Mi tercera vez en el Club de Lectura Feminista: ‘Mi vida en la carretera’

Llego a casa emocionada después de la sesión del Club de Lectura Feminista de hoy. No puedo pensar nada más aparte de que ya llevamos tres y que ya sólo nos quedan dos —por suerte, desde La Tribu se añadió un libro más, ¡si no la próxima ya sería la última!—. Me he sentido como en esos grupos de discusión que se mencionan a lo largo del libro ‘Mi vida en la carretera’, de Gloria Steinem, el protagonista de la tarde.

Antes que nada, tengo que confesar que no he podido terminarlo. Estoy trabajando en ello, estoy enganchada y me apasiona la vida de este tipo de superheroína defensora de las minorías. Sí, es una defensora de las razas —aunque tal vez no deberíamos hablar de razas, la verdad es que en este tema siempre he tenido dudas sobre lo que ofende, lo que no ofende, lo que es biológicamente correcto y lo que, simplemente, es realista—, de las orientaciones sexuales, y de las mujeres. ¿Cómo? ¿Que las mujeres somos una minoría? ¡Pero si somos la mitad de la población! Ah, sí, pero una minoría no tiene por qué ser estrictamente «un grupo de personas numéricamente minoritario», sino que aquí estamos hablando de un grupo de personas que, históricamente —y no tan históricamente— ha estado poderosamente minoritario. Esto quiere decir aquellos a quien no se ha escuchado, aquellas y aquellos a quien no se ha tenido en cuenta, aquellos que aún arrastran el peso de haber sido siempre ciudadanos de segunda clase.

Para ejemplificar esto, me gustó mucho la situación que se produjo al principio de la sesión. El único hombre del grupo dijo que le había parecido curioso un fragmento en que Steinem —que ahora no citaré, ya que aún no he llegado a dicha parte— cuenta que cuando había hombres en sus conferencias o grupos de discusión las mujeres se cortaban mucho más a la hora de hablar, y las conversaciones no eran tan fluidas como cuando estos no estaban presentes.

«¿Vosotras también os sentís así?»

Supongo que quería decir si nos sentíamos así porqué él estaba en el grupo. Después del Club de Lectura dijo que se arrepentía de haberlo preguntado y yo, en cambio, le estaba muy agradecida porque su reflexión me hizo pensar.

En el Club de Lectura Feminista, en concreto, creo que el hecho de que haya un hombre (y digo uno, porque si fueran muchos, seguro que cambiaría la cosa) no nos afecta. Al contrario, nos empodera. Inconscientemente asumimos —o asumo, dejadme hablar sólo en mi nombre y no dé por hecho que todas se sienten igual— que, por el hecho de estar allí, ha firmado una especie de contrato con leyes no escritas según las cuales respetará todo lo que digamos.

Ahora, en cualquier otro contexto está claro (por desgracia, aún está claro) que callamos más delante de los hombres. Y es que ellos no pueden entender la mayor parte de las cosas de las que nos quejamos. ¡Si aún hay mujeres que no lo entienden! Es más o menos como si ellos nos intentasen explicar lo que duele una patada en los huevos. Nos podemos medio imaginar el sufrimiento, lo podemos relacionar con algún dolor que hayamos sentido, pero nunca sabremos exactamente cémo se sienten. Pues ellos tampoco.

Mi tercera vez en el Club de Lectura Feminista: 'Mi vida en la carretera'

‘Mi vida en la carretera’ ha entusiasmado a todos los que formamos el círculo de hoy en la Librería Malpaso —hay alguna que no ha venido, pero a cambio también hay caras nuevas—.

«Para mí, los libros son como un manual de vida, no los tengo como un objeto sagrado, los marco sin pudor ni manías».

Chapeau, yo también. De hecho me gusta comprar libros de segunda mano, y aún más si están subrayados.

