Suenan los Pixies, caen edificios

La conclusión a la que llego cada vez que escucho sonar a los Pixies mientras caen edificios es que nunca estaremos preparados para cierto tipo de momentos en la vida. No es la enseñanza principal que se puede extraer de ‘Fight Club’, porque ni siquiera estoy seguro de que se pueda extraer algún tipo de enseñanza positiva de la obra de Fincher, pero sí es, al menos, lo que me viene a la cabeza cuando Edward Norton y Helena Bonham-Carter se dan la mano en una de las escenas finales más perturbadoramente bellas de la historia del cine.

Me gusta imaginar a Chuck Palahniuk escribiendo capítulos enteros de su grotesca novela bajo una furgoneta roja que pierde aceite. Al menos la leyenda cuenta que así lo hizo. ‘Fight Club’ es una puñalada grasienta en el vientre, un relato manchado de cosas mucho más pringosas que aceite de motor. La verdadera paradoja de ‘Fight Club’ reside en que ninguna de sus dos versiones, tanto la novela como la adaptación cinematográfica, fueron recibidas con especial entusiasmo. ¿Será cierto, tal vez, que nunca estamos preparados para cierto tipo de momentos en la vida? Suenan los Pixies, caen edificios. La película no gustó a quienes ponían el dinero que costaba producirla, así que no hubo más remedio que torcer el gesto y las campañas de marketing en un intento por minimizar los daños. Un despropósito. La crítica no fue amable con la cinta de Fincher, el público no terminó de entenderla, no gustó, en resumen, ni en su estreno ni en los más próximos años. ¿Por qué, no obstante, es ahora considerada un filme de culto y ocupa un puesto en el Top 10 de las mejores películas de la historia en IMDb? Por una cuestión muy sencilla: porque estamos locos.

Tal vez en 1999 nadie estuviese preparado para el estreno de ‘Fight Club’. Suenan los Pixies, caen edificios. Nadie entendió en un primer visionado qué nos habían querido decir Pitt y compañía con tanta rimbombancia dialógica y puñetazos en la cara. Todo quedó en un visceral malentendido y una casi grotesca broma. Pocos vieron en los golpes la metáfora y muchos se quedaron con la idea de que Fincher había vuelto a vender violencia por violencia, destrucción por destrucción e incomprensión por puro placer carnal. Nadie vio los fotogramas ocultos de Tyler Durden que aparecen por sorpresa durante los primeros veinte – treinta minutos de metraje, y seguramente un bajo porcentaje se percató del suntuoso pene que despide la película y cierra el telón hasta mañana. Nadie valoró uno de los papeles más deliciosos de toda la carrera de Brad Pitt y Edward Norton. Suenan los Pixies, caen edificios. Nadie estaba preparado.

Fight Club

No fue hasta su lanzamiento en DVD cuando ‘Fight Club’ empezó a gozar por fin del reconocimiento que buscó. Y las razones de su éxito son tan simples como absurdas. Por un lado nos encontramos con la posibilidad de poder visionar de nuevo y las veces que plazca un film incomprensible a primera vista. Esto dotó a ‘Fight Club’ de una paradójica e ingente cantidad de secretos y curiosidades que, en realidad, siempre poseyó pero nadie supo ver. La segunda razón es, aunque más eficaz, sensiblemente más compleja: cambio social, momento social. ‘Fight Club’ fue interpretada entonces como una brutal y sanguinaria premonición del cambio político y mental de la sociedad norteamericana, un cambio que bien ya se podía estar gestando desde hacía mucho tiempo, que tuvieron que venir Palahniuk y Fincher a plantarlo delante de sus narices, a recordarnos a todos lo locos que estamos. Porque así suele ocurrir, que somos absolutamente incapaces de percibir lo que nos rodea hasta que no nos lo espachurran en el rostro, como un directo a la nariz, que te la parte y te recuerda que la tenías ahí, entre tus dos ojos. Nunca estaremos preparados. Pasable es que la primera vez que alguien vio ‘Fight Club’ sólo viera golpes y sangre. Si después de verla dos veces más sigue queriendo inflarse a hostias, tenemos un grave problema. Y ahora sí, nos damos la mano, suenan los Pixies, y caen edificios.

bluebird Comunicación
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