; Ford hizo lo contrario, dentro de unos parámetros históricos y sociales muy distintos de los nuestros. Pero lo hizo: de hecho en ‘Fort Apache’ (1948) eran hasta los vencedores de la batalla.

El papel de la mujer en aquella época y, por consiguiente, en las películas del Oeste era irrelevante, en la mayoría de las ocasiones era vejada y tratada como un mueble más; John Ford dota a sus personajes de una gran personalidad y fuerza, dando como resultado algunas de las interpretaciones femeninas más recordadas del género. También aquí el contexto histórico y social limitaban cualquier “revolución en los comportamientos” (el machismo era más que evidente). Sin embargo, también en esa relación entre el hombre y la mujer se atisbaba esa lucha, ese fragor que tanto gustaba de Ford. Ellas eran rebeldes rodeadas por un mundo que las encorsetaba, pero en secreto luchaban por sobrevivir.

La supervivencia en un mundo hostil resulta una constante que también aparece en las películas de Ford, de nuevo envuelta en diferentes capas y estratos. Quizás la más evidente es la que concierne a las confrontaciones entre colonos y nativos, ya que no requiere de una gran sutileza fílmica para reflejar esa dicotomía. En cambio, cuando más se cerraba el plano, más sutil se volvía el director a la hora de mostrar esa lucha. Pero ahí estaba, impregnada en los planos y los diáologos, en las reacciones y las acciones.

Él era un director que no casaba con nada ni con nadie, y quizás fue esa su mayor virtud a la hora de poder llevar a cabo sus películas. La supervivencia, las luchas entre el interior y el exterior (tanto de las personas como de los estilos de vida), el paso del tiempo, los contrastes de dinámicas… Un cóctel de casi un aire filosófico que encumbraron a John Ford, según el mismísimo Orson Welles, como «el mayor poeta que el cine nos ha dado».

Tal vez pueda parecer una afirmación muy exagerada, es cuestión de gustos. Pero de lo que no cabe duda alguna es que John Ford supuso un antes y un después en el mundo del cine, influenciando a generaciones posteriores y dejando un legado que, por suerte, ha sobrevivido y lo seguirá haciendo a ese declive que él mismo fue capaz de atisbar y plasmar tan bien en la parte final de su carrera.

Hoy en día los vaqueros se han extinguido en la gran pantalla (salvo honrosas y muchas veces desastrosas excepciones), pero todavía existe pasión por un género que aglutina a los mayores y fervientes seguidores. Son los amantes de los duelos al alba, los sombreros, los bares con piano, los destellos de las pistolas bajo el sol, las partidas de póker en una nube de tabaco flotante; los adoradores de las largas galopadas por desiertos, temerosos de los ataques indios, que se asombran ante las imágenes de un tren de vapor como si fuera la primera vez que los vieran. Creyentes en John Wayne, Clint Eastwood o Henry Fonda; admiradores secretos de Lee Van Cleef, Lee Marvin o cualquier jefe indio. Pero, por encima de todo, enamorados de John Ford, aunque la gente les mire extrañada ante semejante declaración. Somos pocos, sí, pero resistimos.

bluebird Comunicación
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