Siguiendo con la pregunta de si las mujeres se sienten más cohibidas de hablar cuando hay hombres, sale el tema de la memoria genética y de la memoria de la descualificación masculina, que van de la mano: «¿Cómo no sentir que somos menos si hemos estudiado la historia de nuestra ausencia?». Me parece una frase brillante, porque ¿quién estudia a Camille Claudel, Judith Butler o Sofonisba Anguissoa en la escuela? Nadie. Les estudiamos a ellos: a Rodin, Foucault y Miguel Ángel. Ellas quedan relegadas a la posición de musa de, amante de o discípula de.

Hablamos de la importancia de la educación de Gloria Steinem, y de la figura de su padre. El hecho que no fuese a la escuela de pequeña y que su progenitor, a su manera, la tuviese en cuenta y le diese importancia hizo que Steinem no adquiriese los roles de género que muchas —si no casi todas— las niñas tienen —y tenemos— hoy.

La madre, por otro lado, es la figura de la mujer que no tuvo la suerte. Alguien habla de la similitud con el modelo de la loca del desván que yo no conocía. Resulta que es un personaje de la novela ‘Jane Eyre’, una mujer tan oprimida por el patriarcado que acaba perdiendo el sentido de la realidad. Y, tirando del hilo, recordamos la figura de Julianne Moore en ‘Las horas’, la película basada, de alguna forma,  en ‘La señora Dalloway’.

«La primera vez que vi la película era joven y no entendí exactamente qué le pasaba a esa mujer».

Me siento muy identificada con lo que alguna de las participantes dice, porque yo tampoco lo entendí en ese momento y, probablemente, aún no lo acabe de captar.

Según ‘La mística de la feminidad’, de Betty Friedan, esta mujer —y muchas otras, sobretodo durante los años 50— sufrían «el malestar que no tiene nombre»: la mujer que es buena madre y buena esposa, que se pasa todo el día encerrada en casa, cuidando de sus hijos, y esperando que el marido vuelva del trabajo, del mundo exterior, de una vida productiva… En este momento llueven menciones a muchas obras de referencia, entre las que consigo captar ‘The yellow wallpaper’ y un par de películas que hablan sobre el tema y que conozco: ‘La sonrisa de Mona Lisa’ y ‘Criadas y señoras’.

Alguien se atreve a decir algo de las feminazis y se enciende un nuevo debate: ¿A qué nos referimos, exactamente, cuando hablamos de feminazis o feministas radicales?  Porque el feminismo es la igualdad entre hombre y mujeres. ¿Se puede ser igualitario radical? Es un poco como ser tolerante radical, un oxímoron. Si en alguna parte existe un grupo de mujeres que quieren invertir el machismo y llegar a conseguir una sociedad de mujeres dominantes y hombres sumisos no sé cómo deberían llamarse, pero feministas seguro que no —repito, ¡si es que estas mujeres existen!—.

Como fun fact, la palabra feminazi fue popularizada por un locutor de radio conservador de los Estados Unidos, que la usaba para denominar a «una mujer que cree que lo más importante de la vida es asegurarse de que se practiquen tantos abortos como sea posible». En fin, lo dejaremos aquí… No, de hecho, lo dejaremos con esta canción de Renee Goust que está más que bien:

De nuevo me pasa como siempre y me estoy excediendo y escribiendo hasta la tercera página (con interlineado simple), y me quedan aún la mitad de los apuntes que tomé durante la sesión, más todo lo que he descartado por considerar menos relevante que lo que ya os he contado. Me falta hablar de cómo el atractivo de Gloria Steinem afectó su carrera, de su relación con la política, de cómo desmonta la imagen que muchos tenemos de Hillary Clinton y, más evidentemente, de sus viajes.

Pero la paciencia del lector es limitada —y creo que ya hace un rato que la he excedido—, así que, para no perder detalles sobre la siguiente, apuntaos al Club de Lectura Feminista de La Tribu en la Librería Malpaso. Esta vez toca ‘A Virginia le gustaba Vita’, de Pilar Bellver y juego con ventaja porque ¡este ya me lo he leído!

bluebird Comunicación
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